Heartless Beloved (North Shore 2) 3
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XI

fuck this town glaive, ericdoa

Aparco mi coche frente a la casa de mi madre y apago el motor. Cojo el móvil y le mando un mensaje a mi colega Logan sobre las ventas de hoy antes de entrar.

En el interior me encuentro a mi hermanastra, Emma, discutiendo con su padre.

—Xi, ¿dónde has estado todo el puto día? Tenemos que hablar —me suelta, poniendo fin a su discusión.

Saludo a su padre, Austin, con un leve asentimiento de cabeza antes de responder.

—Trabajando.

En lugar de escuchar lo que tiene que decir, voy directo a la cocina y me sumerjo en el olor de la comida de mi madre.

Solo hay una persona en el mundo capaz de ponerme de buen humor: mi madre.

— Mama —la llamo—. Huele que alimenta.

Ella se aleja de los fogones y se le ilumina la cara al verme.

— Ziad, salaam aleikum. Te he echado de menos. Shalom.

La abrazo antes de que se ponga a cocinar de nuevo.

Mi madre nació en Argelia y es musulmana, y mi padre, que en paz descanse, era judío y de Marruecos. Desde que murió, a mi madre le gusta saludarnos de ambas formas para mantener viva su alma.

— Shalom. Wa alaikum assalam, Mama —le respondo.

Me da un enorme beso en la mejilla y me pellizca la otra con la mano que le huele a ajo.

—¿Qué tal la casa? —me pregunta.

Le respondo con un gruñido.

Después de que mi padre muriera, mi madre, mi hermano Lik y yo vivimos durante un tiempo en nuestra antigua casa.

Luego, mamá conoció a Austin, por lo que nos mudamos todos a su casa.

No era mucho más grande que la nuestra, solo tenía una habitación más.

Como Austin tiene dos hijas, Lik y yo tuvimos que compartir una habitación, y Billie y Emma, la otra.

En cuanto pude pagar el alquiler, me mudé a la casa de mi padre.

Las drogas dan mucha pasta. Venderles mercancía a los niñatos de Stoneview me permite mantener la casa en la que crecí.

No me puedo permitir tenerla en las mejores condiciones del mundo, pero al menos sigue siendo nuestra.

Para mi madre es importante mantener vivo el espíritu de mi padre.

Fue la primera casa en la que vivieron cuando se mudaron desde Marruecos, y también fue en la que él murió.

Meto el dedo en la salsa que está preparando, a sabiendas de que me quemaré, pero merecerá la pena. En cuanto intento llevármelo a la boca, me pega un manotazo. Por suerte, consigo probarla de todas formas.

—No hagas eso, ya hmar .

Le encanta llamarme «burro» en árabe. Lo tiene por costumbre cada vez que Lik y yo la liamos.

—Deliciosa.

Le dedico una sonrisa de oreja a oreja, y ella niega con la cabeza antes de volver a prestar atención a las ollas.

—Pon la mesa —murmura, enfadada.

—Te quiero —le respondo mientras salgo de la pequeña cocina.

—¡Ziad! —me grita—. ¡La mesa!

Cierro la puerta como puedo; la manilla se rompió hace un par de años y todavía no la hemos arreglado. Finjo que no la escucho y regreso al salón con Emma y su padre.

Mi hermanastra está sentada en el sofá, y su padre, en su viejo sillón. Aunque no lo parezca, esa tía de pelo rubio decolorado, extensiones y uñas rosas acrílicas es la líder de la NSC. Nuestra banda es una de las dos que lucha por hacerse con el control de North Shore.

La North Shore Crew contra los Kings de North Shore, una eterna guerra que nunca acabará. A día de hoy, nos llevan la delantera. A Emma no le gusta oírlo, pero ya hace más de tres años que controlan nuestro barrio. Decir que estoy hasta los huevos sería quedarme corto.

Todos sufrimos las consecuencias. Nuestros territorios se reducen cada pocos meses, y nuestra propia gente no para de traicionarnos para cambiarse de bando.

¿La razón principal? Pues que no tenemos proveedores.

Hace unos años, Kayla King, la líder de su banda, consiguió un trato con la Bratva.

Con los Wolves, para ser más exactos. Esa organización despiadada les concede todo lo que necesitan: drogas, mujeres, armas.

No dejamos de ser bandas pequeñas, por lo que dependemos de que organizaciones criminales como los Wolves nos abastezcan.

Cometemos crímenes en su nombre, vamos a la cárcel por ellos, les hacemos ganar más dinero y, a cambio, nos llevamos un buen tajo.

La NSC solía tener un trato parecido con la familia Bianco de la Cosa Nostra. Pero cuando Bianco cayó, nos arrastró a todos consigo.

En los últimos tres años, Emma ha hecho todo lo posible por volver a ponernos en el radar de la Cosa Nostra, hablando con la familia Luciano. Eran los enemigos de los Bianco, y ahora que ellos no están, los Luciano son la familia más poderosa de la mafia italiana.

—En serio —me dice Emma cuando me siento a su lado—, ¿d ónde te habías metido? Logan y Tamar me dijeron que se estaban ocupando de algo tuyo, pero que no te habían visto en toda la tarde.

Logan trabaja para mí robando coches y vendiendo drogas, y Tamar es mi mejor amiga desde que tengo memoria. Siempre está metida en todas las estupideces que llevo a cabo. Ella y nuestra otra chica, Zara.

—¿Dónde está Zara? —pregunto mientras me relajo en el asiento.

No suelo compartir muchas cosas con mis amigos y mi familia, y no me apetece hablar sobre con quién he estado hoy.

No se ven todos los días a princesas de Stoneview en North Shore, sobre todo a una que me provoque tantas emociones.

Nada podría haberme sorprendido más que ver a Alexandra Delacroix en mi lado de la ciudad, por lo que, por ahora, quiero guardarme a esa chica de ojos color avellana para mí solo.

—Está con Carreras en el taller, y adivina qué. —Me dedica una expresión impaciente, y sé perfectamente lo que va a decir—. Ellos también…

—Me estaban buscando. Lo pillo. Estaba en la USF, intentando enterarme de cuándo serán las primeras fiestas. Necesito ganarme algo de calderilla, ¿verdad, jefa?

Por la cara que pone, capto que no le hace ni pizca de gracia mi sarcasmo, pero Emma me conoce muy bien. Está más que acostumbrada al capullo malhumorado que soy.

Agarra un mechón de sus extensiones rubias y empieza a enrollarlo y desenrollarlo alrededor del dedo índice.

—Si quieres seguir vendiéndoles drogas a niños ricos, necesitarás suministros.

—Espero que tengas buenas noticias.

Me reacomodo en el sofá, percibiendo su emoción.

—Mañana me reuniré con Vito Luciano. —Está emocionada, pero no sonríe.

Reunirse con líderes criminales es bueno para nosotros, aunque también peligroso—.

Después de haber logrado que todos los miembros de su organización se sepan mi nombre, por fin ha aceptado reunirse con nosotros. La paciencia se paga. Te lo dije.

Me llevo la mano al bolsillo de la sudadera y saco un mechero. Hago girar la rueda y disfruto de cómo las hendiduras se me clavan en la yema del pulgar. De puta madre.

—Eres una cabezona, pero te quiero por ello.

—¿Querer? —resopla—. Dudo que sepas lo que es eso. Por la cara que tienes ahora mismo, cualquiera diría que estás emocionado.

Supongo que no soy muy expresivo, pero si hay algo que me pone, es el poder. Y los Luciano pueden darnos mucho de eso.

—Estoy más emocionado que una adolescente que ha conseguido entradas para el concierto de Taylor Swift. ¿Contenta?

Emma pone los ojos en blanco.

—Quiere hablar de suministros de drogas, así que te vienes conmigo —añade.

Perfecto.

—¿Dónde quedamos?

—En un restaurante de la ribera sur. A la una en punto, ni un minuto más. Vito Luciano no sigue el reloj de Xi.

No puedo reprocharle el comentario. Lo de «el reloj de Xi » se ha convertido en una broma interna entre todos nosotros por lo tarde que llego siempre a las quedadas.

A veces estoy demasiado ocupado y algo me retrasa.

Lidiar con los camellos de poca monta que trabajan para nosotros no siempre es fácil. Otras veces soy un poco egoísta.

—Allí estaré.

—Si no, será problema tuyo cuando no tengas drogas para venderles a tus zorritas de Stoneview.

—Mis zorritas de Stoneview me pagan el alquiler, ¿sabes?

Ignora mi comentario y se levanta del sofá.

—Venga, a comer. Tu madre nos está esperando.

La cena transcurre igual que de costumbre. Desde que Billie, la hermana pequeña de Emma, entró en el MMA profesional y se marchó de esta pocilga, solemos pasarnos los días los cuatro juntos. Una o dos veces por semana, mi hermano pequeño, Lik, cena con nosotros.

No se nos permite hablar de negocios en la mesa.

Mi madre se queja de que la violencia en North Shore está empeorando.

He intentado convencerla de que no salga a pasear sola de noche, pero pasa de mí.

De la misma forma en que yo finjo no oírla cuando dice que todos nosotros formamos parte del problema por perpetuar la guerra de bandas.

Los Kings son feroces y despiadados. Ni siquiera se trata de no bajar la guardia, se trata de que debemos seguir atacando. En el momento en que entremos en el modo de defensa, nos comerán vivos.

Me suena el móvil mientras ayudo a mi madre a recoger la mesa y Emma friega los platos.

—Mamá —digo al mirar la pantalla y ver que es Zara quien me llama.

Ella niega con la cabeza cuando me ve acercarme; se lleva una mano con un paño a la cintura.

—No puedes irte ya —se queja—. Ni siquiera nos hemos tomado el té, Ziad.

—Tengo que irme.

Le doy un beso en la mejilla y me giro para salir de la cocina mientras contesto a la llamada. Me despido de Emma y de su padre y salgo de la casa.

—Dime, pequeñina —respondo—. ¿Me estás haciendo ganar dinero?

—Es jodido ganar dinero cuando apenas tenemos mercancía que vender. Y no me llames «pequeñina» .

Me paso una mano por el pelo mientras desbloqueo el coche. Justo cuando estoy a punto de abrir la puerta, veo una camioneta verde mate pasando por delante de casa.

—Mándame todo lo que tengas —le digo a Zara sin dejar de seguir la camioneta con la mirada—. Todas las existencias. Puede que Emma y yo tengamos una solución a ese problema.

Cuelgo, sin darle tiempo a responder, y llamo inmediatamente a otro número.

—¿Qué pasa? —contesta Logan al otro lado del teléfono.

—Me jugaría un brazo a que acabo de ver a los hermanos pasar por delante de la casa de mi madre.