Heartless Beloved (North Shore 2) PRÓLOGO #2
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PRÓLOGO #2

Él se levanta, me agarra por las caderas y me da la vuelta.

—Creía que serías una buena chica, Elisabeth. No me gusta nada tu actitud. —La burla en su voz lo empeora todo.

Niego con la cabeza, me tiembla todo el cuerpo.

Coge mi móvil de la mesita de noche y sonríe.

—Tu papi va a recibir la mejor llamada de su vida.

Se guarda el teléfono en el bolsillo trasero de los vaqueros, me agarra del brazo y tira de mí hasta ponerme de pie.

—Vamos. El tiempo es dinero.

¿Tiempo?

¿Qué tiempo?

Se convierte en un concepto que no entiendo mientras me arrastra escaleras abajo en dirección a otros tres hombres que nos esperan en nuestro enorme vestíbulo. Las rodillas me flaquean a cada paso.

En cuanto llegamos al último escalón, todos se quedan quietos y me miran.

—Hostia puta —dice uno—, vaya tetas.

—La madre que me parió —añade otro.

Sus comentarios me arrancan un lloriqueo. Retrocedo y me giro hacia la derecha para esconderme, por lo que termino acercándome al hombre que me sujeta. Me pego a su cuerpo en un intento de proteger el mío, y uno de los que se encuentran detrás de mí estalla en carcajadas.

—La tía cree que la va a proteger el peor de todos.

Aprieta su agarre alrededor de mi brazo.

Siento su guante de cuero contra mi piel y levanto la mirada mientras unos ojos oscuros me observan.

Es tan imponente que siento la necesidad de dar un paso atrás, aun siendo plenamente consciente de que no puedo.

Tengo una estatura normal, pero la parte superior de mi cabeza apenas le llega a los hombros, y mis ojos quedan a la altura de su pecho ancho.

Durante los escasos segundos que nuestros ojos se encuentran, percibo la lástima en ellos. Casi como si se sintiera mal por lo que me está haciendo. Sin embargo, se esfuma a toda velocidad. Me aparta de él y me empuja hacia los otros.

—Subidla al coche.

Fuera hace muchísimo frío. Estamos a mediados de febrero y solo llevo puesto un camisón. Me duelen los pies por la forma en la que me arrastran sobre los adoquines de nuestra entrada.

Cuando dijo «el coche» se refería a nuestro coche.

Alguien abre el Mercedes Clase G de mi madre y me empuja dentro.

Son rápidos, como si no fuera la primera vez que lo hacen.

Se sientan uno a cada lado y otros dos delante.

Mantengo la vista clavada en el que me apuntó con el arma, el que estuvo en mi habitación desde el principio.

A pesar de los pasamontañas, lo reconozco sin ningún problema.

Él es el más grande de todos. Tiene la actitud de líder, y todos los demás siguen sus órdenes sin cuestionarlo.

Nuestras miradas se cruzan en el espejo retrovisor.

—Lo siento, Elisabeth. Pero, desafortunadamente, no puedes ver a dónde te llevamos.

Abro los ojos como platos justo antes de que me tapen la nariz con un paño. Grito contra mi mordaza e intento luchar con todas mis fuerzas.

No sirve de nada.

No cuando tengo las manos atadas detrás de la espalda y cuatro hombres me rodean.

Sea lo que sea con lo que está impregnado el paño, me ahoga. Me lloran los ojos por el olor del producto. Toso durante un par de segundos antes de sentir que se me cierran los ojos.

«Por favor, Dios. No quiero morir».

Las náuseas me despiertan. Tengo el estómago revuelto y la cabeza me palpita. Siento la lengua pesada en la boca y gimoteo al escuchar ruido a mi alrededor.

Lo sucedido vuelve a mí rápidamente. A pesar de la niebla que me embota la cabeza, el miedo por lo que ha pasado es tan evidente que no puedo olvidarlo.

Estoy tumbada de lado, con las manos atadas a la espalda. Suelto un quejido por lo mucho que me duelen los hombros y la sensación de mareo. En cuanto me muevo, las voces se acercan.

Un flash me apunta a la cara mientras intento abrir los ojos, lo que lo vuelve imposible.

—Elisabeth —se burla una voz. Es él, su líder. Lo sé—. Dile hola a tu papi. Estamos grabándole un vídeo.

Es entonces cuando me doy cuenta de que ya no tengo la boca tapada. Sacudo la cabeza e intento hundirme contra el colchón.

Un colchón.

«Estoy sobre un colchón».

No tiene sábanas, nada. Solo el relleno desnudo y unos muelles que chirrían. Huele a pis, sudor y Dios sabe qué más.

Una mano me tira del pelo y me obliga a tumbarme boca arriba. El miedo se apodera de mí con tanta fuerza que me quedo paralizada. Me enfocan con el flash en la cara.

—Suplícale que venga a buscarte de los malotes que te secuestraron.

Logro entreabrir los ojos, pero lo único que alcanzo a ver es una luz blanca y brillante. Niego con la cabeza y vuelvo a cerrarlos. Tomo una bocanada de aire y el miedo se disipa un poco mientras intento recordar mi entrenamiento.

Soy la hija del actual líder del Senado, quien es principalmente conocido por su esposa elitista.

Mi padre estaba tan sediento de poder cuando se casó con mi madre que tomó su apellido, que vale miles de millones de dólares.

También se aseguraron de legármelo a mí.

Me han dado innumerables charlas sobre qué hacer en caso de secuestro, aunque nunca me imaginé que tendría que poner en práctica esos conocimientos.

Me tiran de la melena con más fuerza y yo gimo de dolor.

—Díselo —gruñe la voz detrás del flash —. Dile lo asustada que estás.

—Mi padre no negocia con terroristas —respondo, intentando controlar lo mucho que me tiembla la voz.

La luz por fin se apaga y me permite abrir los ojos y echar un vistazo por la habitación oscura. Estoy tirada sobre un colchón individual en el suelo y tres hombres se alzan a mi alrededor mientras el cuarto permanece de cuclillas a mi lado.

Me suelta y se levanta, completamente en silencio.

— « Terroristas » —escupe uno de ellos—. Me parece un poco exagerado.

Todavía llevan puestos los pasamontañas y la luz de la habitación es demasiado tenue como para que pueda distinguir sus rasgos. Solo reconozco al líder por su físico. Ninguno de ellos parece inquieto o ansioso. Ninguno se está tomando esto demasiado en serio ni tiene miedo de que lo atrapen.

Son unos criminales que no le temen a la ley.

El líder me da la espalda mientras teclea algo en el móvil que estaba usando para grabarme. Tarda un poco; lo más probable es que los guantes no ayuden. Su espalda fuerte y sus hombros anchos apenas parecen tensos. El tío me secuestró, pero no parece importarle lo más mínimo.

Intento sentarme, pero la cabeza todavía me palpita por lo que sea que me obligaron a inhalar. Apoyo la espalda contra la pared de ladrillo y estudio la habitación.

—Secuestrar a la hija de un político te convierte en un terrorista.

Mi padre no negocia y no cede ante los rescates.

En cuanto se entere de que me habéis secuestrado, mandará al FBI a por vosotros.

Y cuando me encuentren, porque lo harán, os arrestarán y acabaréis encerrados en una prisión de máxima seguridad.

El gobierno de Estados Unidos no se anda con tonterías cuando se ven implicados los senadores y sus familias.

No os conozco, no os he visto la cara. Será mejor que cojáis mi tarjeta de crédito y me soltéis.

No tiene límite de dinero, y os daré el PIN. Lo único que tenéis que hacer es…

—Lo único que tienes que hacer tú es mantener la boca cerrada.

—El líder se da la vuelta, con la mirada clavada en mí—.

A menos que sea para pedirle a tu padre que nos entregue el dinero o para suplicar piedad ante la cámara, no necesitamos escuchar tu monólogo sobre el gobierno de los Estados Unidos.

Frunzo el ceño.

—Buena suerte. Porque ese hombre no pagará ni un solo centavo por un rescate.

Se acerca a mí de nuevo, se pone de cuclillas a mi lado y acerca su pulgar enguantado a mis labios.

Me los acaricia antes de tirarme del inferior.

El corazón me late con fuerza y mi respiración se vuelve agitada.

Por un segundo, el dolor de cabeza desaparece.

Al tenerlo tan cerca, puedo ver la profundidad de sus ojos marrones.

Distingo peque ñas motas doradas alrededor de sus iris. Me dejan sin aliento. Literalmente.

—Ya veremos.

Con un gesto rápido, me pega un revés tan fuerte que caigo de espaldas sobre el colchón con un grito.

Tomo una bocanada de aire y siento el sabor de la sangre en la lengua; el líquido caliente me cae por la comisura de la boca.

—Lo siento. —El líder se encoge de hombros y da un paso atrás—. No nos tomarán en serio si no sangras aunque sea un poquito. No es más que un trámite. Ah, y asegúrate de añadir alguna que otra lágrima.

Se saca el móvil del bolsillo trasero y se lo lanza a otro de los chicos.

—Adelante. He guardado el número de su padre antes de deshacerme de su teléfono.

Vuelvo a estar tumbada de lado sobre el colchón y el flash de la cámara me apunta de nuevo. Miro en su dirección, pero no digo nada. No pienso seguirles el juego. Si consiguen una sola cosa de mí, sabrán que pueden conseguir lo que sea.

Sacudo la cabeza y cierro los ojos mientras graban el estado en el que me encuentro. Me hago un ovillo y me niego a hablar.

El flash desaparece, por lo que asumo que han dejado de grabar.

—Venga, Elisabeth —dice el líder al pegarme una patada en el culo—. Si no colaboras, tendré que hacerte daño. ¿Para qué complicarte la vida cuando podrías pasar por esto ilesa?

—¿Ilesa? —escupo—. Me has secuestrado y me has pegado. ¿A eso lo llamas «ilesa»?

Pone los ojos en blanco y se ríe entre dientes.

—Apenas te he tocado. Aunque eso podría cambiar.

Vamos a grabarte de nuevo para poder enviarle el vídeo a tu padre.

Probemos otra cosa, ¿de acuerdo? Quiero que digas en voz alta quién eres y que expliques que te han secuestrado en tu casa esta noche.

Y después dirás que queremos dos millones cuatrocientos mil dólares en billetes de cien.

Cabrán en una maleta de sesenta por cuarenta y cinco por diez centímetros.

Eso es exactamente lo que quiero. Nada más ni nada menos.