1 #2
«¡Lo que sea!», grito con tanta fuerza dentro de mi cabeza pensando que puede oírme.
Deja mi pulsera sobre el escritorio mientras pasa el dedo por el círculo de diamantes.
—Me he dado cuenta de que a veces se te olvida cargarla. —Su tono sombrío me borra la sonrisa de la cara al instante.
—Ah —balbuceo—. Es que… se me olvida.
«Se me olvida cargar el rastreador para poder pasar algo de tiempo alejada de ti y de tu obsesión enfermiza».
—Es un comportamiento inaceptable, Alexandra. Y del todo decepcionante.
No necesita alzar la voz para hacerme sentir como una niña a la que están regañando. Esa es la clase de poder que tiene sobre mí.
—Lo siento —susurro, y bajo la vista al suelo.
—La universidad es una experiencia completamente nueva. Podría pasarte cualquier cosa.
«Ya me ha pasado».
Puede leer la respuesta en mis ojos a pesar de mis esfuerzos por ocultarla.
—Tenemos que ser el doble de cuidadosos.
—Sí, papá —respondo con resignación.
Se gira en su silla y coge algo del escritorio.
—Por eso te he comprado esto. —Me muestra una pulsera de oro que reconozco al momento: es de la colección Love, de uno de mis joyeros favoritos; est á toda recubierta de diamantes.
También coge un pequeño destornillador especial para joyas del escritorio—.
Mira, se abre con esto —me dice de forma condescendiente.
La abre y me coge la muñeca de nuevo—. Es la única herramienta que la abre.
Cierra la pulsera y me sobresalto por lo ajustada que es. Un poco más y me corta la circulación.
—Es un poco pequeña.
Levanto la vista y me encuentro con su mirada impasible.
—Es perfecta. Conozco tu talla. Así no podrás quitártela.
La asegura con el destornillador y la realidad me golpea. No puedo abrirla ni quitármela. Y dudo que me vaya a dar el destornillador.
—Papá, no es necesario —murmuro con timidez—. Por experiencia, ya sabemos que no importa que sepas dónde me encuentro todo el tiempo. Pueden pasar cosas igualmente.
Ignora mis súplicas y continúa hablando.
—Esta tiene una batería de larga duración. De meses. Y cuando está a punto de acabarse, me llega una notificación al móvil. El rastreador es mucho más pequeño, por lo que no necesitarás un colgante. Es más discreta.
—Papá, por favor. Me parece un poco exagerado.
Pega un manotazo contra el escritorio, lo que me hace dar un salto.
—Por el amor de Dios, Alexandra. No conozco muchas chicas de dieciocho años que se quejen tanto cuando su padre les regala una pulsera de cuarenta mil dólares.
Aunque su voz es calmada, el gesto me sirve de advertencia.
—Lo siento —cedo al fin.
—Así me gusta, eso quería oír. Has sido una consentida toda tu vida. Un poco de gratitud no te vendría mal. Esta es la única condición. Si llevas la pulsera puesta todo el tiempo, Julian no irá contigo.
—Entendido. —Fuerzo una sonrisa—. Gracias.
—¿Tienes tiempo para echar una partida antes de irte?
Debería irme con mis amigas, pero la verdad es que nuestras partidas son los únicos momentos en los que disfruto de la compañía de mi padre. Así que asiento.
—Solo una.
Mi padre siempre ha sido un hombre sobreprotector.
No hay otra forma de describirlo. Protector conmigo, con mi mente, con mi cuerpo.
No es que se preocupe por mí, sino por lo que represento.
Por él. Si suspendo, es un reflejo de él.
Si me acuesto con alguien, es porque no me educó bien.
Si no soy guapa, educada, femenina, inteligente…
Todo es parte del legado del senador Delacroix.
No se me permite cagarla. No puedo decepcionarlo.
Estoy acostumbrada, por lo que nunca me importó tener que crecer así.
Hasta que apareció el rastreador.
Luché con uñas y dientes contra él, no solo porque se trata de una completa locura, sino porque quiso ponerlo dentro del relicario de mi abuela.
Había tenido ese collar desde que era un bebé, lo llevaba puesto todo el tiempo.
Pidió que lo rompieran y lo reconstruyeran solo para poder seguirme a todas partes.
Mi madre simplemente lo aceptó, como hace siempre.
No es una líder ni una luchadora. Le gusta que la cuiden.
Le gusta que alguien se haga cargo de todo mientras ella se relaja.
No ha trabajado ni un solo día de su vida, nunca ha tenido que luchar por nada.
Le han servido todo en bandeja de plata y no le importa lo más mínimo que mi padre se casara con ella por su nombre y por su dinero.
Por culpa de ese estúpido rastreador, me quitaron el collar de mi abuela, lo rompieron y lo destruyeron en un incendio.
Pero, al igual que con el resto de las cosas, ya me he acostumbrado.
Me he acostumbrado a su sobreprotección, a la presión, al esfuerzo constante y a tener que ponerme una máscara para que todo el mundo crea que soy la hija perfecta.
Nuestras partidas siempre han sido el único momento en el que siento que de verdad le importo yo, y no solo la imagen que proyecto de él. Son juegos. Y los juegos son divertidos.
—De acuerdo —dice al levantar la mirada y buscar la primera palabra—. ¿Qué significa prudhomme ?
—Es un ciudadano digno de confianza. A menos que se escriba prud’homme , entonces estás hablando del tribunal laboral francés que resuelve disputas entre empleadores y empleados.
Él asiente. Cuando tengo razón, no dice nada, solo cuando me equivoco.
—¿Qué significa « noctambulismo » ?
—Caminar dormido.
Fácil.
—El origen de la palabra, Alexandra —me ordena sin parecer impresionado, como si debiera haberlo añadido a la definición ya de primeras.
—Proviene de « noctámbulo » . Noctis viene del latín nox , que significa ‘noche’. Y ambulo proviene de ambulare , que significa ‘andar’.
Se rasca la mejilla; el sonido áspero de las uñas contra una barba incipiente que mañana por la mañana tendrá que volver a afeitarse.
—¿Antípoda?
Abro la boca y la cierro de nuevo. Me coloco el pelo detrás de las orejas antes de bajar la mirada.
—Eh…
—«Eh» no es una respuesta.
Me llevo el dedo índice al nacimiento del pelo y me froto la piel.
—Lo sé, estoy pensando.
Y aquí llega la respuesta que más odio escuchar.
—No deberías tener que pensar, deberías contestar de forma instintiva. Pensar es algo que se hace en los trabajos y en los debates. Las definiciones no requieren pensar en absoluto.
Aprieto los labios y bajo la vista. Entrelazo los dedos delante de mí.
—Qué decepción —concluye con seriedad.
—Lo siento.
No estoy segura de sentirlo, pero la respuesta me sale sola.
—En lugar de sentirlo, intenta ser más inteligente.
Se me forma un nudo en la garganta mientras asiento en silencio. Odio decepcionarlo.
—Deberías irte ya.
Retrocedo, sin esperar un beso o un «buena suerte» por su parte. Un par de segundos después, estoy a punto de salir por la puerta cuando vuelve a llamarme.
—Y, Alex… —Me giro, con la tonta esperanza de que me diga algo bonito, o tal vez que me va a echar de menos—. Espero que te lleves el diccionario. Está claro que lo necesitas.
Me trago el nudo que se me forma en la garganta y asiento.
—Sí —murmuro antes de salir de su despacho.
Como cada vez que me alejo de él, mis hombros se relajan, como si por fin pudiera respirar.
Y después la gente se pregunta por qué soy una sabelotodo.