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Stoneview es una burbuja. Nos mudamos de nuestro barrio de multimillonarios a la USF mientras evitamos la realidad y fingimos que el mundo solo gira a nuestro alrededor, pero ahora que veo la pobreza con mis propios ojos, siento un leve pinchazo de culpa.
Somos muy privilegiados y nunca pensamos en lo que ocurre fuera de nuestro mundo repleto de lujos.
Las chicas de mi barrio creen que venir aquí es un juego. Les gusta coquetear con el peligro, acercarse a los criminales, pero no se dan cuenta de que no serían capaces de soportar ni una mínima parte de todo lo que se vive aquí.
Trago saliva cuando un grupo de hombres y mujeres se me queda mirando. Una de las chicas arquea una ceja y niega con la cabeza.
Me veo tal y como me siento: perdida.
—¿Cómo vas?
La voz de Ella me sobresalta. Había olvidado que seguía al teléfono.
—Bien —miento—. El GPS ya se ha reubicado. Me está llevando al otro lado, y supongo que después me incorporaré a la autopista y volveré a la entrada de Silver Falls.
—Perfecto. Nos quedaremos aquí contigo, Alex. Todo irá bien.
—Te queremos, Alex —grita Peach de fondo—. Eres la chica más fuerte del mundo.
—Yo también os quiero. —Se me dibuja una sonrisa en la cara—. Habladme de nuestro apartamento —les digo sin apartar la vista de la carretera.
North Shore no es más que una pequeña parte de Silver Falls, no pasa nada. No tengo de qué tener miedo. No voy a hablar con nadie. Solo estoy cruzando la zona en coche. Todo va bien.
—¿Tan malo es? —me río ante su silencio—. Estamos pagando una fortuna por asistir a esta universidad. Más les vale habernos puesto un apartamento en condiciones.
Al no obtener respuesta, miro el móvil. La pantalla está negra.
—¿Chicas?
Toqueteo la pantalla y el corazón me da un vuelco.
Mi móvil ha muerto. El GPS ha desaparecido, al igual que mis amigas.
—No pasa nada —intento decir con entusiasmo—. Todo va bien. Pondré el GPS del coche.
Escribo «Universidad de Silver Falls» y sigo recto mientras calcula la ruta.
—Dé la vuelta en cuanto sea posible —dice la voz robótica del coche.
—No, la calle es de un solo sentido, aparato inútil —gruño.
Está intentando que vuelva al puente.
Sigo avanzando, pero al llegar a un cruce, solo puedo ir a la izquierda o a la derecha. El GPS insiste en que dé la vuelta por donde he venido.
—¿Estás de coña? Uf —resoplo.
Tengo que cargar el móvil, pero el cargador está dentro de alguna de las cajas del otro coche. Lo más probable es que Jordan ya haya llegado a la USF.
Sin saber qué hacer, giro a la derecha. El GPS vuelve a calcular la ruta y me dirige de nuevo hacia el puente.
—Venga ya —me quejo.
Por eso nunca uso esta cosa. No está actualizada.
Me rindo en mi intento de encontrar la salida y paro en el primer aparcamiento que encuentro. Hay una tienda pequeña al lado, quizá pueda comprar un cargador o pedirles que me dejen cargar el móvil.
Hasta compraría un móvil nuevo si así consiguiera salir de una vez por todas de este maldito lugar.
Aparco y apago el motor, pero no quito las manos del volante.
«Venga, Alex. Puedes hacerlo».
En lugar de soltar el volante, lo aprieto más fuerte.
«¿Y si hay alguien dentro?».
«¿Y si me atacan?».
«¿Y si me secuestran?».
«¿Y si me llevan de nuevo a aquella casa?».
El sudor frío me recorre la espalda, se me tensan los músculos y se me cierra la garganta.
«Perla a perla».
«Solo tienes que abrir la puerta del coche».
Suelto el volante y abro la puerta. Tomo otra bocanada de aire y salgo del coche.
No hay nadie en el aparcamiento, y eso ya me alivia un poco. Camino hacia la tienda, abro la puerta y me sobresalto ligeramente cuando suena una campanita electrónica.
Es la clase de tienda que te encuentras junto a una gasolinera, así que imagino que tendrán de todo. Hay un hombre corpulento detrás del mostrador que le pega un trago a una lata de Pepsi mientras me mira de arriba abajo.
Siento que tengo un «niñata rica de Stoneview» escrito en toda la frente, es decir, que probablemente todos los de por aquí me odien.
O, en el mejor de los casos, no quieran ni verme.
Me va la cabeza a mil solo de pensar en todo lo que desearía no llevar puesto ahora mismo.
Llevo unos shorts de mezclilla y una blusa de seda blanca, pero se nota que son de diseñador.
Y no solo eso, también llevo mis zapatillas Jimmy Choo, las mismas por las que sé que pagué más de quinientos dólares.
Puede que mi conjunto entero valga más de lo que este hombre gana en un mes, sin contar la pulsera de cuarenta mil dólares que mi padre insiste en que use.
Aunque en la universidad no daría el cante, me sorprende darme cuenta de lo innecesario que es vestir así frente a alguien que jamás podría permitírselo.
Consigo emitir un débil «hola» a través del nudo que se me forma en la garganta, aunque no sé si llega a escucharlo.
Si lo hace, no le importa. Observo cómo traga un sorbo de Pepsi y me escabullo por un pasillo en el que no pueda verme.
Estoy sola en la tienda, así que me apresuro hacia una pequeña sección de electrónica en un rincón del fondo.
Busco el cargador de mi teléfono, pero no lo encuentro.
Quiero comprobar si el único que tienen aquí me sirve, así que me palpo los bolsillos para sacar el móvil.
Pero no está.
Me lo he dejado en el coche.
La ansiedad hace que me autosabotee, y me odio por ello. Echo la cabeza hacia atrás, resoplando, e intento calmarme. Es entonces cuando veo mi cargador en la balda de arriba.
Menos mal.
Aunque me pongo de puntillas para alcanzarlo, no llego. No es que sea bajita, pero, joder, ¿por qué lo han puesto tan alto?
Mientras sigo intentando coger la caja, varios cargadores caen al suelo y dejo escapar un suspiro de frustración.
—Venga ya —resoplo.
Me quedo paralizada al sentir una presencia detrás de mí. Sin poder hacer nada, veo cómo una mano enorme aparece a mi lado; sus dedos rozan el dorso de los míos antes de alcanzar la caja, agarrarla y apartarse.
El tiempo se detiene por un segundo. Siento un aliento cálido en la nuca, un cuerpo casi pegado al mío y juraría que percibo cómo inhala el perfume que me puse esta mañana. Un escalofrío me recorre la espalda hasta que me echo a temblar.
Cerca.
Demasiado cerca.
Me pego contra las estanterías, y parece que la persona nota mi incomodidad, porque finalmente da un paso atrás. Me giro de inmediato con la respiración agitada y el pelo rubio azotándome la cara.
Se me corta la respiración cuando veo al chico guapísimo que tengo delante.
Me pego aún más a las estanterías y levanto la vista hacia su rostro.
Tiene la mandíbula relajada y tan afilada que me apostaría lo que fuera a que es capaz de cortar cristal.
Pero eso no es lo que hace que el corazón se me acelere.
Sus pestañas son tan largas que cualquier mujer a su alrededor no solo las envidiaría, sino que caería rendida a sus pies al instante.
Es un contraste considerado en comparación con el resto de su cuerpo.
Es alto, todo músculo bajo una sencilla camiseta blanca.
Ni siquiera le queda ajustada, no parece la clase de chico que se compra una talla menos para presumir, pero, aun así, el tejido parece estirarse para adaptarse al tamaño de sus enormes brazos.
Como siga mirándole los hombros fornidos, voy a empezar a babear, así que me obligo a subir la vista hasta su rostro.
Tiene los ojos de color marrón claro, casi de una tonalidad terracota, y me resulta difícil aguantarle la mirada.
¿Cómo puede un color cálido ser tan penetrante?
Entrecierra los ojos y me observa con una atención que me hace retorcerme.
Me doy cuenta de que lo estoy mirando demasiado cuando su expresión se suaviza y sus labios se curvan con diversión.
Me pongo roja, consciente de lo fácil que mi piel de porcelana se delata.
Seguro que a él nunca le pasa. Su tez bronceada lo hace parecer un guerrero espartano.
Intento dar un paso atrás, muerta de vergüenza, pero rápida mente recuerdo que estoy atrapada contra la estantería. Al percibir mi necesidad de espacio, el desconocido retrocede.
Levanta la caja del cargador delante de mí.
—¿Era esto lo que querías?
Abro los ojos de par en par.
Es cierto, el cargador. Por eso estoy aquí.
El repentino recordatorio de dónde me encuentro y por qué es como si me echaran un cubo de agua fría encima.
Los pulmones me suplican por una bocanada de oxígeno y mi boca obedece.
Asiento, incapaz de hablar, y extiendo el brazo para coger la pequeña caja.
Pero él se ha alejado lo suficiente como para que no pueda alcanzarla.
Si la quiero, tendré que moverme, aunque me siento bastante más segura con una protección a la espalda.
Él percibe mi vacilación y niega con la cabeza.
—No eres de por aquí.
Por mucho que no sea una pregunta, porque probablemente lo lleve escrito en la cara, asiento de todas formas.
—¿Te has perdido o algo?
No parece una amenaza, pero el corazón me late a toda velocidad a causa de su presencia cautivadora y el estado de ansiedad en el que me encuentro.
No sé qué responder. Si digo que sí, podría aprovecharse de mí. Si digo que no… No puedo decir que no, porque se nota a leguas que es mentira.
—No me he perdido —respondo con toda la confianza que logro reunir—. Estaba cruzando la ciudad y me he quedado sin batería. Compraré un cargador y me iré.
Me mira de arriba abajo.
—Ah. —Asiente—. El desvío.
Levanto las cejas, incapaz de controlar mi expresión facial.
—No eres la primera persona que se pierde hoy en North Shore —añade al percatarse de mi sorpresa—. Si fuera tú, no me quedaría por aquí más tiempo del necesario.
¿Eso ha sido una amenaza? ¿Una advertencia? ¿O está tratando de ayudarme?
—¿Me das el cargador?
Extiendo la mano de nuevo. Esta vez, doy un paso hacia él y me deja coger la caja, pero no la suelta. Me estudia con gesto serio. Tiene pinta del típico chico que nunca se divierte.
—¿Cuál es la palabra mágica? Que te lo he cogido yo.