Heartless Beloved (North Shore 2) PRÓLOGO #4
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PRÓLOGO #4

Se acerca al colchón, y como permanezco tumbada de lado, lo único que veo son sus espinillas delante de mí. No quiero mirarlo a los ojos de nuevo. No quiero ver ese maldito pasamontañas que me atormentará para siempre.

El hecho de que todavía no les haya visto la cara me dice que saldré de aquí con vida, aunque ahora mismo ni siquiera estoy segura de si eso es lo que realmente quiero.

Me siento débil, me estoy rindiendo. La sed es lo peor de todo. No paro de toser, como si tuviera la garganta llena de arena.

Cierro los ojos de nuevo cuando se agacha.

«Respira. Lo único que puedes mantener bajo control es a ti misma» , me dice la voz de mi padre.

—La buena noticia es que has sobrevivido diez horas desde que casi te ahogas en el cubo de agua helada.

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.

Apoya una mano sobre mi pelo y me acaricia los mechones rubios. Sus palabras contrastan con la dulzura de su gesto.

—La mala noticia es que tu padre no nos ha dado el dinero, por lo que tendremos que volver a hacerte daño.

No puedo reprimir el gimoteo que se me escapa. Ya me duele todo el cuerpo. Me sangran las muñecas. Me arde el pecho. Solo quiero salir de aquí.

—Así se hace. —Sus caricias casi me parecen tranquilizadoras y me incitan a ceder ante sus órdenes—. Llora un poquito más, Elisabeth.

El corazón me da un vuelco al percibir el cambio en su tono de voz. Su tono amenazante se ha convertido en otra cosa. Algo oscuro y lujurioso. Cuando habla sobre mis lágrimas y sobre hacerme daño, detecto cierta emoción que apenas parece capaz de contener. Algo aterrador y electrizante.

Quiero llorar y darle lo que me pide para que todo esto acabe, pero tengo que ser más fuerte que él. Porque nada de esto depende de él o de sus amigos. Esto solo acabará cuando mi padre decida darles el dinero o encontrarme.

—Abre los ojos.

Me obligo a hacerlo y a mirarlo. Me sonríe mientras continúa acariciándome el pelo, apartándome los mechones sucios de la cara.

—¿Crees que una videollamada con tu padre serviría de ayuda? Podrías suplicarle que viniera a buscarte, tal y como te dije.

Tengo la garganta demasiado seca como para hablar, así que me limito a negar con la cabeza.

Él suspira y finge decepción.

—De acuerdo. Pues a seguir jugando.

—Necesito ir al baño —carraspeo.

Es cierto y, de paso, retrasará el jueguecito enfermizo que tenga preparado para mí.

—Alguien te llevará.

Se endereza, da un paso atrás y deja que otro de sus hombres me agarre del brazo y me levante. El tipo me guía fuera de la habitación y me conduce por un pasillo. Todo está roto y cubierto de polvo.

—Por aquí. —Me empuja hacia delante y me suelta el brazo—. Está al final del pasillo.

El papel pintado de las paredes está arrancado o cubierto de pintura en spray. Huele a cigarrillos y a moho. Siseo cuando mi pie descalzo se engancha con algo. El viejo suelo de madera está hecho trizas y acabo de pisar varias astillas.

El dolor desaparece en el momento en que veo las escaleras. Estamos a punto de pasar junto a ellas. Es mi oportunidad. Ahora o nunca.

Sin ni siquiera desviar la mirada para que no se percate de mi idea, cambio de trayectoria en cuanto pasamos junto a ellas.

Las bajo de dos en dos y vuelo por encima de los últimos escalones.

Soy más lenta de lo que me gustaría con las manos atadas a la espalda, pero, aun así, consigo llegar al piso de abajo antes de que se dé cuenta de lo que ha pasado.

—¡Se escapa! —grita desde la cima de las escaleras.

Un segundo más tarde, oigo unos pesados pasos a mis espaldas. Aunque los escucho a todos bajar por las escaleras, no me detengo. Tengo que encontrar una salida.

Corro hacia lo que debería ser la puerta principal, pero las tablas de madera la bloquean. Deben de haber entrado por otro sitio. Corro por toda la casa y entro en pánico al ver todas las ventanas tapiadas, que apenas dejan pasar la luz.

« No, no, no. Es imposible » .

¿Por dónde han entrado?

Me meto en otra habitación y el corazón me da un vuelco cuando descubro una puerta trasera que no está tapiada. Corro a toda velocidad; mi vida depende de ello.

Pero no soy lo suficientemente rápida.

Una mano me agarra del pelo y tira de mí con fuerza.

Grito de dolor.

—¡No! —lloriqueo, negándome a asimilar que estaba a punto de conseguirlo.

Mi captor me agarra y me lanza sobre su hombro.

—Ay, Elisabeth. —Es él. Es esa voz burlona. Su líder—. Y yo que pensaba que empezábamos a llevarnos bien.

—¡Suéltame! —grito—. ¡Suelta…!

Dejo escapar un suspiro. No lo hará. De nada sirve malgastar mis fuerzas en esto.

En cuanto regresamos al dormitorio del piso de arriba, me lanza sobre el colchón sucio.

—¿No te enseñaron a guardar la energía y esperar el momento perfecto? Eso ha sido una insensatez. Además de muy estúpido.

Me falta el aliento por culpa de la carrera, pero lo fulmino con la mirada.

—Y ahora me has cabreado —gruñe—. Y me has puesto cachondo.

Se me para el corazón.

¿Acaba de decir…?

—Por suerte para ti, tengo la solución a todos nuestros problemas.

Trago saliva y me remuevo en la cama.

—No —le advierto.

Saca su móvil de nuevo y se lo pasa a uno de los otros.

—Me has estado provocando con ese camisón de putón. Esa mezcla de inocencia y perversión está funcionando.

Sacudo la cabeza con fuerza, pero sé que no servirá de nada.

—Tu novio es un chico con suerte, Elisabeth.

—No lo hagas —grito—. Lo que sea… lo que sea que estés pensando será peor para ti. Un secuestro es una cosa, pero…

—Tú preocúpate de pedir ayuda, que de lo mío ya me preocupo yo.

Al segundo siguiente, está sobre mí. Grito y me retuerzo mientras él se sienta a horcajadas sobre mis caderas.

—Esas putas tetas —jadea al romperme la parte de arriba del camisón—. Deberían ser ilegales.

Mi pecho grande lleva siendo la comidilla del colegio desde hace años. Me desarrollé muy pronto, no tenía forma de esconderlo. Estoy acostumbrada a que a la gente le gusten. Tengo unas tetas bonitas, y a Chester lo vuelven loco.

Pero Chester y yo nunca hacemos nada que no sea besarnos.

Lo que le digo es que no estoy preparada para dar un paso más, aunque la verdad es que sé que no puede darme lo que necesito. Lo sé por cómo me trata y por cómo me besa. Es amable y gentil. El novio perfecto, el futuro yerno al que mis padres adoran. Juntos somos perfectos.

Pero yo ansío oscuridad y depravación. Me masturbo con vídeos cargados de humillación. De esos en los que degradan tanto a las mujeres que incluso me da vergüenza saber que esa clase de cosas existen. Cosas que me guardo para mí, secretos que nunca le confiaría ni a mis amigos más cercanos.

Así que no, mi dulce novio nunca me ha tocado las tetas.

Este hombre será el primero y él ni siquiera lo sabe. ¿Por qué debería saberlo? Lo único que le importa es usarme para saciar su propio placer. Solo le preocupa su objetivo final.

—Para —grito cuando me las aprieta.

Al parecer, existe una gran diferencia entre ver vídeos falsos en los que las mujeres se excitan cuando las agreden y experimentarlo. Mi cerebro es plenamente consciente. Quiero gritar y resistirme. Tengo miedo.

Estoy aterrorizada.

Tiro de mis ataduras y grito de dolor.

—¡Para! —chillo mientras pierdo por completo el control de mis emociones.

Revolverme no sirve de nada.

Intento quitármelo de encima.

Grito.

No puedo hacer nada cuando se desabrocha los vaqueros negros y se saca la polla.

—No…

Cuanto más reprimo las lágrimas, más me ahogan. Se mezclan con el sentimiento de terror que se me atasca en la garganta y me convierto en un ratoncito asustado que apenas puede emitir un sonido.

El flash se enciende a mi izquierda y me invade una nueva oleada de pánico. Intento respirar hondo, pero me quedo paralizada cuando me escupe en el pecho.

—Voy a follarme estas tetas hasta dejarte moratones. Tú quédate quieta y actúa como la preciosa víctima que eres. Estoy seguro de que eso hará que tu padre se ponga manos a la obra.

Se arrastra sobre mí y se sienta en mi estómago, impidiéndome respirar.

Me junta las tetas con sus manos enguantadas y restriega la polla entre ellas.

Hacia delante y hacia atrás, con violencia.

Suelto un grito ahogado cuando empieza a juguetear con mis pezones.

No cede, aunque añade una nueva sensación a la mezcla.

Me los retuerce y se me escapa un gemido.

Nuestras miradas se encuentran. El pasamontañas oculta su rostro, pero no necesito verle la cara: en sus ojos veo que sabe lo que está haciendo.

—Elisabeth… —me provoca mientras vuelve a embestirme. El movimiento me empuja más arriba en el colchón—. Mira a la cámara, nena. —Me aprieta las tetas con más fuerza y su violencia aumenta—. Queremos grabar lo mucho que te está gustando.

—N-no me gusta —me quejo, pero me doy cuenta demasiado tarde de que parece un gemido.

Se me escapa otro más y abro los ojos de par en par.

Es un gemido.

Madre mía. Estoy gimiendo.

De pronto me vuelvo consciente de mi cuerpo y de cómo mis movimientos parecen seguir los suyos sin poder evitarlo. Cada vez que se mueve, yo también lo hago. Me arde el pecho por su roce y por el deseo que ha empezado a extenderse por mis venas.

Él continúa enviando descargas eléctricas desde mis pezones hasta mi estómago y más abajo.

Siento lo mismo que cuando me toco.

Pero mejor.

Es imposible.

Es… no .

—Para —suplico—. Por favor…, para. Por favor.

Él acelera.

—¿Cómo quieres que pare cuando sé lo mucho que te está gustando? —me pregunta con la respiración agitada.

Cuando me doy cuenta de lo que está pasando, ya es demasiado tarde. Me suelta las tetas y se lleva una mano a la polla mientras con la otra se levanta la camiseta para no mancharse.

Entonces, las veo: tres cicatrices en el abdomen entre sus abdominales perfectamente marcados. Tiene la piel más oscura que la mía, de un marrón clarito que casi parece dorado. Me fijo en esas tres zonas donde la piel se ha endurecido y vuelto blanca.

«No te olvides», me ordeno.

Tres cicatrices profundas.

No. Te. Olvides.

Suelto un grito ahogado cuando siento su semen sobre mí y me salpica la boca.