Capítulo 18 De brillante armadura
El chófer de Rashid acercó el todoterreno negro a la entrada en cuanto vio salir a Rashid y a Phina por las puertas giratorias del hotel.
De camino al restaurante Nubu, disfrutaron de una vista impresionante del Centro de Arte Adigun y de las fascinantes muestras de actividad de aquella espectacular atracción turística.
Charlaban como viejos amigos mientras la música de la radio sonaba a todo volumen por los altavoces del coche, que avanzaba entre el denso tráfico de Lagos.
—Espero que te divirtieras anoche en la fiesta —dijo Rashid, volviéndose hacia ella.
Phina se llevó una mano a la oreja derecha y se inclinó hacia él para oírlo por encima de la música.
—Baja eso —ordenó Rashid al conductor antes de repetirle la pregunta a Phina—. ¿Te divertiste ayer?
—Sí, gracias. Tu padre es un anfitrión estupendo.
—Le halagará oír eso. Pero dejemos a mi padre: ¿qué tal te trata Lagos por ahora?
—Todavía estoy intentando situarme. Llevo tres años sin venir y me está costando un poco. En este país las cosas cambian muy deprisa.
—¿Cuánto tiempo te quedas?
—Dos semanas. Aunque pasaré unos días en Port Harcourt.
—No sé qué piensas conseguir en dos semanas —dijo él—. ¿No es demasiado poco tiempo?
—Lo sé —dijo Phina, encogiéndose de hombros—, pero no tengo elección. No puedo quedarme más. Llevar un negocio y ocuparse de una familia puede ser muy absorbente.
—Me lo imagino… Bueno, en realidad no me lo imagino —se corrigió—. El negocio y las obligaciones con la familia extensa ya dan bastante trabajo. Si encima añades a una niña de seis años, entramos en un terreno en el que no puedo presumir de experiencia. ¿Cómo te las apañas?
—No puedo atribuirme ningún mérito: las niñeras y los chóferes hacen casi todo el trabajo. No tengo absolutamente nada de lo que quejarme.
Mientras ella hablaba, Rashid se volvió ligeramente para mirarla.
Cuando Phina alzó la vista y se encontró con sus ojos, una sonrisa sensual se dibujó en el rostro de él.
Suspiró al notar que una sensación conocida le recorría el estómago.
Era como si Rashid la desnudara con la mirada.
La música de la radio ahogaba los latidos de su corazón.
No recordaba la última vez que se había sentido tan nerviosa.
Para su alivio, el conductor se detuvo frente al restaurante antes de que perdiera la compostura.
—Te abro la puerta —dijo Rashid mientras accionaba el tirador de la suya y salía del coche.
Un segundo después, le sujetaba la puerta a Phina con una mano y le cogía la derecha con la otra.
—Gracias —susurró Phina—. Qué bonito es esto —añadió, contemplando los alrededores del restaurante.
Las altas palmeras que bordeaban los senderos estaban envueltas en luces resplandecientes, y una hilera de setos cuidadosamente recortados flanqueaba una terraza con vistas al mar.
Se le hizo la boca agua al percibir el aroma de la carne que se asaba a la parrilla, sobre un fuego abierto, en el extremo norte del recinto.
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—Hola —los saludó una joven y curvilínea belleza de piel oscura, caderas envidiables y sonrisa radiante en cuanto se sentaron en el interior—. ¿Qué desean tomar?
—Una copa de Baileys para la señorita —respondió Rashid, sonriendo a la camarera, que se colocó el pelo detrás de las orejas con gesto pausado—. Y una cerveza para mí —añadió, volviendo la mirada hacia Phina.
—Ahora mismo vuelvo —respondió la camarera.
Regresó minutos después, dejó un pequeño cuenco de cerámica lleno de cacahuetes tostados en el centro de la mesa y, con unas pinzas, les entregó unas toallitas calientes que sacó de un recipiente de plata. Poco después, otro camarero les llevó las bebidas y les tomó nota de la comida.
—Has acertado de pleno; por cierto, el Baileys es una de mis bebidas favoritas —dijo Phina cuando el camarero se alejó de la mesa—. ¿Siempre pides por las mujeres?
Rashid sonrió, negó con la cabeza y apartó un poco la mirada. —No. Pensé que no te importaría.
—¿Te estoy haciendo sonrojar? —preguntó Phina entre risas, sin dejar de mirarlo a la cara.
—Ni hablar —replicó él, irguiéndose en la silla y sosteniéndole la mirada—. Si quieres saberlo, eres única. Por eso he pedido por ti.
Esta vez fue Phina quien se sonrojó y apartó la mirada. Se sintió desnuda bajo aquellos ojos que la atravesaban como cuchillos; en él ya no quedaba ni rastro de timidez. Antes de que ella pudiera decidir qué responderle, Rashid continuó: —Deberías relajarte y dejar que cuide de ti.
—Está bien, mi caballero de brillante armadura —dijo ella con una risita.
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Hablaron durante toda la cena, mientras comían arroz jollof , dodo tierno y frito, ensalada y caracoles picantes.
Phina no tuvo reparos en contarle a Rashid que la muerte de Patrick, ocurrida más de un año atrás, le había puesto la vida patas arriba; una vida que, en realidad, no había empezado hasta que lo conoció.
También le contó que la habían implicado en su muerte y que, por un golpe de suerte, había conseguido que la policía dejara de centrarse en ella y se dedicara a buscar al verdadero asesino.
Rashid la escuchó con gran interés y meneó la cabeza, asombrado.
—Todo aquello debió de ser traumático para ti —dijo—. Mi padre me habló de ti y de Patrick. Por lo que me contó, estabais muy enamorados.
Phina asintió. —Lo estábamos. Pero desde que murió no he vuelto a sentir el vínculo que tenía con él cuando estaba vivo.
Pensé que sería capaz de notar su presencia cerca de mí, pero, después de todo lo que he pasado, quién sabe por qué no ha ocurrido.
Debo de haberme quedado completamente insensible —concluyó, encogiéndose de hombros.
—Con el tiempo acabarás sintiéndolo como algo normal. El tiempo hace maravillas. ¿Qué nota le pones a la cena?
—Fantástica —respondió Phina, contenta por el cambio de tema—. Me encantaría volver a este restaurante antes de irme.
—¿Tanto te ha gustado? Aún hay muchísimos sitios que podríamos visitar.
—Sí —dijo ella, asintiendo—. Si quiero comer bien, volveré aquí. No veo la necesidad de complicarme la vida. ¿Tú sí?
—Buena forma de verlo —convino Rashid, asintiendo despacio.
Cuando el conductor se detuvo frente al hotel de Phina, Rashid salió del coche y le dio un breve abrazo.
—Te llamaré mañana —dijo al soltarla—. Podríamos ir a bailar a una discoteca nueva de Victoria Island.
—Lo siento mucho. Resulta que mañana por la noche voy a salir de fiesta con mi hermana y mis amigas —dijo Phina con expresión de disculpa—. No me perdonarían que las dejara tiradas.
—Vale. ¿Y si comemos juntos?
—Ojalá pudiera, pero a la hora de comer estaré trabajando. Tengo dos reuniones que sacar adelante y al día siguiente viajo a Port Harcourt, así que pasado mañana tampoco podré. Podemos ir a bailar cuando vuelva —propuso, sin sonar del todo segura—. Solo pasaré dos días en PH.
—Tengo una idea mejor. Cuando regreses, podría llevarte a algún sitio el fin de semana.
Phina levantó la vista y se encontró con la mirada penetrante de Rashid.
El corazón le dio un vuelco al advertir la expresión seria de su atractivo rostro.
Sonrió y enseguida volvió a mirar el camino que tenía delante, mientras se le agolpaban los pensamientos, entre ellos lo complicadas que habían sido sus relaciones anteriores.
Pasar una noche con Rashid, y no digamos un fin de semana, la convertiría en su plato principal.
La atracción entre ambos era intensa. Un fin de semana con él supondría un problema, y de eso estaba completamente segura.
—Eso podría ser un problema —declaró, saliendo de su ensimismamiento.
—¿Por qué? —preguntó Rashid, alzando las dos manos—. Sin compromiso. Y te prometo que disfrutarás de cada minuto.
—¿Sin compromiso? Vale, te diré cuanto antes si puedo ir.
—Es un complejo turístico exclusivo. Pensé que te gustaría conocer la otra cara de Lagos.
—Déjame que me lo piense, ¿vale?
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Al día siguiente, a las once de la noche, Phina se reunió con Adeyinka, Ezinne, su amiga de la infancia Bolanle y un par de amigas más en la discoteca Veer, en Ikoyi.
La pista estaba abarrotada y los clientes bailaban apretados unos contra otros.
Phina llevaba horas deseando escapar del ajetreo de su jornada laboral, así que, cuando la condujeron a la zona vip, se acomodó lo más deprisa posible, pidió champán y se dedicó a observar a las parejas de la pista.
Las mujeres eran las más entretenidas de ver.
A Phina le divertía que fueran sus traseros los que llevaran todo el ritmo, mientras los hombres, pendientes de aquellas nalgas redondeadas, babeaban y se quedaban sin aliento.
Las camareras llevaban minifaldas negras a juego, camisas entalladas y botas por encima de la rodilla.
Phina se preguntó por qué se ponían botas con treinta grados de temperatura, aunque dentro del local hiciera bastante más fresco.
Bolanle salió a la pista y llamó a Phina con las dos manos para que se uniera a ella, pero esta declinó la invitación con cortesía.
En cuanto el grupo que tocaba en directo pasó del afrobeat al afro-funk, Phina se desinhibió y salió a bailar con ella.
Movían las caderas de un lado a otro, pero enseguida las separaron dos hombres que las agarraron por la cintura desde atrás.
El guardaespaldas de Phina se acercó para apartarlos, pero ella le hizo un gesto con la mano para indicarle que no interviniera.