Heartless Beloved (North Shore 2) PRÓLOGO
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Heartless Beloved (North Shore 2)

Heartless Beloved (North Shore 2)

Por Lola King

© inepub.com

PRÓLOGO

ALEXANDRA

TOXIC PARADISE Oliver Francis

Me despierto sobresaltada.

—No grites.

El frío de una pistola contra mi frente me obliga a tomar una bocanada de aire de forma brusca. Me quedo paralizada, pero recorro la habitación con la mirada.

Lleva un pasamontañas, unos ojos oscuros me observan.

La luna ilumina mi habitación, dibujando el contorno de su cuerpo y manteniéndolo entre las sombras mientras se me acelera la respiración.

Abro la boca, pero él niega con la cabeza.

—Ni un solo ruido.

Presiona el arma con más dureza contra mi frente, y yo cierro los ojos con fuerza.

«Esto es una pesadilla. Tiene que serlo».

Recuerdo que me costó quedarme dormida por la emoción de saber que, cuando me despertara, sería mi decimoctavo cumpleaños.

Antes de darle un beso de despedida a mi novio, Chester, en la puerta de mi casa, nos saqué una foto Polaroid con mi cámara.

Está sobre mi escritorio. Mi última noche como una chica de diecisiete años en brazos de mi amor del instituto.

Mañana es San Valentín. Y mi cumpleaños.

Me di una ducha bien caliente, me puse un camisón sexy e hice una videollamada con Chester en cuanto llegó a su casa. Me prometió que mañana viviría un día lleno de sorpresas.

Por lo que el hombre que se encuentra en mi habitación en plena medianoche debe de ser producto de mi imaginación. No sería la primera vez que sueño que alguien se cuela en mi cuarto.

No obstante, mis sueños suelen excitarme; me estremezco y me despierto mojada. Esta vez es diferente, porque parece una pesadilla.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, el desconocido sigue aqu í.

—No voy a hacerte daño. Solo vengo a por el dinero. Si haces lo que te digo, no te pasará nada. ¿Entendido?

Me cuesta saber qué es más oscuro, si mi habitación o su voz grave.

Asiento en silencio, sin atreverme a hacer otra cosa.

Aparta el arma de mi cabeza mientras sigue apuntándome con ella.

—Siéntate —me ordena.

Mi camisón es de color fucsia, con encaje transparente alrededor del pecho y satén en la parte de abajo. Apenas me cubre la espalda. Es la mezcla perfecta de sensualidad e inocencia, justo lo que le gusta a Chester.

Me siento despacio, con la sábana pegada al pecho. No soy capaz de mirarlo, me da miedo percatarme de algún detalle que lo haga reconocible. Cuanto menos sepa, mejor. Me miro las rodillas temblorosas cubiertas por la sábana.

—Por favor, no me hagas daño —susurro—. Te diré dónde está la caja fuerte.

No existe otra razón por la que este hombre estaría aquí. Él mismo lo ha dicho.

Mis padres son ricos. Multimillonarios. Mi madre proviene de una familia adinerada, y este hombre ha entrado para llevarse su parte. Me da igual lo que haya en la caja fuerte, que se lo lleve todo si es lo que quiere.

—Te he dicho que ni un solo ruido —me espeta con brusquedad. Me sobresalto—. Hablarás cuando te lo pida, no antes.

Asiento; se me forma un nudo en la garganta.

—Pon las manos detrás de la espalda.

Lo miro a los ojos.

—No es necesario. Por favor… —Empiezo a hablar, pero presiona el arma contra mi sien derecha. Pillo la advertencia y cierro la boca.

Saca algo de bolsillo de su sudadera negra y me lo lanza. Clavo la mirada en el plástico blanco que cae sobre mi regazo y se me escapa un quejido.

—Átate las manos detrás de la espalda.

Me veo obligada a soltar la sábana y, en cuanto lo hago, noto cómo su mirada baja hasta mis pechos, que son demasiado evidentes en la oscuridad de la habitación, apenas cubiertos por el delicado encaje.

Observo cómo su boca se tuerce.

—¿Todas las zorras de Stoneview duermen como si fueran a posar para Playboy por la mañana?

Stoneview. Esa es la razón por la que está en mi casa esta noche.

Un lugar habitado por multimillonarios y millonarios.

Donde el sueldo promedio es más alto que el de todas las demás ciudades del estado de Maryland juntas.

Nuestros coches son inalcanzables incluso para la gente rica normal, y nuestras casas son tan caras que ni los agentes inmobiliarios logran venderlas.

El precio de nuestro colegio privado es tan prohibitivo que solo nosotros podemos pagarlo.

Somos la élite de la élite. Los más ricos entre los ricos. Aislados del resto del mundo, los reyes y reinas del privilegio y el nepotismo.

Nuestro índice de criminalidad es prácticamente nulo, nuestro barrio es inaccesible, nuestras mansiones están cercadas y protegidas. Jamás había oído hablar de que alguien lograra colarse en una casa de Stoneview.

Hasta hoy.

—Eh —se burla—, te he hecho una pregunta, así que espero una respuesta.

Trago saliva y niego con la cabeza.

—N-no.

—¿Solo tú? —insiste mientras intento atarme las muñecas con la brida.

En esta postura me resulta un poco incómodo, por lo que empiezan a temblarme las manos.

—Era para mi novio —susurro.

¿Por qué siento la necesidad de justificarme?

—Es un chico con suerte. Pues será mejor que sigas haciendo lo que te digo. Estoy seguro de que le gustaría encontrarte con vida mañana.

Finalmente, consigo poner la brida en su sitio y tiro.

—Ya está —digo para que se calme, asegurándome de no apretarla demasiado.

Él se acerca a mí, desliza su mano por mi brazo, agarra el trozo de plástico y tira de él con fuerza. Me retuerzo de dolor.

—Chica mala —me susurra al oído—. Estaba demasiado floja.

Me estremezco cuando su aliento me acaricia el cuello. Se aparta y baja la mano con la que sostiene la pistola.

—¿Dónde está la habitación de mami y papi? —me pregunta con tono burlón.

—No están en casa.

Entrecierra los ojos y se cruza de brazos.

—Como me estés mintiendo, me voy a cabrear, y no te conviene saber cómo me pongo cuando me cabreo.

—Te prometo que no están aquí —mascullo con voz temblorosa—. Están de vacaciones. Estoy sola.

—¿Algún hermano o hermana?

—Soy hija única.

Asiente y, en cuanto lo hace, la puerta de mi habitación se abre. Otro hombre vestido todo de negro y con un pasamontañas entra. Lleva un bolso en la mano derecha, mi bolso, y una linterna con la que apunta a mi carné de conducir, el cual sostiene en la mano izquierda.

—Aquí no hay nadie —le confirma el susodicho—. Pero, tío —se ríe, y su voz es más ligera que la del hombre que lleva conmigo todo este tiempo. La de él se desliza por el aire, mientras que la del otro te golpea con fuerza—, no te imaginas lo que he descubierto.

«No».

Ya sé por qué está tan contento.

—Dinero no, eso seguro —responde el primero con desagrado.

—No, mucho mejor. —Se acerca a mi cama—. Dile a mi amigo c ó mo te llamas, preciosa.

El corazón me va a mil. Todo está a punto de empeorar.

—Elisabeth.

El que sujeta mi carné de conducir se ríe de nuevo. Es consciente de que no he dicho mi nombre completo a propósito. Estoy retrasando lo inevitable.

—Ya —asiente. Baja la mirada hasta la tarjeta de plástico en su mano—. Elisabeth Alexandra Delacroix .

Menuda carnicería hace con mi apellido al decir la equis. Lo pronuncia «Delacróix», como la bebida La Croix, en lugar de «Delacu á». Pero no importa. De una forma u otra, el efecto es el mismo.

Observo al hombre que se encuentra a mi lado con pánico. Me queda claro que es el cabecilla de los dos.

—¿Como el senador Delacroix?

Para mi sorpresa, lo pronuncia a la perfección.

—Exacto. Sale en todas las fotos familiares. Él, su esposa y la encantadora Elisabeth.

No uso mi primer nombre desde hace años. Estoy tan acostumbrada a que me llamen Alexandra que Elisabeth me suena raro.

—Tío. —El que sostiene mi carné de conducir sonríe—. ¿Sabes lo que significa eso?

El que ha estado conmigo desde el principio acerca su dedo índice a mi cuello y recorre el contorno de mi mandíbula con el nudillo. El suave gesto se detiene cuando envuelve su mano alrededor y me levanta la cabeza para que lo mire.

—Sí —responde con calma. Con la otra mano, se guarda la pistola en la parte trasera de los pantalones—. Significa que vamos a conseguir un cuantioso rescate por Elisabeth.

Se me cae el alma a los pies y la sangre abandona mi rostro.

—¡No! —grito, intentando apartarme de él.

Después empiezo a retorcerme, las muñecas me arden cuando caigo sobre el colchón e intento escapar.

—Dile a los demás que preparen el coche. Se viene a casa con nosotros.

¿« Los demás » ? ¿Pero cuánta gente hay en mi casa?

Veo cómo el tío con mi carné de conducir abandona mi habitación mientras trato de tirarme al suelo para levantarme y salir corriendo.

—Ven aquí.

Una mano me agarra por el tobillo y me arrastra al otro lado de la cama.

El movimiento hace que el camisón se me suba a la altura de las caderas.

Aunque decidí ponerme algo sexy para Chester, como por FaceTime no podía ver lo que tenía debajo, todavía llevo puestas unas bragas de algodón.

Cuánto me alegro de mi decisión ahora que un desconocido me arrastra por el colchón. Al menos así no me ve nada.

—¡Ayuda! —grito, aunque es inútil. La casa más cercana está a diez minutos de distancia. En Stoneview valoramos mucho nuestra privacidad, por lo que nadie puede oírme desde aquí.

É l no lo sabe, por lo que se enfurece.

—Cierra la puta boca —escupe.

Se acerca y, de un momento a otro, me pega un manotazo en el culo.

Grito cuando se sube encima de mí.

Ya no me da miedo la pistola. Ahora que sabe que puede conseguir millones gracias a mí, no me matará. Pero me aterrorizan todas las otras cosas que podría hacerme.

—No. Por favor… ¡Por favor! —Me desgarro la piel de las muñecas de tanto intentar quitarme las bridas.

Sus vaqueros me rascan la piel desnuda y una oleada de miedo me recorre el cuerpo.

—Por favor, no me hagas daño…

Me agarra del pelo y tira con fuerza para echarme la cabeza hacia atrás. Antes de que pueda suplicar más, me mete algo en la boca. Es una especie de tela. Me suelta y oigo el sonido de una cinta adhesiva.

Grito de miedo, pero la tela que tengo en la boca se traga el sonido. Intento empujarla con la lengua, pero es demasiado tarde. Me tapa la boca con la cinta adhesiva y la envuelve alrededor de mi cabeza varias veces antes de cortarla.

Ahora me resulta imposible pedir ayuda.