4 #2
Baja corriendo las escaleras, me levanta en volandas y me da vueltas, haciéndome sentir como si volara. Me da un beso en la mejilla mientras me baja.
—¿Qué tal va la noche de admisión? —farfulla.
—Bien. Muy muy bien. Estoy feliz.
Sus ojos se encuentran con los míos y una sonrisa sincera se extiende por su precioso rostro; se le ilumina la mirada.
—Me gusta verte feliz, Alex. Te lo mereces.
Le pego un manotazo en el pecho y lo aparto.
—Cállate, grandullón sentimental. Te quiero.
—Y yo a ti. Venga, vamos a buscar a Peach y a Ella.
Me doy la vuelta; estaba segura de que estaban detrás de mí.
—No sé en qué momento las he perdido.
—Tranquila.
Me toma de la mano y me arrastra por toda la casa.
—Oye, ¿sabes lo que significa « antípoda » ? —Sin esperar ni un segundo, le digo la respuesta—. Es un lugar de la superficie terrestre situado diametralmente opuesto a otro. ¿Sabías que Bermudas es antípoda a ciertas parte de Australia, coleguita?
Él estalla en carcajadas ante mi fallido intento de acento australiano.
—He echado de menos tus definiciones este verano, Alex.
Hay tanta gente de diferentes casas griegas que el bochorno es insoportable. Hace tanto calor que me suda hasta la cabeza. Huele a alcohol, a sudor y a diversión. Pursuit of Happiness de Kid Cudi suena en los altavoces y todo el mundo empieza a gritar y a cantar la canción.
En cuanto encontramos a mis dos mejores amigas con Wren, Chester y yo empezamos a bailar con ellas.
Nuestro cuerpos borrachos chocan entre sí y no puedo dejar de abrazarlos a todos y de decirles lo mucho que los quiero.
En el instituto éramos un grupo muy unido.
Estas cuatro personas estuvieron a mi lado cuando me recuperé del secuestro.
Me dieron la mano durante las declaraciones policiales, los ataques de pánico y las noches en vela, por lo que no podría imaginarme una mejor forma de empezar la universidad.
Un par de canciones más tarde, mis amigas y yo decidimos salir a tomar el aire. Hemos bebido varias copas, por lo que nos dirigimos a trompicones hasta el patio trasero.
—Chicas, chicas, chicas —jadeo cuando nos dejamos caer en un banco—. Tengo que contaros algo.
—Esa vocecita no nos engaña. Más te vale que sea un buen salseo. —Ella levanta las manos, como si con una sujetara un cubo de palomitas y con la otra se las llevara a la boca. Peach la imita—. Ñam.
Estallo en carcajadas y me hacen falta varios segundos para calmarme.
—Solo os lo cuento porque estoy borracha. ¿Recordáis que os hablé del chico de North Shore que me rescató y me trajo hasta aquí el primer día?
—Ajá —asiente Peach—. Dijiste que estaba bueno.
—Buenísimo —asiento—. No dejo de pensar en él. Sigo soñando con el momento en el que nos conocimos, no me lo saco de la cabeza. Y anoche… Anoche soñé que nos acostábamos.
—¿Qué? —chilla Ella—. ¿Nuestra niñita ha soñado guarradas con un chico malo de North Shore?
Peach me coge la mano y me besa el dorso.
—Nuestro tesorito va a perder la virginidad este año.
—Parad —me río—. Es que es tan… bruto.
—¿Bruto? —se ríe Ella.
—Sí —asiento—. Y creo que me gusta. Nivel que te agarre del cuello y te folle sin piedad.
— ¡ Madre mía! —grita Peach entre risas—.
¿Quién eres tú y qué has hecho con Alex?
Amiga, que salías con Chester. Chester .
Es como un conejito de Pascua de chocolate.
Ese es su nivel de dulzura. Nunca hiciste nada con él ni con nadie, y ahora nos sueltas que te gusta el sexo duro porque un chico de North Shore te trajo a la universidad el día que te robaron el coche. Yo… es que te amo. Eres la mejor.
—Te entiendo —asiente Ella repetidamente. Tanto que empiezo a ver su rostro borroso de lo borracha que estoy—. A mí también me va lo duro. Me gusta que los hombres tomen el control. Y si es mayor y sabe lo que quiere, todavía mejor.
—Por favor, que alguien me mate.
Peach finge llevarse una pistola a la cabeza y apretar el gatillo. Incluso saca la lengua para simular que está muerta.
—Ay, cállate, doña Macarra —le contesto—. Wren casi te lleva con correa.
—Wren y yo ni siquiera estamos saliendo —responde de inmediato—. Y nunca saldremos. Es un controlador de mierda y nos pelearíamos todo el tiempo.
—Pero está bueno.
—Muy bueno —coincido con Ella.
—Trata fatal a las mujeres. Espabilad, coño.
—A mí no me importaría que me tratara mal —admito.
—Por desgracia, solo tiene ojos para Peach —suspira Ella con dramatismo.
—No es cierto —se ríe nuestra amiga, pero veo cómo se le ruborizan las mejillas iluminadas por las luces del jardín.
Un grupo de personas sale de la casa y yo sacudo la cabeza; mis ojos me tienen que estar jugando una mala pasada.
—No te creo.
Me incorporo y miro en dirección al patio trasero, donde él se sienta con dos chicas y otro tío. Una de ellas es Harper.
—¿Qué pasa? —dice Peach, con la cabeza apoyada en el banco en el que estamos sentadas, sin apartar la vista de las estrellas.
—Está aquí. E-el chico que me rescató.
Peach resopla.
—¿El tío de North Shore está en nuestra fiesta de la USF? Por favor, no bebas más.
—Te lo juro. —Suelto un grito ahogado cuando la realidad me golpea—. No es una paranoia de borracha. Reconozco el tatuaje que tiene en el cuello.
Es el tatuaje de la mano de Fátima que le vi mientras conducía y me era imposible quitarle los ojos de encima. Es lo suficientemente grande como para distinguirlo desde donde estamos sentadas.
—¿Qué? —grita Ella al mismo tiempo que Peach levanta la cabeza de golpe—. ¿Dónde?
—Justo ahí, en el jardín. El chico de pelo oscuro y sudadera negra que se está encendiendo un cigarro. Es él —digo, emocionada.
¿Qué posibilidades había? ¿ Qué está haciendo en una fiesta de fraternidad de la USF? ¿Cómo ha entrado?
—¿Xi? —Ella se atraganta. La sorpresa tiñe su tono de voz—. ¿Tu salvador de North Shore con el que no puedes dejar de soñar es Xi ?