Heartless Beloved (North Shore 2) PRÓLOGO #5
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PRÓLOGO #5

—Joder —jadea—. Eres un juguetito sexual muy divertido, Elisabeth.

Sacudo la cabeza y aparto la mirada del flash cegador. Cuando se levanta, creo que la pesadilla por fin ha acabado. Hasta que noto que me sube el dobladillo del camisón.

Tengo un «no» en la punta de la lengua, pero, por alguna razón, no consigo pronunciarlo. Ojalá pudiera decir que es porque estoy asustada. Ojalá pudiera decir que es porque no quiero.

Sin embargo, la verdad es mucho más aterradora.

La verdad es que la emoción y el deseo que me recorren las venas es lo que más me aterra.

—Dame el móvil. —Su orden es tajante. No tiene paciencia. Detecto tensión en su tono de voz. Hambre.

Presiona uno de sus dedos enguantados contra mis bragas, justo en mi entrada. Estoy mojada.

Estoy tan mojada que lo noto por toda mi entrepierna.

—Hostia puta —se ríe—. Estás cachondísima.

—¡No! —grito. Estoy furiosa. La vergüenza extiende la rabia por todo mi cuerpo—. Ya tienes lo que querías. Ahora, para.

¿Cómo es posible que lo esté disfrutando? ¿Mi cuerpo todavía no se ha enterado de que mi cerebro decidió que se trataba de una experiencia traumatizante y aterradora? ¿O sí que se enteró y es justo eso lo que le está gustando?

—Mira, creo que no me has oído bien. Te dije que lloraras y suplicaras, que convencieras a tu papi de darnos el dinero. Y ahora mismo, lo único que veo es a una zorra que se lo está gozando.

Sin apartarme las bragas, presiona su dedo contra la tela mojada y lo introduce en mi entrada.

Grito y cierro las piernas al momento a la vez que me tumbo de lado y me encojo.

—Tch, tch —me reprende.

Me agarra las piernas y vuelve a tumbarme boca arriba. Me separa los muslos y se acomoda entre ellos para que ya no sea capaz de juntarlos. Tengo las muñecas aplastadas detrás de la espalda y no paro de temblar.

—¿Lloras cuando alguien te hace correrte, Elisabeth? —me pregunta con una curiosidad genuina.

No respondo. No le daré el gusto. Para empezar, porque no lo sé. Solo me he corrido tocándome yo. No creo que sea la misma sensación que cuando alguien te hace llegar al orgasmo, pero, por ahora, solo puedo imaginármelo.

—Qué cabezota eres —se ríe y presiona los dedos contra mi entrada de nuevo. Me está apuntando con la cámara, lo que hace que la humillación sea mucho peor—. Supongo que tendremos que descubrirlo, ¿verdad?

Niego con la cabeza tan fuerte que la habitación me da vueltas. Oigo las risas del resto de los hombres detrás de mí. Siento la vergüenza; es demasiado pegajosa en mi piel sudada.

Esta vez, me aparta las bragas a un lado y apunta la cámara hacia mi coño.

—Estás empapada, Elisabeth —gruñe.

Sinceramente, me gustaría que dejara de llamarme por mi nombre. Hace que sea todo demasiado real. Me impide escapar del momento.

Siento la punta de su dedo enguantado contra mi entrada y el miedo envía otra oleada de confusión a través de mi cuerpo. Noto el momento exacto en el que me excito más. A él tampoco se le pasa por alto.

Su risa burlona es mortal mientras me mira.

—Lo he grabado —murmura.

El deseo es más que evidente en su voz. Es crudo y me golpea con fuerza.

Empieza a empujar el dedo y mi excitación le permite un fácil acceso. Me retuerzo e intento echarme hacia atrás.

—Por favor —suplico con un jadeo desesperado—. Yo no… Nunca… No lo hagas.

Se detiene cuando lo entiende.

—¿Tu novio nunca te ha tocado, nena?

Niego con la cabeza.

—N-no estaba preparada.

Y me avergüenza reconocer que ahora mismo sí lo estoy.

Se le escapa una risita suave.

—¿Y hacía caso a lo que le decías en lugar de hacérselo a tu cuerpo?

«Mi cuerpo no reaccionaba así con Chester» es lo que no digo.

Lo introduce un poco más y siento cómo mi coño se aprieta alrededor de su dedo. El sudor frío se ve reemplazado por un fuego que me lame la piel y me hace retorcerme de placer.

—Cambia de novio, Elisabeth. Porque si fueras mía, no podría parar de tocarte, y no me importaría lo que dijeras.

Saca el dedo y vuelve a introducirlo con más brusquedad. Me resulta imposible controlar las reacciones de mi cuerpo, la respiración entrecortada, los gemidos de placer y la forma en la que mis caderas empiezan a seguir sus movimientos.

Ni siquiera estoy acostumbrada al grosor de un dedo cuando añade otro. Se me abre la boca, pero no emito ningún sonido. Simplemente jadeo mientras me folla hasta el olvido solo con dos dedos.

—Qué buena estás —jadea él también.

—Espera. —Entro en pánico en cuanto siento que pierdo el control por completo. Estoy al borde de un acantilado, y este hombre va a empujarme—. Para…

—¿Vas a llorar por el placer que te provoca todo esto? ¿Eres consciente de que te vas a correr en la mano del hombre que te secuestró?

Es verdad, estoy a punto de correrme. No me había dado cuenta hasta ahora. Es como si mi cuerpo hubiera decidido esperar para avisar a mi cerebro hasta que él lo dijera en alto. Exploto en sus dedos, el calor se extiende por todo mi cuerpo y se concentra en mi vientre.

Cuando se detiene, me desplomo contra la cama y giro la cabeza. Al fin le doy lo que quería: las lágrimas me resbalan por las mejillas.

No es por el secuestro o porque haya intentado ahogarme.

No es por la violencia o el dolor. Lloro por la vergüenza.

Por entender que estoy trastornada. Algo está roto dentro de mí y ni siquiera fue mi secuestrador quien lo rompió.

Él solo se aprovechó de ello. Encontró esa pieza vil que forma parte de mí y la sacó a relucir.

Es desgarrador que alguien te obligue a ver quién eres en realidad.

Un sollozo me sacude el pecho mientras siento cómo se mueve y me enfoca con el flash directamente a la cara.

Bajo la mirada.

—Por favor. —Sollozo entre llantos—. Para.

—¿Ya has tenido suficiente, Elisabeth?

Cierro los ojos con fuerza y asiento, incapaz de detener el reguero de lágrimas.

—¿Quieres que tu padre nos entregue el dinero para que te soltemos?

—Por favor —suplico.

Ya no soy capaz de controlar mi respiración. La necesidad de volver a casa es demasiado intensa. Solo quiero escaparme de sus garras.

—Por favor, ¿qué? —La dureza de su voz hace que se me escapen todavía más lágrimas.

—Por favor, papá, dales el dinero —digo mirando a la cámara—. Quiero irme a casa.

Se me escapa otro sollozo mientras lucho por respirar.

El flash se apaga y su mano se posa sobre mi pelo húmedo. Agua, semen, sudor. Me siento asquerosa, pero, aun así, él me acaricia como si no le importara.

—Bien hecho, nena —dice con suavidad—. Has sido una chica muy buena. Esto acabará pronto.

Odio cuando me llama «nena». Ni que tuviera el derecho de hacerlo solo por haber sido el primer hombre que me toca.

—Por favor, no le envíes ese vídeo a mi padre.

Me limpia el semen de la cara con la mano, frota los dedos contra mis labios y se le ilumina la mirada.

—Tranquila, en cuanto vea tus tetas, le pasará el móvil a otra persona para que lo vea. Ningún padre quiere presenciar lo que te hemos hecho.

Finalmente, me suelta.

Mientras se pone de pie, siento algo alrededor de los tobillos.

—¿Qué estás haciendo? —suelto alarmada a la vez que me giro de nuevo.

Dos manos fuertes me inmovilizan las piernas al tiempo que otro par desliza un trozo de plástico alrededor de mis tobillos. Aprietan con fuerza las bridas hasta que se me clavan en la piel.

—Ahora que estamos tan cerca de la meta, no podemos arriesgarnos a que intentes escapar de nuevo, ¿no crees? —responde el tío que me ata los tobillos.

El líder le pasa el teléfono al cuarto.

—Envíaselo y dile: «Tienes cuatro horas antes de que le hagamos algo mucho peor».

Me estremezco ante sus palabras. No puedo volver a soportar esto. Tengo que salir de aquí.

Todos se dirigen hacia la puerta y la cierran con llave al salir.

Necesito que esto acabe de una vez.

Sé el momento exacto en el que regresarán a la habitación porque no he apartado la mirada ni un solo segundo de ese reloj. El pánico me cala los huesos cuando veo que tres horas y cincuenta y nueve minutos se convierten en cuatro horas, marcando las seis de la tarde.

Me siento agotada. Abandonada.

Si vuelven, significará que mi padre no les ha dado el dinero.

Nunca he tenido buena relación con él. De todas formas, mi padre siempre ha estado un poco obsesionado conmigo.

Me quiere a su manera porque soy su única hija, su milagro.

Espera todo de mí, no se me permite decepcionarlo.

El hecho de que no me haya rescatado ni haya pagado el rescate me está pasando factura.

¿Y mi madre? Debe de estar que se tira de los pelos, destrozada.

¿Por qué sigo aquí?

Mi padre sabe perfectamente cómo encontrarme. Si no ha venido es porque no quiere que nadie se entere de su sucio secreto. No quiere que nadie sepa que controla a su hija como un man í aco.

La oscuridad envuelve la habitación de nuevo. Ha pasado un día desde que me sacaron de mi casa y la situación solo ha empeorado.

¿Cuánto tiempo pasará hasta que esté tan rota que ya no tenga arreglo?

Sé que nunca volveré a ser la misma persona.

La Alex alegre se ha ido. La chica que sale con su novio, que gana competiciones de animadoras y que gobierna el instituto de Stoneview con sus amigas se ha ido.

Ahora soy la puta que se corrió bajo la orden de su secuestrador.

Mi padre se enterará. No puedo ni imaginarme su decepción.

¿Cómo podré volver a tener una vida normal a partir de ahora?

—¿A quién le apetece jugar un rato más? —me provoca su líder cuando entran en la habitación.

Me hago un ovillo en la cama y permanezco en silencio. Me duelen los tobillos. No tanto como las muñecas, que están cubiertas de sangre, aunque el dolor también empieza a volverse insoportable. No siento los pies, y no sé si es a causa del frío o de que las bridas me cortan la circulación.

Se agacha a mi lado y me aparta el pelo sucio de la cara.

—¿Cómo estás, Elisabeth?

—Sedienta —me quejo.

Ya me he meado encima y me he dado cuenta de que no soy la primera persona a la que han torturado en esta habitación. Nadie apareció cuando grité que necesitaba ir al baño, no después de que intentara huir la primera vez.