Capítulo 18 De brillante armadura #2
Bailaron hasta que apenas sentían las piernas.
Cuando Phina llegó a su habitación del hotel, eran casi las tres de la madrugada.
Se alegró de no tener que madrugar para coger un avión, ya que viajaría a Port Harcourt por carretera.
Antes de dormirse, pensó en Rashid. Lo había echado de menos en la discoteca y lamentó no haberlo invitado a acompañarla.
Aunque, bien pensado, se alegraba de no haberlo hecho: necesitaba mantener cierta distancia, pues no sabía adónde podría llevarlos aquella atracción instantánea.
No estaba preparada para iniciar otra relación; en aquel momento se sentía confusa respecto al rumbo de su vida.
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Phina pasó la mayor parte de su estancia en Port Harcourt paseando por los amplios jardines de la suntuosa casa de sus padres y disfrutando del buen tiempo.
Ezinne no la acompañó porque su ajetreada vida en Lagos no se lo permitía.
Con tantas cosas pendientes en Nigeria antes de regresar a Londres, contaba los días que le quedaban hasta la partida.
Encontrar al asesino de Patrick y limpiar definitivamente su nombre seguía siendo su principal prioridad.
Durante los dos días que pasó en Port Harcourt, su madre y su tía no dejaron de recordarle que el reloj biológico seguía avanzando. El segundo día, abrumada por tanta insistencia, se encerró en su habitación y se negó a hablar con ninguna de las dos hasta que se calmaran.
Para su sorpresa, su madre se presentó ante su puerta y la golpeó varias veces. —Sal de ahí —chilló—. No eres demasiado mayor para escuchar a tu madre.
Phina conocía demasiado bien a su madre. Si no respondía y salía de la habitación en ese instante, se armaría la de Dios, y no quería ser responsable de ello. Así que abrió la puerta despacio y salió sonriendo.
—Mamá, no entiendo por qué no te basta con un nieto —dijo Phina con todo el respeto del que fue capaz.
—Con un nieto no basta, noow … —dijo su madre, cruzándose de brazos.
Phina respondió con el mismo ímpetu. —Los niños no crecen en los árboles, ¿sabes, mamá?
—Tienes que casarte cuanto antes para darme un segundo nieto. Un niño, a ser posible.
Phina decidió pasar por alto que su madre diera por hecho que no solo tenía que fabricar un bebé, sino que además debía decidir si sería niño o niña. —Por cierto, he conocido a Rashid, el hijo del jefe Gambo —comentó como quien no quiere la cosa cuando volvieron a sentarse en el salón.
Su madre respondió con un murmullo.
—¿Eso es todo? ¿No vas a decir nada?
—¿Cómo está Nduka? —repuso su madre, bajando la barbilla mientras se acomodaba lentamente en la butaca.
—Nduka está en Londres. Rashid y yo nos gustamos, más o menos. La verdad es que no sé muy bien qué estamos haciendo.
—¿No sabes qué estás haciendo? —preguntó su madre con los ojos muy abiertos—. Deberías pensar en sentar la cabeza con un chico igbo de éxito como Nduka. Con tu primer matrimonio te alejaste demasiado de los tuyos. No deberías cometer otra vez el mismo error.
Phina no le había contado a su madre nada del pasado de Nduka y, dada su tendencia a exagerar, estaba segura de que le exigiría que lo dejara y se fuera a vivir de inmediato con el hijo del jefe Gambo.
—¿Quién está hablando de casarse? —soltó Phina, con la esperanza de cambiar el rumbo de la conversación.
—¿Tú no? —Su madre la miró atónita.
—No, mamá. Ahora mismo lo que más me importa es limpiar mi nombre. Mientras el asesino de Patrick siga ahí fuera, todo el mundo seguirá preguntándose si fui yo.
—Creía que ya habían descartado que fueras tú —intervino la tía de Phina, cansada de permanecer callada. Llevaba casi una hora contemplando el espectáculo de las dos.
—Sí, pero llevo un tiempo con la sensación de que alguien me sigue. Me llamó un hombre que sospecho que es detective privado para pedirme una entrevista y, cuando le pregunté para quién trabajaba, colgó enseguida.
—¡Qué disparate! —exclamó la madre de Phina—. Tienes que seguir luchando para que esa gente no te convierta en su cabeza de turco. —Chasqueó la lengua y luego los dedos con desdén.
—Estoy luchando con todas mis fuerzas. Hasta he contratado a un detective privado para que investigue por mí. Nadie lo sabe, ni siquiera mi abogado.
—Y más vale que siga siendo así —insistió su madre—. No me gusta nada que alguien te ande siguiendo. Nada de nada.
Tenía un aspecto visiblemente descompuesto.
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Cuando Phina regresó de Port Harcourt, Rashid la esperaba en el hotel para llevársela a un complejo turístico privado junto a la playa.
La había convencido de que pasar unos días fuera le daría el descanso y la tranquilidad que necesitaba antes de volver a Londres.
En su habitación, Phina sacó de la maleta la ropa que se había llevado a Port Harcourt y volvió a prepararla para pasar una noche fuera.
Había accedido a quedarse a dormir para ver cómo el sol se hundía bajo el horizonte.
Desde el hotel fueron en coche hasta el puerto y subieron a bordo del lujoso yate de Rashid.
Navegaron durante cuarenta minutos mientras unos camareros vestidos enteramente de blanco les servían la cena: pasta con una cremosa salsa de vino blanco.
Mientras bebían en altas copas de champán, Rashid se encargó de entretener a Phina con inquietantes historias sobre el pueblo Denge, en cuyas tierras se encontraba el complejo turístico.
Phina le había dicho sin rodeos que aquellas historias le parecían ridículas, pero Rashid había insistido en que eran ciertas y había seguido contándole más.
La seriedad con que relató las demás no le dejó más remedio que creerlo.
—¡Basta! —suplicó Phina cuando Rashid estaba a punto de contarle otra historia, mientras ella se aferraba a su costado por miedo a que los caníbales de la última salieran del océano y atacaran su yate—. No más, por favor —añadió, temblando.
Rashid la rodeó con los brazos. —¿Tienes miedo?
—Sí. ¿Es que a esa gente no le pasó nada divertido ni fascinante?
Rashid se echó a reír. —Claro que sí. Esto ocurrió hace cientos de años, mucho antes de que el cristianismo llegara a Nigeria. Se rumoreaba que los primeros misioneros cristianos sacrificados por el pueblo Denge aplacaron a los dioses del mar después de que los enviaran mar adentro en balsas.
Phina se tapó los oídos con ambas manos mientras Rashid se reía con picardía.
Estaba satisfecho: le había contado suficiente historia para despertar su interés por la cita de aquella noche.
Justo cuando terminaban de cenar, el yate se detuvo lentamente junto a un extremo del muelle.
Cuatro anfitriones de músculos marcados, vestidos con pantalones de batik y con los rostros pintados de rojo y blanco, ayudaron a Phina a desembarcar.
Segundos después, Rashid saltó a tierra y la levantó con un solo brazo.
Con el otro apartó a los anfitriones, que se reían de sus heroicidades.
El sol se había puesto hacía rato, pero las hermosas farolas de distintos colores iluminaban el complejo hasta donde alcanzaba la vista.
En cuanto dejaron atrás el muelle, Rashid la depositó con cuidado en la arena y la condujo hasta el vehículo que los esperaba para llevarlos a su alojamiento.
El trayecto duró poco más de cinco minutos.
Pasaron junto a una hilera de cocoteros que flanqueaba el camino hasta la hermosa entrada de una gran casa de dos plantas, situada en una zona apartada de la playa.
—¡Es enorme! —exclamó Phina al entrar.
—Es una casa de invitados. A veces la alquilo para fiestas o escapadas de fin de semana. No la conoce mucha gente, y preferimos que siga siendo así.
—Pues me alegro de que la hayas compartido conmigo. Es el refugio perfecto —dijo ella con una sonrisa.
—Espera a ver todo lo que he planeado para mañana. Esta noche podríamos relajarnos y quizá tomar algo en el pub. Hay música en directo todas las noches.
—Me encantaría.
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Phina se duchó y se puso un vestido corto, acampanado y de flores que realzaba su figura y le daba un aire fresco y radiante.
Poco después, ella y Rashid salieron hacia el pub y se sentaron en la terraza, desde donde se veían el océano y el cielo estrellado.
A petición de Phina, Rashid probó por primera vez un shandy y le encantó.
Con las bebidas en la mano, se unieron a los demás huéspedes y bailaron mientras una suave brisa marina les acariciaba el rostro.
Cuando empezó a sonar una melodía lenta, dejaron las bebidas sobre la mesa y se abrazaron, balanceándose de un lado a otro con las mejillas juntas.
—Me gustas —le susurró Rashid al oído.
Phina respondió con un murmullo, cerró los ojos un instante y dejó escapar un hondo suspiro.
—No has mencionado ni una sola vez tu viaje a Port Harcourt. Espero que fuera bien.
—Ah, perdona. Estuvo bien...
—¿Solo bien? ¿Me echaste de menos?
Ella soltó una carcajada incontenible cuando Rashid empezó a hacerle cosquillas en los costados.
—Entonces, ¿me echaste de menos? —volvió a preguntarle él.
—Ojalá hubiera tenido tiempo de echarte de menos —admitió Phina—. He estado preocupada casi todo el tiempo por lo que pasa en casa.
—¿Qué pasa en casa?
—Ya sabes... —dijo ella, encogiéndose de hombros.
Rashid le tomó la mano y regresaron a sus asientos.
—Hay algo que te preocupa. ¿Quieres contármelo?
—Sí. La policía todavía no ha encontrado al asesino de Patrick. Aunque oficialmente ya no soy sospechosa, hay gente que sigue creyendo que soy culpable. ¿No te preguntas si hice aquello de lo que me acusaron? ¿No te preocupa que pueda ser una asesina? —preguntó, mirándolo fijamente.
—Sé que eres inocente —respondió Rashid con una amplia sonrisa.
—¿Cómo lo sabes? Pensaban que tenía un móvil de peso y que, aunque aquella noche estaba en Florencia, había tenido ocasión de hacerlo. Además, nadie pudo confirmar mi coartada porque estaba sola en la habitación del hotel.
—Sencillamente sé que serías incapaz de hacer algo así.
—Pues confías mucho en mí —balbuceó Phina—. Gracias.