Heartless Beloved (North Shore 2) PRÓLOGO #6
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PRÓLOGO #6

Estoy deshidratada, no paro de toser de lo seca que tengo la garganta.

—¿Quieres agua?

Asiento lentamente, sin energía.

Se pone de pie en silencio. Un segundo después, un líquido helado me cae encima del cuerpo.

Suelto un grito ahogado mientras me doy la vuelta.

—Tengo que limpiarte, nena. Te has meado encima y apesta.

Me tira otro cubo lleno de agua por encima.

—¡Para! —grito.

—Es agua. Me la has pedido tú.

¿Cómo puede alguien volverse tan malvado en la vida? ¿Y por qué me ha tocado a mí ser la que lo sufre?

Un teléfono suena en la habitación. Sé que no es el que ha estado usando para contactar con mi padre porque puedo verlo en la mano de otro de sus hombres.

El líder se saca el móvil del bolsillo y se lo lleva a la oreja. Debe de ser su teléfono personal. No habla, pero noto que se pone tenso.

—¿Cuándo? —pregunta. Hace una mueca y clava su mirada en la mía. El miedo se apodera de mí cuando veo la furia en sus ojos—. No te preocupes, no encontrarán nada. Gracias por avisarme.

Cuelga y se acerca a mí de nuevo.

—¿Cómo? —me escupe en la cara. Me agarra por la garganta y me empuja hasta que estoy sentada con la espalda contra la pared—. Me acaban de decir que hay seis coches del FBI y dos furgones SWAT entrando en nuestro barrio. ¿Cómo?

La esperanza florece dentro de mi pecho. Me han encontrado. Ya vienen.

Se me dibuja una sonrisa en el rostro y él aprieta su agarre.

—Para cuando lleguen, toda esta puta casa habrá desaparecido. Tengo hombres más que suficientes en las calles para detenerlos y para que me dé tiempo a torturarte y matarte antes de que lleguen a este lugar. Así que no seas tonta, Elisabeth, y dime cómo te han encontrado.

Toso a causa de la presión que ejerce alrededor de mi garganta.

—Pásatelo bien en la cárcel, capullo —escupo.

Me arrastra a un lado y me tira contra el suelo.

—Responde la puta pregunta o te mato. Y estando tan cerca de la libertad, sería una pena.

Se sienta a horcajadas sobre mí y usa ambas manos para estrangularme. El pánico regresa cuando siento que la cabeza me da vueltas. Se me nubla la vista. No puedo hablar. ¿Cómo espera que se lo diga?

Bajo la mirada mientras me quedo sin oxígeno. Lo hago una y otra vez, intentando que me entienda. Y veo el momento en el que se da cuenta de que estoy señalando el collar que está aplastando en este preciso momento.

—¡Mierda! —grita antes de soltarme. Coge el relicario de corazón y me lo arranca—. Putos ricos. ¡La están rastreando, joder!

Intento tomar aire con desesperación mientras tira el collar al suelo y lo aplasta con su bota.

—Nos largamos de aquí —gruñe.

Y así, sin más, desaparecen.

Y esta vez, para siempre.

Oigo mucho alboroto en el piso de abajo. No han cerrado la puerta, por lo que puedo oír cómo algunos de ellos se ríen. Están convencidos de que no los van a atrapar. Y me apuesto a que tienen razón.

La casa se queda en silencio y los minutos pasan; ya no tengo miedo. Van a rescatarme. Siempre he odiado mi casa, pero nunca había tenido tantas ganas de volver a ella como ahora.

Estoy la mar de tranquila hasta que un olor inesperado me alcanza.

Humo.

Me obligo a ignorar los latidos acelerados de mi corazón y oigo un crepitar en el piso de abajo. Cuando empiezan a escocerme los ojos, lo entiendo.

Fuego.

Le han prendido fuego a la casa.

Por primera vez desde que todo esto empezó, temo no ser capaz de contarlo.

—¡No! —chillo.

Después de sobrevivir a ese hombre durante casi veinte horas, voy a morir intoxicada por monóxido de carbono.

—¡Ayuda! —grito—. ¡Ayuda!

El humo empieza a colarse dentro de la habitación y el pánico se intensifica. Pese a estar tirada en el suelo, con las muñecas y los tobillos atados, empiezo a arrastrarme hasta la única ventana que hay. Está tapiada, pero espero que entre suficiente aire.

—¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Estoy atrapada! —sollozo entre lágrimas.

No quiero morir. Me iré a la universidad dentro de unos meses. Mi vida ni siquiera ha empezado.

Apoyo la espalda contra la pared y logro ponerme de pie. Retrocedo un paso antes de lanzarme contra la tabla.

—¡Ayuda, por favor!

Reboto y caigo al suelo; mis muñecas se llevan gran parte del golpe, además de mi hombro. El dolor me hace gritar aún más fuerte.

Lucho por respirar en medio de la agonía. Algo va mal. Algo está roto. Le lloro a la casa vacía.

—Por favor… —toso, aunque sé que nadie me oirá. Apenas me oigo a mí misma. No puedo abrir los ojos. Hay demasiado humo—. Ayuda…

Escucho un fuerte ruido a mi lado, pero siento que la oscuridad me engulle.

Dos brazos me sujetan e intentan mantenerme consciente. El dolor que me recorre desde el hombro hasta la muñeca izquierda me mantiene con vida.

—Te tengo.

Es su voz.

El líder.

«Ojos marrones , labios carnosos, tres cicatrices profundas».

No se me puede olvidar.

El humo se vuelve más denso y un calor abrasador nos envuelve. Entierro la cabeza contra su pecho mientras él echa a correr.

—Aguanta, ya casi hemos llegado.

En cuanto logro inhalar aire fresco, me atraganto. Toso hasta quedarme sin aliento. La cabeza me da vueltas, el mundo que me rodea se desvanece. Me deja sobre el asfalto. Creo que estamos al otro lado de la calle. Escucho el sonido de las sirenas a lo lejos.

Entrecierro los ojos mientras me acaricia el pelo.

—Tranquila, te pondrás bien. Ya se ha acabado.

Todavía lleva puesto el pasamontañas, pero reconozco perfectamente su voz y sus ojos. Unos ojos marrones preciosos a pesar del monstruo que se esconde tras ellos.

Intento echar un vistazo a mi alrededor, pero lo único que veo son cenizas y un cielo gris.

Giro la cabeza en su dirección. Distingo un par de árboles a mi derecha y un edificio abandonado.

—¿D-dónde…? —balbuceo.

—Espero que hayas disfrutado de tu estancia en North Shore, Elisabeth. Vuelve cuando quieras.

Las sirenas suenan cada vez más fuertes y él desaparece justo antes de que todo se vuelva negro.