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—He tenido que recortar a la mitad de mis hombres en North Shore desde que perdimos la mayoría de los territorios.
Entréganos lo que necesitamos para recuperarlos y no habrá problema.
De hecho… —Esta vez soy yo quien se inclina hacia delante—, te aseguro que moveremos el doble del mínimo.
Conozco a mis camellos. Están deseando volver a las calles.
La gente está sedienta de dinero, al igual que tú.
Cada vez que nosotros ganamos un dólar, tú ganas diez.
¿Por qué perder el tiempo lamiéndote el culo cuando lo único que importa es la pasta?
Él echa la cabeza hacia atrás y una carcajada profunda resuena a nuestro alrededor mientras golpea la mesa.
—Los tienes bien puestos, cabrón. Eso no te lo niego. —Se vuelve hacia Lucky—. ¿Lamerme el culo? Me cae bien este tío.
Los labios de su acompañante se curvan ligeramente; se nota que no comparte su opinión. Yo le lanzo una mirada que equivale a un corte de mangas.
—Así que territorios, ¿eh? —continúa, dirigiéndose a Emma en esta ocasión—. ¿Queréis que vaya a la guerra por vosotros?
Ella niega.
—Tú bríndanos protección frente a la policía, que nosotros nos encargamos del resto.
—Yo os doy las drogas y vosotros me conseguís dinero. Os consigo protección policial… ¿y qué obtengo yo a cambio?
—¿Qué quieres? —responde Emma demasiado rápido; empieza a agotársele la paciencia.
Veo la sonrisa burlona en los labios de Lucky cuando se percata de que a mi hermanastra le cuesta permanecer tranquila.
—Habéis mencionado Stoneview —dice Vito con gesto serio—. No es habitual tener acceso a una zona de la ciudad tan protegida.
Asiento.
—A los niñatos ricos les vuelven locos las drogas y el desenfreno.
—Muchos políticos viven allí.
Veo por dónde va, y Emma también.
—Quieres trapos sucios —dice mi hermanastra, sin necesidad de preguntar.
Vito sonríe.
—Yo prefiero llamarlo información útil, pero sí.
—¿De alguien en particular? —pregunto, y jugueteo con el mechero mientras presiento el nombre exacto que va a salir por su boca.
—El senador Delacroix.
Se me escapa una risita.
A veces el destino es una puta maravilla. Por lo menos, para mí.
Dudo que Alexandra Delacroix opine lo mismo.
Nada más salir de la reunión, llamo a Logan. Le escribí en cuanto Luciano mencionó a Delacroix, pero todavía nos tiramos otra hora discutiendo los detalles de nuestro acuerdo.
—¿Qué es eso de que no toque el Porsche? —bufa Logan.
—Pues lo que he dicho. —Abro mi coche y me subo—. Voy de camino a tu taller. Ni se te ocurra tocar el puto coche.
—Me estás pidiendo que no le meta mano a una cantidad abismal de pasta, Xi.
Me incorporo a la carretera y acelero por South Bank hasta llegar al puente que lleva a North Shore.
—Ni lo mires, Logan. Último aviso.
Mi amigo y yo tenemos una relación complicada. Ambos somos tan tercos que a veces la cosa se vuelve insoportable. Terminamos llegando a las manos en más ocasiones de las que nos gustaría admitir.
Me cuelga y sacudo la cabeza. Menudo gilipollas.
En cuanto entro en su taller y me bajo del coche, viene directo hacia mí. Las manchas negras de aceite contrastan con su tez pálida, el pelo oscuro le cae sobre los ojos y se lo aparta con la mano. Avanza en mi dirección con una camiseta blanca de tirantes y unos vaqueros sucios.
—Más te vale tener una buena explicación —dice—. Estaba a punto de ponerme manos a la obra con este pequeñín.
Detrás de él, veo el Porsche Cayman de Alexandra Delacroix, el que Zara y Tamar robaron ayer mientras yo me encargaba de distraer a la belleza de Stoneview en la tienda.
Fue bastante divertido ver cómo la invadía un sentimiento de culpa después de acusarme de formar parte de una banda y de robar su coche para luego retractarse. Por desgracia, la pobre no tenía ni idea de que eso era exactamente lo que había hecho.
Pero después empezó a actuar de forma extraña. Estaba ahí y, de repente, ya no estaba. No seré yo el chico con mayor conciencia del mundo, pero algo en ella me llamó la atención.
Alexandra Delacroix ha vivido un infierno, y algo dentro de ella está intentando arrastrarla de nuevo hasta él.
Es una luchadora. Lo sé.
O quizá solo me digo eso para sentirme mejor por estar a punto de aprovecharme de ella. Ya le caigo bien por llevarla a casa después de su traumática experiencia en North Shore. Imagínate la clase de héroe en el que me convertiré al devolverle su coche.
Me acerco al vehículo de Alexandra y observo la ventanilla que Logan rompió para robarlo.
—Necesito que la arregles.
—¿Qué? —escupe—. No solo nos impides ganar dinero, ¿sino que encima quieres que lo pierda? ¿Te has dado un golpe en la cabeza o algo?
—Es una ventanilla, Logan.
—Es la ventanilla de un Porsche.
—Ya la pago yo.
Deslizo la mano en el interior del coche y abro la puerta. Tal y como esperaba, su teléfono y el paquete de bienvenida de la universidad se encuentran en el asiento del copiloto.
—¿Quién deja el coche sin supervisión con el móvil dentro? —murmuro para mí mismo.
Logan aparece a mi lado un segundo después.
—Alguien que no tiene problemas en comprarse otro. Y ahora, déjame destrozar esta belleza.
Lo empujo a un lado antes de meterme dentro y coger los dos objetos que estaba buscando.
Me guardo su móvil apagado en el bolsillo.
Mi amigo suelta un bufido, pero lo ignoro.
Estoy demasiado concentrado en abrir el sobre.
Dentro encuentro exactamente lo que esa representante estudiantil tan petarda dijo que encontraría: el código de acceso a su apartamento.
«Un puto ático de lujo».
Le hago una foto al documento y sonrío para mis adentros. Tengo la llave de su edificio y el código de su puerta. Me viene a la cabeza el momento de ayer en que la aprisioné contra la pared de su rellano. Parecía tan frágil bajo mi mirada. Tan obediente cuando corregí su actitud…
Me recoloco los vaqueros antes de guardar todo de nuevo en el sobre. Siempre me han gustado las chicas de Stoneview. Las niñas ricas, con mala leche y uñas afiladas que se arrodillan por el chico malo de North Shore que solo sirve para una cosa: suministrarles su dosis semanal de cocaína.
Follármelas hasta dejarlas temblando y convertirlas en mis putas personales siempre ha sido mi forma de venganza. Soy justo el hombre del que sus padres estirados suelen advertirles, ese al que miran por encima del hombro… hasta que están de rodillas suplicando por comerme la polla.
Alexandra Delacroix es diferente.
Claro que tenía ese aire altivo. Era demasiado buena como para quedarse atrapada en North Shore. Estaba cagada por que fuéramos a por su pulsera de oro y su coche bonito.
Pero existe una vulnerabilidad real en ella que quiero explorar.
Algo que sé que me pertenece.
—Tamar, espabila. Tengo prisa.
Mi mejor amiga, un genio de la informática, es nuestra especialista en desbloquear objetos robados y dejarlos como nuevos para revenderlos. Se da la vuelta desde su ordenador y me lanza una mirada asesina.
—En primer lugar, deja de darme órdenes. Me importa una mierda que no tengas paciencia y que te hayas levantado con un humor de perros. Y segundo, ¿quieres que lo haga bien o que lo haga rápido?
—Rápido —suelto—. He quedado con Zara en veinte minutos.
Voy a reunirme con mi otra mejor amiga para recibir el primer cargamento de suministros de los Luciano, y no puedo llegar tarde otra vez.
Tamar, Zara y yo nos hicimos mejores amigos en preescolar. Nuestros padres eran de Magreb y, si ellos eran amigos, nosotros también teníamos que serlo.
Tamar perdió a sus padres por culpa de los Kings.
Estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado, en un barrio donde nunca hay lugares y momentos correctos.
Se encontraban en el territorio de los Kings un día que querían darnos un escarmiento.
Los acribillaron a balazos. Así los encontraron.
Tamar tenía quince años, y ha estado sola desde entonces.
Al igual que yo, nunca fue al instituto, y cuando sus padres murieron se las ingeni ó para escapar del sistema gracias a sus habilidades informáticas.
Para el gobierno, tenía dieciocho años. Obvia mente, era una trola, y ahora tiene veinticuatro, como yo, aunque en sus papeles ponga veintisiete.
—Vale, ya está desbloqueado. —Desconecta el teléfono de Alexandra de su ordenador y me lo entrega—. ¿Algún motivo por el que quisieras que hackeara el móvil de la hija de un senador? ¿Tienes ganas de acabar entre rejas, quizá?
Me coloco delante de ella y la miro; es una mujer diminuta.
—Qué graciosa —digo sin un ápice de humor. Le revuelvo los rizos oscuros y ella me aparta de un manotazo—. Te debo una.
—Me debes demasiadas —me grita mientras me alejo—. ¡Podrías empezar por un « gracias » , capullo!
Salgo corriendo de su casa, sin importarme lo más mínimo lo que tenga que decir.
Llego tarde a mi reunión con Zara, pero hay una única cosa que no consigo sacarme de la cabeza mientras conduzco por North Shore.
Alexandra Delacroix está a punto de tenerme más cerca de lo que jamás se imagin ó .