2 #3
Respiro hondo para intentar calmar mi ansiedad.
—Por favor. —Mi voz apenas es audible.
Él me mira con lástima cuando suelta la caja y la pego a mí. Paso por su lado y me apresuro hacia la caja registradora.
Se coloca justo detrás de mí con un paquete de caramelos en la mano, pero decido ignorarlo.
El cajero se queda mirando mi tarjeta Centurión, y por un momento me pregunto si no habría sido mejor pagar en efectivo.
Murmuro un «gracias» y bajo la mirada mientras oigo al tío que me ha ayudado pedir un paquete de tabaco y un mechero.
En cuanto salgo, observo fijamente el aparcamiento vacío sin entender nada. Tardo unos segundos en procesarlo.
Mi coche ha desaparecido.
—Me estás vacilando —escupo sin dejar de dar vueltas por el aparcamiento. No sé por qué lo hago. Solo hay dos coches aparcados, y ninguno de ellos es el mío. Me paro delante de donde había dejado mi coche y piso un trozo de cristal roto—. No me lo puedo creer.
Se han llevado mi coche.
Con mi móvil dentro.
Estoy atrapada en North Shore.
—Bienvenida a North Shore.
Una voz suave suena a mis espaldas, lo que aumenta mi cabreo.
Aprieto los dientes y me giro bruscamente.
—¿Has sido tú? ¿Me has robado el coche?
Se pasa la lengua por los dientes mientras niega con la cabeza.
—Estaba dentro contigo.
—Seguro que me estabas distrayendo mientras tu… tu banda me robaba el coche —suelto, furiosa.
El miedo que siento al verme atrapada aquí me hace decir tonterías.
Su mirada sombría se encuentra con la mía.
—Mi banda, ¿ eh? Suena aterrador.
¿Cómo puede permanecer así de serio cuando habla con tanto sarcasmo?
—Deja de burlarte de mí —le suelto—. Yo ni siquiera quería estar aquí. Maldito desvío.
Da un paso hacia mí, imponente.
—¿Quieres que te diga un secreto, pastelito? Nadie quiere estar en North Shore, aunque a diferencia de ti, nosotros no tenemos otra opción.
Trago con dificultad al darme cuenta de lo insensible que acabo de sonar.
—Yo…
—Puedo prestarte mi móvil si quieres. Así podrás llamar a mami y papi para que vengan a salvarte de mi aterradora banda. Hay mucho tráfico por culpa del desvío, así que asegúrate de que traigan el helicóptero.
Siento el corazón desbocado a causa del miedo y la vergüenza. Me pasa su móvil, pero niego con la cabeza. Dejo caer los hombros.
—No me sé el número de mis padres.
Dios, qué tonta me siento.
No tenemos teléfono fijo porque eso ya no se lleva y nunca me aprendí sus números. Tampoco los de mis amigas.
—La madre que me parió —murmura, como si fuera una carga que no necesita ahora mismo—. Vale, súbete a mi coche.
Abro los ojos como platos y niego sin parar.
—No… No, no. Estoy bien.
Echo un vistazo a mi alrededor, plenamente consciente de que no lo estoy.
—Ni siquiera te sabes el número de tus padres. Eres como un pollito bebé recién salido del cascarón. Dejarte aquí sola casi podría considerarse un asesinato. Sube.
Estoy bastante segura de que puede ver mi cara de terror.
—No voy a hacerte daño, pastelito. ¿A dónde necesitas ir?
El tiempo se detiene mientras intento descifrar su mirada. Podría tratarse de una trampa. Una vez dentro de su coche, podría llevarme a cualquier parte. Sus ojos marrones son indescifrables, a excepción del gran «eres irritante de cojones » que lleva escrito en la cara.
De la nada, huelo humo. No hay humo. Sé que no hay humo.
¿Soy la única que lo huele?
Doy un paso atrás, consciente de que se avecina un ataque de pánico.
Por un momento, vuelvo a estar dentro de aquella casa en llamas.
Niego con la cabeza y miro a mi alrededor.
Estoy completamente sola, la única posibilidad de que alguien me encuentre es que mi padre revise mi ubicación.
Solo lo hace si no contesto sus llamadas o ignoro sus mensajes, y lo más probable es que hoy me deje tranquila y no lo haga hasta la noche.
«Falta mucho para la noche».
No quiero estar aquí cuando sea de noche.
—Oye, ¿te encuentras bien?
Solo cuando su voz me alcanza me doy cuenta de que estoy hiperventilando. Tengo el puño cerrado contra el diafragma para intentar respirar.
Estoy al borde de un ataque de pánico… ¿y entonces, qué? Podría pasar cualquier cosa. Pierdo el sentido de la realidad en cuanto caigo en la oscuridad. Disocio y mi cuerpo deja de pertenecerme.
No puedo permitir que me ocurra aquí.
—P-por favor —jadeo.
«No, no. Aférrate al presente, Alex».
—Quiero irme a casa… —Mis súplicas de aquella noche resuenan en mi voz, y me pregunto si las habré dicho en voz alta.
Siento la presión de una mano en mi nuca y otra en mi pecho.
—Respira hondo —me ordena mientras me presiona el esternón—. Haz fuerza contra mi mano.
Su voz es suave, profunda.
—Te tengo.
De repente, el olor a bergamota y a especias me envuelve; se mezcla con algo terroso y cálido, algo que no reconozco pero que me encanta.
La mano que descansa sobre mi cuello se tensa.
—Eh, eh, vuelve.
Respiro hondo, siguiendo la presión de su mano contra mi pecho. Mi visión se aclara de nuevo y me sobresalto cuando soy consciente de quién es el hombre que me sujeta.
Trago el aire que tanto necesito y me aparto de él.
—¿P-por qué me tocas?
Me hago a un lado y me giro hacia él.
Él me mira.
—¿Estás bien? Estabas como… ida.
Me cuesta encontrar las palabras mientras echo un vistazo a mi alrededor otra vez. Ya solo queda un coche en el aparcamiento, así que debe tratarse del suyo. Una Ford Ranger negra. Él sigue la dirección de mi mirada antes de volverse hacia mí.
—¿A dónde necesitas ir? —pregunta con calma.
—A la USF —resoplo.
Se le curvan los labios en una sonrisa silenciosa, como diciendo: «Cómo no, la niñita de papá iba de camino a la universidad privada para ricachones».
—Vamos. —Apoya una mano en la parte baja de mi espalda y me guía hacia su camioneta—. Yo te llevo.
Le permito abrirme la puerta. Me ayuda a subir el escalón para montarme en el coche. Coge el cinturón de seguridad, pero lo detengo.
—Puedo abrochármelo yo solita —murmuro.
Todavía tengo la boca seca, pero eso no es lo que me deja sin palabras, sino el hecho de que ha evitado que mi ataque de pánico fuera a más. Simplemente… lo ha detenido. Me ha devuelto a la realidad antes de que me perdiera del todo, y ni siquiera entiendo cómo.
Me aparta la mano y me abrocha el cinturón.
—Yo no lo tengo tan claro. Todavía me das la impresión de ser un pollito bebé.
Se me escapa una risilla.
—Un pollito bebé es un pleonasmo, ¿lo sabías? —Me observa con una ceja levantada—. Quiere decir que usas más palabras de las necesarias para decir lo mismo. El significado de pollito ya trae intrínseco que acaba de nacer, por lo que no es necesario que especifiques que se trata de un bebé.
—Eres irritante de cojones —dice sin más.
Le dedico una pequeña sonrisa y miro al frente. Debería darle las gracias, pero algo me detiene. Todavía no estoy del todo convencida de que no haya tenido algo que ver con la desaparición de mi coche. Todavía no sé si me encuentro a salvo con él.
Se monta en el asiento del conductor y, en menos de veinte minutos, salimos de North Shore.
—¿Te encuentras mejor? —me pregunta tras varios minutos en silencio.
Ya estamos en la autopista, de regreso hacia el sur de Silver Falls.
—Sí —asiento—. Eh…, gracias por llevarme.
Lo miro, pero está concentrado en la carretera.
El chico es guapísimo.
Tiene un tatuaje en el cuello: una mano de Fátima con un ojo en la palma.
Su prominente mandíbula se acentúa ahora que lo veo de perfil.
Sus largas pestañas y sus labios carnosos son tan evidentes que una corriente me recorre desde el pecho hasta el vientre.
Aparto la mirada al sentir que me pongo roja.
—No es nada. Al fin y al cabo, mi banda te robó el coche mientras yo te distraía al cogerte el cargador.
Me arden las mejillas de la vergüenza. Ahora que lo dice en voz alta y que la ansiedad de estar en North Shore ha desaparecido, veo lo ridícula que resulta la acusación.
—Lo siento. Estuvo fuera de lugar. —La falta de respuesta me hace balbucear—: Fui una ignorante. Sé que no toda la gente que vive en North Shore forma parte de una banda.
Dios, qué estúpida me siento ahora mismo. Me comporté como la típica niña tonta de Stoneview.
Vuelvo a mirarlo y observo cómo se pasa la lengua por los dientes antes de negar con la cabeza.
—Tranquila, pastelito. No te preocupes.
Sigue sin mirarme. Me muero por ver esos ojos marrones clavados en los míos para despertar algún tipo de interés en ellos…, pero no ocurre. Se niega a apartar la vista de la carretera.
Entra en Silver Falls por la ribera sur y encuentra el camino con facilidad, sin necesidad de usar el GPS ni seguir las señales.
Antes de que me dé cuenta, las calles de Silver Falls pasan de la clase media a la élite.
Unas preciosas mansiones bordean las calles con sus jardines perfectamente cuidados.
Algunas tienen letras griegas para saber a qué fraternidad o sororidad pertenecen.
Nos estamos acercando cada vez más al campus de la USF, y el contraste con North Shore es abismal.
Me pregunto por qué este chico habrá estado aquí antes.
Está claro que sabe cómo moverse por la zona.
—¿Vienes por aquí a menudo? —le pregunto cuando gira a la izquierda y aparece un campus gigantesco todo cercado.
Se reconoce fácilmente por el enorme edificio de ladrillo rojo que recuerda a un castillo y que corona el resto de los edificios de la universidad desde lo alto de la colina.
Se encoge de hombros.
—A veces. ¿Sabes dónde te hospedas?
—En Iris Hall.
Él solo asiente y continúa conduciendo.
Echo un vistazo a mi alrededor y veo a varios voluntarios enseñándoles el campus a los estudiantes de primer año y a sus padres. Todos van con una caja o una maleta. Los contenedores de plástico están hasta arriba, y los estudiantes parecen emocionados y cagados al mismo tiempo.