Heartless Beloved (North Shore 2) 2 #4
14%

2 #4

Observo a un grupito de chicas que pasa junto a nuestro coche.

Sus faldas de cuadros burdeos y blancos revolotean con la brisa del verano, y sus risas se abren paso hasta mis oídos.

Parecen muy felices. El estómago me da un vuelco de la emoción.

Mi nueva vida está a punto de empezar, y todo aquello que solía asustarme se quedará atrás, en las puertas de la Universidad de Silver Falls.

El coche se detiene y lo miro. Finalmente, se vuelve hacia mí.

—Así que Iris Hall, ¿eh? ¿Las habitaciones compartidas se te quedaban pequeñas?

Escondo el rostro entre las manos mientras se me escapa una risa incómoda.

—Los apartamentos son para tres personas, y mis dos mejores amigas también estudian en la USF, por lo que nos pareció buena idea irnos a vivir juntas.

—Me estoy metiendo contigo, pastelito —dice—. ¿Siempre sientes la necesidad de justificar cada decisión que tomas?

Levanto la mirada y abro los ojos de par en par ante su revelación.

—Eh… —vacilo.

Él sacude la cabeza. Se comporta como si nada lo sorprendiera, y yo me derrito con lo guapo que es. Este hombre no debería existir.

—Vamos, te acompaño hasta la puerta.

Sale del coche antes de que pueda reaccionar. Me apresuro a bajar y lo veo delante de mí.

—No hace falta, ya has hecho suficiente. Insisto en que sigas con tus cosas.

—Todavía me pareces un pollito bebé. Te caerás por las escaleras en cuanto me dé la vuelta. Vamos.

Echa a andar hacia el edificio y me veo obligada a seguirlo. Al fin y al cabo, soy yo la que vive aquí.

Hay una estudiante con uniforme en la entrada. Su impecable camisa blanca está perfectamente planchada; sonríe de oreja a oreja.

—¡Hola! —exclama—. Soy Carly, tu representante estudiantil de Iris Hall. ¡Bienvenida a la USF!

Se dirige a mí sin pensárselo dos veces, como si fuera evidente que el hombre que me acompaña no puede ser quien se muda a la USF.

—Hola. —Le dedico una pequeña sonrisa.

Conozco a esta clase de chicas. Seguro que viene de Stoneview y es de esas que van de amiguitas para luego apuñalarte por la espalda. Clava toda su atención en mí, la niña rica de la que podría sacar algo en un futuro.

—Necesito que me digas tu apartamento y el número de habitación. Deberías haber recibido una tarjeta magnética por correo que te dará acceso al edificio. Todos los pisos tienen un teclado electrónico para entrar. El código iba en el paquete de bienvenida.

Una ráfaga de viento arrastra su sofocante perfume hasta mi cara y hago una mueca.

—He tenido un problema con mi coche y mi paquete de bienvenida estaba dentro. No puedo acceder a él ahora mismo. ¿No tendrás una tarjeta de repuesto o algo?

—Oh. —Me dirige una falsa sonrisa de disculpas y ladea la cabeza—. Me temo que no puedo hacer eso. Somos muy estrictos con el tema de la seguridad. Dime tu nombre y hablaré con la administración.

Observa su portapapeles con el ceño fruncido a la espera de mi respuesta.

—Alexandra Delacroix —murmuro.

Levanta la cabeza de golpe.

—Oh. —Hace una pausa. Al cabo de un par de segundos, lo asimila—.

Oh . —Echa otro vistazo a su hoja—. Sí. Por supuesto.

Lo lamento. Ahora mismo te traigo otra tarjeta.

—Por fin mira al hombre que permanece a mi lado—.

Tú debes de ser su guardaespaldas. Normalmente no damos acceso a terceros después del día de la mudanza, pero puedo darte otra tarjeta si me facilitas tus datos.

—No será… —No llego a decir «necesario» porque me interrumpe.

—Sería genial.

Apenas le dedica una breve sonrisa y ella ya se está derritiendo.

—Por supuesto. —Su tono se vuelve más suave ahora que se ha tomado un segundo para mirarlo y ver lo bueno que está. Coge el bolígrafo que lleva detrás de la oreja—. Adelante.

—Ziad Benhaim —responde, despacio.

—Zi-ad —repite ella—. ¿Cómo se escribe?

—Z, I, A, D.

—¿Y el apellido?

—B, E, N, H, A, I, M.

Trato de permanecer tranquila, de actuar como si no me importara, aunque sé perfectamente lo que me pasa.

Guardo su nombre y su apellido en un pequeño rincón de mi mente, como un regalo que quiero mantener en secreto solo para mí.

Ziad no volverá a este lugar después del día de hoy, pero quiero quedarme con el recuerdo del hombre que me ayudó.

En cuanto nos da una tarjeta a cada uno, la seguimos al interior del edificio.

Es un bloque de apartamentos bastante nuevo con techos altísimos y muebles de mármol.

Un hombre en la recepción nos saluda con una sonrisa al pasar junto a él.

Todo parece perfecto. Se puede saborear el lujo en el ambiente mientras la representante estudiantil nos guía hasta el ascensor.

—Te hospedas en el ático —dice Carly cuando nos subimos—.

El ascensor no te deja dentro del apartamento, pero tus compañeras y tú sois las únicas de ese piso.

—Pulsa el último botón del ascensor y subimos—.

Bueno, no tengo acceso a tu código de la puerta principal —explica.

Se dirige a mí, pero clava la vista en Ziad y le hace ojitos cada vez que él la mira.

—No pasa nada. Mis amigas ya han llegado —suelto para que vuelva a prestarme atención.

Dios, esta tía está obsesionada. Lo pillo, es tan guapo que no mirarlo podría considerarse delito.

«Ahora soy yo la que está actuando como una loca obsesionada».

Llegamos arriba y Ziad y yo salimos del ascensor. Levanto una mano cuando Carly intenta seguirnos.

—Ya nos encargamos nosotros. Gracias.

Sé que estoy siendo una borde, pero es que su presencia me molesta. No tiene sentido, pero es lo que hay.

Las puertas se cierran y por fin desaparece.

Me vuelvo hacia Ziad con los brazos en jarras.

—¿Guardaespaldas?

—Bueno, ¿no es lo que llevo haciendo todo el día? —me reprende—. Me he asegurado de que llegues sana y salva, como si fuera mi puto trabajo.

¿Me está regañando? ¿Y por qué me pone tan cachonda?

El corazón me da un vuelco y retrocedo, sorprendida por mi propia reacción.

Esto no está bien. Necesito alejarme de este hombre.

—Oye, gracias por todo, pero tengo que irme.

Él arquea una ceja y se acerca a mí.

—Pareces nerviosa —señala con sinceridad.

Retrocedo otro paso y me choco contra la pared del pequeño pasillo.

— ¿Q-qué dices? Para nada. Es que ha sido un día muy largo. Ahora vete . —Extiendo el brazo en dirección al ascensor.

Él avanza otro paso. Clava sus ojos en los míos ; está demasiado cerca.

—Debe de estar bien eso de tener un nombre que te abra literalmente cualquier puerta. Seguro que ejecutan cualquier orden que das al momento.

No puedo mirarlo; su mirada es demasiado intensa. En su lugar, clavo los ojos en su pecho, pero él me agarra por la barbilla y me levanta la cabeza. Trago saliva y percibo que se le curvan las comisuras de los labios ligeramente.

—Ni se te ocurra volver a darme una orden, Alexandra. Me importa una mierda si eres una Delacroix o no. Te pondré de rodillas y haré que te arrepientas.

Abro los ojos de par en par con la garganta seca. Sin duda, lo peor es el vuelco que me da el corazón y la punzada que siento en el vientre.

—¿Te queda claro?

Asiento, el movimiento es casi imperceptible. Me derrito bajo su mirada y soy incapaz de controlar los músculos.

—Dilo —insiste, en voz baja.

Me tiemblan los muslos mientras los aprieto y siento una presión entre las piernas.

—S-sí. Me queda claro.

Quiero apartar la mirada de esos ojos cautivadores, pero no puedo.

—Y ahora, dame las gracias por haberte traído.

—Gracias —susurro, apenas soltando el poco aire que había contenido.

Su rostro serio no se suaviza ni un poco. Me acaricia el contorno de los labios con el pulgar.

—Buena chica —dice justo antes de soltarme.

Madre mía. Este hombre es tan indomable que oír esas palabras salir de su boca es como ganar un trofeo.

Se aleja y pulsa el botón del ascensor. Llega en segundos. Entra y se vuelve hacia mí.

—Nos vemos, señorita Delacroix.

Me quedo sin palabras y me limito a mirarlo mientras pulsa el botón. Su cuerpo fuerte y musculoso se relaja contra la pared; me mira de arriba abajo con sus ojos color chocolate. Se pasa una mano por el pelo castaño justo cuando las puertas se cierran y desaparece.

Me siento aturdida y me pregunto si todo esto ha pasado de verdad. No puedo moverme. Intento procesar cómo ha reaccionado mi cuerpo ante su comportamiento, que ha sido de todo menos aceptable.

El sonido de una puerta abriéndose a mi izquierda me sobresalta.

—¡Alex! —exclama alguien—. ¿Dónde te habías metido?

Todavía tengo la respiración agitada. La presencia de Ziad permanece en el ambiente, su efecto es inmortal. Me siento como en I Knew You Were Trouble .

—La tía está intentando elegir una canción de Taylor Swift que pegue con la película que se está montando en la cabeza otra vez, ¿verdad?

La voz de Ella suena a mi izquierda, lo que me devuelve a la realidad.

Me echo a reír. Qué bien me conocen mis amigas.