Heartless Beloved (North Shore 2) 1
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ALEXANDRA

Siete meses después…

—¡Hola, cielo! —resuena la voz de Peach al otro lado del teléfono.

— ¡¿Cuándo llega?! —Escucho de fondo.

Debe de tratarse de Ella, mi otra mejor amiga.

—Hola —me río—. Estoy metiendo la última caja en la furgoneta. Tardaré una hora, más o menos.

—¡Alex! —se queja Peach—. ¿Por qué eres tan lenta? Llevamos aquí desde las diez de la mañana. Son casi las tres y seguimos esperándote. En serio, ¿cuántas cosas te vas a traer?

Echo un vistazo a mi alrededor y a la última caja que nuestro mayordomo todavía tiene que meter en el vehículo.

—A ver, tampoco tantas. Pero estaba esperando a que llegaran mis padres a casa para despedirme. Ya están aquí.

—¿Qué más dan tus padres? ¡Te vas a la universidad! Además, tampoco es que estemos tan lejos.

Eso es cierto. La Universidad de Silver Falls queda a menos de cuarenta minutos en coche de Stoneview.

Es básica mente la continuación de nuestro colegio privado.

Es una de las mejores universidades privadas de la Costa Este, y el desorbitado precio de las matrículas la convierte en un recinto igual de elitista que nuestro barrio.

La mayoría de los estudiantes de nuestro colegio acaban allí porque, aunque está cerca de nuestra localidad de multimillonarios, nos da cierta sensación de independencia.

La USF está en la ribera sur de Silver Falls, y el viaje desde aquí se hace muy llevadero. En realidad no necesitaba esperar a mis padres, pero prefería hacerlo para evitar recibir un mensaje incendiario de mi padre más tarde.

Me acerco a mi escritorio para coger el bolso y echo un último vistazo a las fotos Polaroid que he decidido dejar aquí.

Tengo ciento tres, por lo que no podía llevármelas todas.

Mis padres me regalaron una cámara Polaroid a los diez años, y desde entonces me he encargado de hacer una foto al mes, todos los meses.

No soy una artista, más bien una amante de la vida.

Todos los meses guardan un recuerdo especial que capturo en una imagen.

Suspiro al mirar el montón que he dejado sobre el escritorio.

—Lo siento, chicas.

Cojo la caja de zapatos de la mesa y empiezo a guardarlas con una sonrisa nostálgica mientras las repaso una por una. Se me para el corazón cuando llego a la de febrero.

Ojalá hubiera elegido una foto distinta para representar el mes de mi cumpleaños. Esta marca el día en que mi vida cambió para siempre.

Trago saliva al observarnos a Chester y a mí sonriendo. Nos la sacamos solo un par de horas antes de la pesadilla.

Siento un escalofrío y sacudo la cabeza.

Lo mío con Chester no iba a funcionar. Lo triste es que hizo falta que me secuestraran y abusaran de mí para llegar a esa conclusión, pero, de una forma u otra, habríamos acabado dejándolo.

Nos va mejor como amigos, y los dos estudiaremos en la USF, así que nos esperan muchos más años de diversión juntos. Solo que no como pareja.

Él nunca pudo darme lo que necesitaba.

Nadie puede.

«Excepto tu secuestrador. Ese en quien no dejas de pensar cuando te tocas».

Silencio la voz irracional de mi cabeza y tomo una bocanada de aire.

—Señorita Alex —me sobresalta una voz a mis espaldas.

—¿Sí? —pregunto mientras guardo la foto en la caja de zapatos junto con las demás.

—¿Puedo llevar ya la última caja al coche? —pregunta Jordan.

Mi mayordomo me ha visto crecer, por lo que dejarlo atrás me pone un poco sentimental. Mi madre nunca se ocupó de mí, y a mi padre solo le importa la imagen que doy de la familia. Jordan me quiere por quien soy.

—Sí, por favor.

Sonrío al darme la vuelta. Me deshago el moño apretado y dejo que el pelo me caiga suelto hasta la cintura.

—¿Emocionada? —me pregunta al agacharse para coger la caja.

—¿El miedo cuenta como emoción? —bromeo.

—Por supuesto. —Me guiña un ojo mientras se incorpora—. Estaré fuera. Su padre la está esperando en su despacho.

Se me revuelve el estómago, pero finjo una sonrisa.

—Gracias por la información.

Sale de la habitación y yo lo sigo, aunque cuando bajamos las escaleras, él se dirige a la puerta principal mientras que yo giro a la izquierda, en dirección al despacho de mi padre.

—Toc, toc —finjo una voz alegre y abro la puerta.

—Alex —responde él con seriedad—, adelante.

Me da un tic en el ojo, pero mantengo la sonrisa y me preparo para una lección de vida… o dos.

Camino hasta su escritorio y me siento frente a él, como una niña a la que han llamado al despacho del director.

—Madre mía —se ríe antes de levantarse y acercarse al globo terráqueo que sirve como mueble bar. Saca un whisky añejo y lo sirve en un vaso bajo—. Mi hija se va a la universidad. Me estoy haciendo viejo.

Mi padre siempre ha sido un hombre atractivo.

Las mujeres caen rendidas a sus pies constantemente.

Mi madre no fue su primera mujer; es la segunda, la más joven.

Su cabello gris todavía conserva algunos mechones del negro que solía tener.

Siempre va bien afeitado, con trajes hechos a medida y un reloj carísimo de su colección de Rolex y muchos otros.

No aparenta sus sesenta años en absoluto, pero me puedo imaginar lo que se siente al ver a tu única hija marcharse a la universidad.

Regresa a su silla y le da un sorbo al whisky antes de recostarse en ella.

—Has tenido suerte de haber entrado en la Universidad de Silver Falls, Alexandra. No creo que te hayas esforzado lo suficiente, pero me alegro de que hayan aceptado tu solicitud. Quizá nuestro apellido tuvo algo que ver. No lo sé.

Hace girar el whisky dentro del vaso mientras yo aprieto la mandíbula. Tal vez fue mi media de sobresaliente, o porque fui la mejor de mi promoción. ¿Por el voluntariado? ¿Por mi currículum impecable? Quizá por mis trabajos perfectos, las cartas de recomendación o las cartas de presentación.

Pero no, según él ha sido por mi apellido y por pura suerte.

—De una forma u otra —continúa—, lo importante es que has entrado.

—Da otro sorbo, deja el vaso sobre el escritorio y se inclina hacia mí mientras me señala con el dedo—.

Vas a trabajar duro, Alexandra. No permitiré que avergüences a nuestra familia.

Ya bastante humillante es que no puedas volver a competir en ningún deporte.

Bajo la mirada a mi muñeca izquierda y a la cicatriz que me recorre el antebrazo. No es que haya elegido dejar de competir por decisión propia. Era una gran nadadora y una animadora muy hábil, pero todo eso se acabó el día de mi cumpleaños.

Asiento y me coloco un mechón de pelo rubio detrás de la oreja.

—Por supuesto, papá. Para eso voy.

—Sé que tu madre quiere que te unas a la sororidad a la que ella perteneció.

Yo estoy de acuerdo con ella, porque te aportará contactos valiosos, pero tendrás que comportarte.

Nada de alcohol, nada de chicos, nada de perder de vista tus objetivos.

Céntrate en trabajar, Alexandra. Es lo único que da frutos.

—Sí, papá.

—¿Has terminado las lecturas obligatorias? ¿Y las redacciones que te pidieron tus profesores? No las he visto en mi escritorio.

—Estabas fuera por trabajo —respondo—. Está todo hecho.

Concursos de ortografía, profesores privados, campamentos de verano de matemáticas, retiros de literatura inglesa.

Lo he hecho todo. Incluso intenté dibujar y pintar.

La familia de mi madre es conocida porque su abuelo fue un pintor de renombre.

Ella es una artista magnífica y posee la única galería de arte de Stoneview.

Intentó enseñarme a pintar de niña, y fueron nuestros mejores momentos juntas.

Pero todo eso acabó cuando mi padre se dio cuenta de que me divertía demasiado y de que no tenía talento para la pintura.

En la casa Delacroix no se permite la diversión. Ninguna recompensa llega sin el trabajo duro. En realidad, no importa lo que haga, porque las recompensas nunca llegan. Nunca recibo un «bien hecho» o un «buen trabajo», y mucho menos ese «estoy orgulloso de ti» que tan desesperadamente necesito.

—Acércate, enséñame la muñeca.

Se da la vuelta en la silla mientras yo me levanto y rodeo el escritorio.

Me agarra la muñeca derecha y juguetea con la pulsera de diamantes que me regaló el día siguiente de mi decimoctavo cumpleaños.

Le cabreó mucho que me rompieran y me robaran el collar de rastreo.

Ahora llevo un relicario de plata en forma de corazón enganchado a la pulsera. Me la desabrocha y me la quita.

Lo miro con una expresión de sorpresa. ¿Va a dejarme ir a la universidad sin ella? Un sentimiento de libertad me florece dentro del pecho mientras se me dibuja una sonrisa.

—Papá —exhalo—. Gracias…

—He estado considerando tu petición de no llevar guardaespaldas a la universidad.

—¿En serio? —Se me ilumina la mirada con esperanza.

Todos los miembros de la familia tenemos un guardaespaldas personal.

Mi madre tiene a Vincent, uno de los hombres más educados y atractivos que conozco.

Yo tengo a Julian, que ya es mayor, aunque sigue llevando a cabo su trabajo a la perfección.

No vive con nosotros como Vincent, pero me acompaña a todas partes.

Y mi padre tiene tres: dos que están con él todo el tiempo y otro que se encarga de proteger sus contraseñas de trabajo, los códigos de las cajas fuertes y secretos similares, en caso de que le llegara a pasar algo a mi padre.

Me he tirado todo el verano suplicándole que me deje ir a la universidad sin Julian.

La Universidad de Silver Falls es la más segura del país.

Es privada, con acceso restringido, y tiene seguridad patrullando alrededor del campus todo el tiempo.

Lo más probable es que no sea la única estudiante con un guardaespaldas, ya que la mayoría de los alumnos provienen de familias influyentes, pero tener a alguien que te sigue a todas partes es asfixiante, especialmente cuando sé que le cuenta todo a mi padre.

—Sí, en serio —confirma—. Dejaré que vayas sin Julian, pero con una condición.