Heartless Beloved (North Shore 2) 3 #2
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Oigo caer algo al suelo. Lo más probable es que Logan haya soltado la herramienta que tenía en la mano mientras trabajaba en un coche.

—¿Estás de puta coña? Si eso es pleno territorio de la NSC.

—Ya. —Me subo al coche—. Ethan y Elliot están buscando problemas, y ya te digo yo que los van a encontrar.

Los dos son hermanastros, pero todo el mundo los llama hermanos. Están bien posicionados en la jerarquía de los Kings, y están muy unidos a Kayla. No deberían pasearse por territorio de la NSC. Es una jugada arriesgada, audaz, amenazante.

—Tienes la información que buscan —suelta Logan, como si yo no lo supiera.

—Y no la van a conseguir. Les dije cuáles eran mis condiciones. Quiero pelear en la Jaula de la Muerte contra uno de ellos.

—Eso nunca ocurrirá, lo sabes de sobra. Les da demasiado miedo perder North Shore. O morir. Es una tontería sin importancia, Xi. Baja tus condiciones y dales la información. Confórmate con recuperar algunos territorios.

Me alejo de la casa de mi madre y pongo rumbo hacia la mía.

—No —respondo con rotundidad—. Quiero recuperar mi puto territorio.

Por segunda vez en lo que va de noche, le cuelgo a uno de mis amigos.

Se me siguen acumulando los problemas, pero el hambre por dominar North Shore nunca desaparece.

«Mierda».

Se me pasó el tiempo volando mientras hacía un recuento de inventario con Zara, por lo que ahora llego tarde a la reunión con los Luciano. Miro el último mensaje que recibí de Emma, preguntándome dónde estoy. Necesito llegar en veinte minutos.

Tardo media hora en aparecer por el restaurante.

Entro a toda prisa en un local italiano regido por una familia del lado bonito de Silver Falls.

No hay mucha gente. Veo a dos hombres comiendo junto a la ventana; visten unos trajes viejos y amortizados a más no poder mientras se llevan la pasta a la boca.

Detrás de la barra, una mujer seca unos vasos con un paño.

Aquí dentro huele a ajo y me está entrando hambre.

Emma está sentada sola en una mesita al fondo. Arquea una ceja cuando me acerco, impasible ante mi retraso de diez minutos.

—Qu é predecible eres, Xi. Es ridículo.

—¿Qué? —Me encojo de hombros y me siento a su lado—. Si ni siquiera han llegado todavía.

—No, claro que no, porque la reunión es a la una y media. Tuve que poner treinta minutos de margen para asegurarme de que llegaras a tiempo.

Cojo un trozo de pan de la mesa y le pego un bocado.

—Buena jugada. Ves, por eso eres nuestra líder. Por eso y porque tu padre era nuestro antiguo líder, vaya.

Clava sus penetrantes ojos azules sobre mí al instante, dispuesta a acabar conmigo. Odia que la gente infravalore lo duro que ha trabajado y que insinúe que solo es la jefa por ser hija de su padre.

—Joder, que era una broma. Relájate un poquito.

—Para que algo parezca una broma, tienes que decirlo con un poco de humor, no como si fueras un puto robot. Y me relajaré cuando los Luciano nos ofrezcan protección. Estoy harta de que los Kings lideren nuestro barrio. Ya es hora de acabar con ellos.

—Amén —murmuro antes de coger otro trozo de pan.

Justo antes de la una y media, dos personas entran en el restaurante. Una es un hombre alto y corpulento, de pelo oscuro y piel oliva; la otra, una mujer de pelo largo y rojo y unos ojos color esmeralda sin vida.

—¿Es él? —le pregunto a Emma cuando se detiene junto a la barra para hablar con la camarera.

Emma asiente, con la vista clavada en la mujer que acompaña a Vito.

—¿Y esa quién es? —insisto.

Al parecer, solo tiene ojos para la pelirroja. Con lo mucho que le gustan a mi hermanastra las mujeres, no me sorprende que una así de guapa haya captado su atención.

—Esa debe de ser Lucky. —Emma respira hondo y estira el cuello a la izquierda y después a la derecha—. La sicaria psicópata de Vito.

—Maravilloso —resoplo—. Como esto acabe en una masacre, estamos jodidos.

Emma se vuelve hacia mí de golpe.

—¿Vas armado?

—Por supuesto que voy armado. ¿A cuánta gente de la NSC conoces que no vaya armada? —Hago una pausa y la miro—. Espera, ¿tú no?

—Pues claro que no, cabeza hueca. Vamos a reunirnos con la Cosa Nostra, se van a pensar que no confías en ellos.

—Es que no confío en ellos —admito con calma.

En nuestro mundo de violencia ya nada me asusta. Comer o ser comido, así es como siempre he vivido. Me han disparado y apuñalado en múltiples ocasiones, me he enfrentado a la muerte tantas veces como las que yo mismo he matado. Son ellos o yo.

Ya no se me dispara el pulso. Antes sí, cuando era adolescente, pero ahora estoy curtido. He presenciado cosas tan horribles que ya nada me afecta. No es que naciera siendo un pirado, más bien North Shore me convirtió en un hombre trastornado.

Vito y Lucky empiezan a caminar hacia nosotros, con sus miradas clavadas en mi hermanastra y en mí.

Emma finge una sonrisa y me pega un codazo en las costillas.

—Sonríe, cabrón —murmura, manteniendo una expresión de felicidad fingida—. Como nos maten por tu culpa, te encontraré en el infierno, Xi. Te lo juro.

—Me muero de ganas —le susurro antes de fingir una sonrisa.

Mi hermanastra me conoce demasiado. Sabe que no se me da bien aguantar tonterías de nadie y que mi impulsividad suele traicionarme, pero haré un esfuerzo por ella. Al fin y al cabo, tenemos el mismo objetivo: recuperar North Shore.

Vito se detiene junto a nuestra mesa y Lucky da unos pasos hacia atrás al puro estilo de sicaria jefa.

—Tú debes de ser Emma Scott —dice Vito al extender la mano—. Vito Luciano.

Sus movimientos están cargados de suavidad y elegancia. Al contrario que la mía, su presencia no grita «¡violencia!».

Vito Luciano ha perfeccionado el arte del crimen organizado.

Mientras que por mi aspecto y mi comportamiento se nota a leguas que formo parte de una banda, Vito vive como un lobo entre un rebaño de ovejas. Y, a pesar de ello, me apuesto a que causa mucho más daño que yo.

—Encantada —responde Emma con el rostro serio al estrecharle la mano—. Este es Xi.

Vito me estrecha la mano y asiente antes de intercambiar una mirada con Lucky.

—Levantaos —nos ordena la pelirroja a ambos.

Emma me mira antes de ponerse de pie y noto cómo me grita en silencio que obedezca a Lucky. Sabe que odio que me den órdenes, pero mi hermanastra ha trabajado muy duro para conseguir esto, por lo que no pienso cagarla.

Lucky ya está cacheando a Emma en busca de armas cuando por fin decido hacerle caso. Asiente al no encontrar nada y luego se vuelve hacia mí. Le toma apenas unos segundos encontrar la pistola en la parte trasera de mis vaqueros. La saca y me observa con una ceja levantada.

—Puedes quedártela por ahora —gruño—. Pero no te olvides de devolvérmela.

Sin inmutarse, se la guarda en el pantalón de vestir azul medianoche y se gira para dedicarle un leve asentimiento a su jefe.

Ambos se sientan frente a nosotros y Vito no pierde el tiempo. Es la definición de ir directo al grano.

—Mira, Emma. —Cambia de postura en la silla y se recuesta con los ojos clavados en ella—.

Tu nombre lleva meses, sino años, en boca de los hombres que trabajan para mí.

Tu pericia al echarles una mano siempre que lo necesitan no ha pasado desapercibida, de eso que no te quepa la menor duda.

Acepté reunirme contigo porque reconozco a una buena jugadora cuando la veo.

Hace una pausa, como si esperara que ella le diera las gracias por sus cumplidos, pero ya puede esperar sentado.

Emma no es conocida precisamente por ser agradecida, y menos cuando siente que es algo que se ha currado.

Es una mujer de negocios brillante y un ser despiadado.

No necesitaba que Vito Luciano se lo dijera para creérselo.

Al darse cuenta de que no va a decir nada, continúa.

—No confío en las bandas pequeñas —admite—. Están sedientas de poder, y eso las vuelve volátiles.

Razón no le falta al cabrón.

—Yo no soy Mateo Bianco. No me va lo de conquistar territorios solo por tener un ejército que me cubra las espaldas.

Era un hombre insaciable y, al final, eso le hizo caer.

Entiendo que teníais un trato con él. Sin embargo, conmigo no os resultará tan sencillo.

Solo invierto en aquello que me da dinero.

Me llevo las manos al bolsillo de la sudadera y jugueteo con el mechero de plástico, haciendo girar la rueda.

No me gusta este tío. Me veo venir que nos va a ofrecer un trato en el que todo el riesgo caerá sobre nosotros. Algo para jodernos.

Permanezco en silencio, a la espera de que vaya directo al grano.

—Cuéntame —dice sin apartar la vista de Emma—, ¿qué es lo que necesitas?

—Suministros —responde ella con frialdad—. Drogas. —Apoya las manos sobre la mesa—. Llevamos años a la cabeza del tráfico de drogas en Stoneview. Es lo único en lo que le ganamos a los Kings. Si perdemos eso, lo perderemos todo.

Desvía su mirada hacia mí. No le hago gracia, es evidente por la cara que pone.

—¿Eres tú el encargado del negocio?

Asiento, sin decir ni una sola palabra.

—¿Cómo os habéis estado abasteciendo después de lo ocurrido con Bianco?

Emma me mira para animarme a compartir la información.

—Proveedores de poca monta. Solo nos venden cantidades pequeñas y adulteradas.

Y, encima, tenemos que adulterarlas todavía más, por lo que nuestra mercancía se está volviendo de peor calidad.

Son caros, así que solo le sacamos un margen muy pequeño, y les venderán a cualquiera que les ofrezca más pasta.

—Me encojo de hombros—. Ya no podemos permitirnos ser el mejor pagador.

—¿Cuántos distribuidores tienes?

—Cinco en North Shore, dos en Stoneview y tres en la ribera sur. Yo mismo me encargo de la Universidad de Silver Falls.

—¿Once en total incluyéndote a ti? Es una cantidad modesta cuando menos. —Se recuesta en la silla—. Tendría que ofrecerte un mínimo para que me compense. No seríais capaces de mover lo que os suministre.