Capítulo 18 De brillante armadura #3
—¿Hay algo más de lo que quieras que hablemos? —preguntó él, buscándole la mirada.
—No —susurró ella, un poco avergonzada de abrirle siempre su corazón con tanta facilidad.
—Bien. Entonces, salgamos de aquí. Seguiremos hablando cuando lleguemos a la casa.
Phina estaba convencida de que, después de haber tomado unas copas y bailado tan pegados, con los cuerpos rozándose, a Rashid le interesaría menos escuchar la historia de su vida.
Sin embargo, al llegar al alojamiento, descubrió que se había precipitado en sus conclusiones: él se comportó como un perfecto caballero.
Compartieron una botella de vino y un plato de postres en el salón; luego la acompañó a una lujosa habitación digna de una princesa, le besó la frente y le deseó buenas noches.
Al día siguiente, después de pasar unas horas estupendas descansando, jugando al vóley playa y montando a caballo con media docena de amigos de Rashid que se habían colado en el complejo a primera hora de la mañana, embarcaron en el yate y regresaron a la ciudad.
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La última noche que pasó en Lagos, Phina visitó al jefe Gambo, no solo para despedirse y darle las gracias por haber sido un anfitrión excelente, sino también para tratar algunos asuntos de negocios.
Lo había elegido como socio porque había sido buen amigo de su padre, era una persona de fiar y se había interesado especialmente por ella.
—Tú y Rashid hacéis muy buena pareja —dijo el jefe Gambo con voz ronca—. Nunca he visto a dos personas tan hechas la una para la otra como vosotros.
Phina estaba a punto de echarse a reír cuando advirtió la sinceridad de su expresión. No solo no parecía estar bromeando, sino que, por su actitud, ella comprendió que esperaba una respuesta a la altura.
—Mira —continuó él, inclinándose hacia delante en el sillón—, Rashid es guapo, inteligente y rico y... No sé si está enamorado, pero parece que le gustas mucho. Es un buen comienzo. ¿No lo ves?
Phina soltó una risita. —Él también me gusta. —Le dedicó al jefe Gambo una sonrisa vacilante.
—Entonces, ¿a qué esperas? —Se recostó en el sillón y aguardó su respuesta.
—¿Habla en serio, señor?
El jefe Gambo adelantó el mentón y la miró por encima de las gafas. —Por supuesto que hablo en serio. No bromearía con algo así.
—No sé qué decir —suspiró Phina—. La verdad es que no me he planteado tener una relación seria con nadie desde lo de Patrick —dijo, antes de darse cuenta de que no había sido del todo sincera. Aunque su relación con Nduka había estado plagada de dificultades, técnicamente había sido su novio.
—No puedes guardar luto por Patrick para siempre. Pronto empezarán a llamar hombres a tu puerta y tendrás que escoger a uno. No me extrañaría que ya lo estuvieran haciendo. Tienes que seguir adelante —sentenció él.
—No se preocupe. Cuando esté preparada, todo el mundo lo sabrá —respondió Phina, aliviada de no tener que mencionar a Nduka y decepcionar al jefe Gambo.
Poco después, Rashid llegó a casa de su padre. Sabía que Phina iba a verlo aquella noche y habían quedado en encontrarse allí.
—Hace una noche estupenda. ¿Por qué no seguimos hablando en la terraza? —propuso Rashid después de los saludos.
—Estoy deseando salir, pero tu padre me tiene secuestrada aquí dentro —dijo Phina con una sonrisa.
El jefe Gambo se echó a reír y se levantó.
—Eres libre de irte con él. Disfrutad del aire fresco. A veces el aire acondicionado resulta cargante. Yo me voy a la cama. Que tengas buen vuelo mañana, querida.
—Gracias, señor.
Rashid tomó a Phina de la mano y la ayudó a levantarse. Fue hasta la puerta de la terraza, descorrió el pestillo y salió con ella. Una vez fuera, alzó la cara hacia el cielo y respiró hondo.
—Qué distinto se está con aire fresco.
Phina asintió y miró hacia el horizonte. Oyó un chillido entre los arbustos. —¿Has oído eso? —preguntó, con un deje de miedo en la voz.
—Viene del aviario. Mira —dijo él, señalando a lo lejos—. ¿Ves el edificio iluminado al otro lado de la finca, el que tiene forma de pirámide? Ahí guarda mi padre su colección de aves exóticas.
—¿Podemos verlas? —preguntó Phina, entusiasmada.
—No me lo puedo creer. Hace unos minutos estabas asustada y ahora quieres dejarlo todo para ir hasta allí. Ya es muy tarde. Quizá la próxima vez que vengas.
Salvo por el canto lejano de las aves, reinaba un silencio absoluto. Phina contempló el hermoso cielo nocturno mientras unas nubes de terciopelo se deslizaban por delante de la luna.
—No mires tanto rato hacia arriba, que te va a doler el cuello —oyó decir a Rashid mientras él tiraba de ella para sentarla en su regazo. Cuando le rodeó la cintura con un brazo, Phina miró de inmediato hacia la puerta.
—¿Te estoy aplastando las rodillas? —preguntó Phina con expresión traviesa.
—Imposible —dijo él—. Pesas como una pluma. Dime, ¿de qué habéis estado hablando mi padre y tú toda la noche?
—De negocios —mintió ella. Habían hablado un poco de negocios, pero sobre todo habían hablado de él.
—¿Estás segura?
—¿De qué crees que hablábamos?
—¿Te ha dicho que estaré en Londres dentro de unas semanas?
—No —respondió Phina, negando con la cabeza y removiéndose en su regazo para intentar levantarse—. No lo ha mencionado. Se le habrá olvidado.
—¿Adónde vas?
—Puede salir alguien a la terraza y encontrarnos así.
—No te preocupes, nadie va a molestarnos —le aseguró él. Cuando ella se tranquilizó, la tomó por los hombros y le dio un beso suave en los labios—. Me alegro tanto de que nos conociéramos... Me haces sentir como un adolescente otra vez. Te echaré de menos.
—Yo también te echaré de menos —suspiró Phina.
El beso le había producido un estremecimiento que le recorrió la espalda y sus palabras salieron en apenas un susurro.
Entonces se levantó de su regazo y apoyó una mano en la barandilla.
Rashid se puso en pie y la abrazó con fuerza por detrás, lo que le provocó una sensación de déjà vu.
Al volverse hacia él, sintió que sus labios encajaban a la perfección con los de Rashid mientras todo su cuerpo se fundía con el de él.
Su corazón desbocado era el único indicio de que seguía viva, pero en los ojos de Rashid descubrió una expresión intensa, casi inquietante.
Phina apartó la mirada y soltó una risita nerviosa, pensando que había hecho algo que lo había molestado. Pero cuando él murmuró: —No podré dejarte marchar nunca —comprendió lo que significaba aquella mirada: un deseo inmenso e insaciable.
—¡Para! Me estás poniendo nerviosa —le rogó.
—Creo que esa etapa la pasamos hace cinco minutos. —La agarró por la cintura y volvió a besarla.
Phina se estremeció entre sus brazos y esta vez le devolvió los besos con la misma pasión e intensidad con que él la besaba.
Permanecieron abrazados mientras Rashid le acariciaba suavemente la espalda y la cintura.
Ella suspiró, se apretó más contra él y recorrió con las manos los músculos de su espalda.
—Vamos a mi casa.
—No —respondió Phina, negando con la cabeza—. Lo deseo tanto como tú, pero ahora mismo tengo demasiadas cosas entre manos y podría complicarlo todo.
—¿Cuándo, entonces? —preguntó Rashid.
Phina notaba los fuertes latidos del corazón de Rashid bajo la mano.
—No lo sé —susurró.
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Después de que el chófer se detuviera frente al hotel de Phina, ella fue directa a su habitación y se dio un baño.
Se felicitó por haber actuado con sensatez.
Haber sido capaz de resistirse a las insinuaciones de Rashid cuando su cuerpo lo deseaba desesperadamente era motivo suficiente para sentirse victoriosa.
Aquella sensación no duró mucho: en cuanto se metió en la cama, llamaron a la puerta.
Antes de que pudiera decidir si levantarse para mirar por la mirilla o ignorar los golpes, oyó una voz grave y lánguida: —Phina, abre. Soy yo.
Con el corazón latiéndole de expectación, Phina salió de la cama, vestida con un camisón de satén negro y encaje, y abrió la puerta.
Allí estaba Rashid, irresistible con su caftán.
Sin decir palabra, la estrechó entre sus brazos y la besó con avidez mientras ella se aferraba a él.
La llevó en brazos hasta la cama y la depositó suavemente sobre ella antes de quitarse el caftán por la cabeza.
Al ver su cuerpo tonificado y musculoso, Phina se quedó sin aliento.
Con la boca abierta, Phina no pudo contenerse. Se incorporó y tiró de él por los hombros. —Hazme tuya —articuló sin voz—. Por favor...
Él obedeció e hizo lo que le pedía. Fue distinto de todo lo que ella había experimentado hasta entonces.
Cuando terminaron, le vinieron a la mente Nduka, Patrick y el único chico que, en todos sus años en Cambridge, había conseguido llevarla a la cama.
Ninguno la había satisfecho como Rashid.
Mientras se preguntaba por qué aquella vez había sido tan diferente, pensó que quizá se debía a la química que había entre ellos o a que llevaba meses sin sentir placer.
—¿Te importa que me quede? —preguntó él cuando se le calmó el corazón.
—No, claro que no.
—Estupendo. Así podré acompañarte al aeropuerto por la mañana.
—Me gustaría —respondió ella, todavía tratando de recuperar el aliento.