Heartless Beloved (North Shore 2) PRÓLOGO #3
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PRÓLOGO #3

Ni siquiera tres millones de dólares. Mi madre es multimillonaria, tiene dinero más que suficiente como para mantener a futuras generaciones.

Dos millones cuatrocientos mil dólares no es nada para nosotros.

Sin embargo, es una cuestión de principios.

Mi padre no les dar á ese dinero. Lo tengo claro.

Porque sabe que nadie quiere convertirse en el asesino de la hija de un senador. Y también sabe que puede encontrarme.

—Elisabeth —repite el líder. Estoy harta de escuchar mi nombre en sus labios.

Hace que el corazón me dé un vuelco y me provoca un sentimiento de ansiedad en el estómago.

Lo pronuncia con burla. Se lo está pasando de puta madre mientras yo estoy atada sobre un colchón mugroso casi desnuda.

Presiona la suela de su zapato contra mi nalga derecha—.

¿Crees que podrás acordarte de lo que acabo de decir?

—Sí —siseo—, no soy imbécil.

—Eso todavía está por verse —se ríe—. Vale, grábala otra vez.

Me apuntan con el flash a los ojos y tengo que apartar la vista. Miro a uno de los hombres que se encuentra detrás del que me graba.

—Me… —Intento tragar saliva, pero tengo la boca seca.

Me muero de sed—. Me llamo Elisabeth Delacroix.

Me… —Se me cierra la garganta cuando la realidad me golpea—.

Me han secuestrado en mi casa durante la noche.

—Se me llenan los ojos de lágrimas, pero me las trago.

Es lo que su líder quiere, y yo no pienso darle nada de lo que quiere.

Aprieto los ojos con fuerza y, cuando los abro de nuevo, me encuentro con la misma estampa.

Todo lo que me rodea está inclinado ya que sigo tumbada de lado—.

Mi rescate es de dos millones cuatrocientos mil dólares en billetes de cien.

Cabrán en una maleta de sesenta por cuarenta y cinco por diez centímetros.

Se produce un largo silencio antes de que el hombre que sujeta el móvil deje de grabar.

—¿No vas a llorar entonces? —me pregunta.

El líder estalla en carcajadas.

—Lo hará, no te preocupes. Envíale el vídeo a su padre con las coordenadas del lugar donde deberá depositar el dinero. Dile que tiene cuarenta y ocho horas.

Cuarenta y ocho horas.

« Y después, ¿qué? ».

Mi padre me habrá encontrado para entonces. Estoy segura.

El tío que sostiene el teléfono teclea durante un minuto y envía el mensaje.

—Hecho.

—Genial. Vamos a por algo de comer. Volveremos cuando recibamos noticias suyas.

Se me para el corazón. ¿Van a dejarme aquí? Aprieto los labios y tomo una profunda bocanada de aire.

Justo antes de irse, el líder se acerca a mí, me agarra por los hombros y me tumba boca arriba.

—Me encanta tener esas preciosas tetas a la vista.

Se me ensanchan las fosas nasales al ser consciente de lo visibles que resultan mis pechos a través del encaje transparente. Él los mira y me entran ganas de morirme cuando siento que se me endurecen los pezones.

Es por el frío. Estamos en pleno invierno dentro de una casa abandonada. Es por eso.

Está claro que él opina lo contrario por la forma en la que su boca se tuerce en una sonrisa enfermiza.

Sin embargo, no dice nada. Simplemente se levanta, me deja sola en la cama y se va.

El sonido del cerrojo me advierte de que no sirve de nada levantarme e intentar escapar. Estoy atrapada aquí dentro.

No sé cuánto tiempo están fuera. Diría que menos de una hora. Estoy medio grogui cuando la puerta se abre de golpe y todos entran a toda prisa.

—Tu papi está llamando —me dice el líder—. Sé una buena chica y enséñale lo asustada que estás.

Uno de ellos me agarra del pelo para sentarme y yo hago una mueca de dolor. Estoy harta de que estos brutos me manoseen. La señal de que se trata de una videollamada me sorprende. Creía que se trataba de una llamada de voz, pero en la pantalla aparece el rostro serio de mi padre.

Todo lo que aprendí en el entrenamiento me viene de golpe. Tomo una bocanada de aire larga y profunda mientras evalúo los ojos severos de mi padre. Sé lo que espera de mí.

—Estoy en una casa abandonada. Ladrillos rojos. Ventanas tapiadas. Son cuatro. Su líder tiene acento estadounidense, complexión ancha y ojos marrones. Van armados. Llevan puesto…

Es todo lo que consigo decir antes de que el que sujeta el móvil cuelgue.

—Zorra de mierda —me grita.

Levanta el brazo, dispuesto a abofetearme. Cierro los ojos y espero el golpe, pero nunca llega. Cuando los abro, veo al líder sujetándole la muñeca con fuerza.

—No pasa nada —dice con calma—. Estoy seguro de que Elisabeth simplemente todavía no ha entendido que vamos en serio. Cree que se trata de un jueguecito. Al fin y al cabo, dos millones cuatrocientos mil dólares no es más que una nimiedad para ella, ¿verdad?

Posa sus ojos marrones sobre mí; soy incapaz de aguantarle la mirada, por lo que la aparto y la bajo a mi regazo.

—No lo entiendes —susurro con voz temblorosa—. No os dará nada.

—Si actúas como si estuvieras en unas putas vacaciones en Cabo, estoy seguro de que no.

—Les lanza una mirada a dos de los otros y ellos abandonan la habitación—.

Mira. —Se coloca a mi lado antes de seguir hablando—.

Este no es nuestro primer rodeo, pero me da la impresión de que el tuyo sí.

Estás siendo muy valiente. Eres la hija de un político, por lo que asumo que te habrán entrenado para una situación como esta desde que eras una cría.

—Me acaricia el nacimiento del pelo mientras habla—.

Olvídate de todo lo que te dijeron. Nada puede prepararte para esto.

Nada puede prepararte para mí . Te pedí que hicieras algo y me desobedeciste.

Te dije que quería que lloraras y tuvieras miedo, pero te negaste.

Ahora no me queda más remedio que hacerte daño.

Qué lástima, Elisabeth. Podrías haber elegido el camino fácil.

El corazón me late tan rápido que amenaza con salírseme del pecho, pero no soy capaz de calmarme. Gotas de sudor frío me resbalan por la nuca mientras lo miro.

—Conozco a mi padre —respondo, empujando las palabras a través del nudo que siento en la garganta—. Las lágrimas no lo convencerán de daros el dinero. A estas alturas, lo único que le importa es acabar con vosotros.

La puerta de la habitación se abre de nuevo y dos de ellos entran arrastrando un cubo gigante. Lo dejan en el suelo, a los pies del líder. Le echo un vistazo y veo que está lleno de agua y hielo.

Con los ojos abiertos de par en par, levanto la mirada.

—¿Q-qué…?

—Tranquila. Tú quédate quietecita y ponte guapa. Ya nos encargamos nosotros de convencer a tu padre.

Me agarra por el pelo y tira de mí hasta que caigo de rodillas sobre la alfombra polvorienta y deteriorada.

—Respira hondo, Elisabeth.

El flash se enciende de nuevo y, un segundo más tarde, me sumergen la cabeza dentro del agua helada.

Me ahogo, trago muchísima agua a causa de la sorpresa. El frío me taladra los oídos y me ejerce una presión sobre el cerebro que me hace sentir que me va a explotar la cabeza.

Se me tensa el cuerpo al intentar luchar contra mis ataduras en vano.

Cuando por fin me saca del agua, creo que ha pasado una eternidad. Me arden los pulmones y toso cada vez que tomo una bocanada de aire. Siento el cuerpo al rojo vivo y tiemblo tan fuerte que me castañean los dientes.

El flash me apunta directamente a la cara y yo echo la cabeza hacia atrás, pero el líder me agarra por el pelo con fuerza.

—Pídele ayuda a tu papi, Elisabeth —escupe mientras yo sigo tosiendo.

Como no lo hago, vuelve a meterme la cabeza dentro del cubo. Esta vez estoy un poco más preparada, por lo que mantengo la boca cerrada hasta que empiezo a sufrir espasmos por el frío y la falta de aire. Me entra agua por la nariz y me saca la cabeza de nuevo para que tosa un poco más.

—¡P-para! —jadeo.

—¿Por qué no le pides a él que acabe de una vez con todo esto? Solo le costará dos millones cuatrocientos mil dólares.

No lo hago. Eso me haría débil, y mi padre no me crio para ser débil.

Me mete la cabeza de nuevo en el agua helada. Esta vez, no pataleo. Mantengo los ojos y la boca cerrados y dejo que el frío me queme la cara. Y como no me resisto, mantiene mi cabeza dentro del cubo el tiempo suficiente para que sienta que la oscuridad me envuelve.

Cuando me saca de nuevo, apenas puedo respirar. Veo todo negro. Siento los músculos tan débiles que me caigo contra sus piernas.

—Dos millones cuatrocientos mil, senador. —Asumo que le está hablando a la cámara—. Le damos diez horas antes de llevar a cabo nuevos jueguecitos con ella.

El flash desaparece y sé que ya no siguen grabando. El líder me tira encima de la cama y uno de ellos coloca algo en el suelo a mi lado. Es un reloj.

—Toma. Para que puedas juzgar por ti misma lo mucho que le importas a tu padre. Cuenta los minutos.

Todos abandonan la habitación mientras miro la hora. Son las cuatro de la madrugada.

Estoy helada. Sufro espasmos y no paro de temblar. Lloro mientras intento respirar, pero cada vez que lo hago es como si tuviera agujas en la garganta y los pulmones. Se me escapa un sollozo y me alegro de que ninguno de ellos esté aquí presente para verlo. Estos hombres no me verán romperme.

Porque si lo hacen, será mi padre quien me rompa a mí.

A medida que pasa el tiempo, solo abro los ojos para echar un vistazo al reloj.

Veo cómo los minutos se convierten en horas y ninguno de ellos vuelve.

Las cuatro de la madrugada se convierten en las ocho de la mañana, y la luz invernal se cuela a través de los paneles de madera que bloquean las ventanas.

Tengo la mente despierta, pero muy confusa. Estoy con los ojos cerrados cuando los oigo entrar en la habitación. Sigo con el pelo empapado, aunque el resto del cuerpo ya se me ha secado.

—Tengo buenas y malas noticias, Elisabeth.

Su voz se extiende por toda la habitación, rebota contra las paredes y me golpea el estómago. Es intensa y oscura. Es muy varonil, en todos los sentidos de la palabra, y, sin embargo, la odio con todo mi ser.