Capítulo 9 La propuesta #2
Nduka permaneció unos segundos ante la puerta del dormitorio antes de abrirla con cuidado y entrar.
Phina dormía acurrucada como un bebé, vestida con la camisa beis.
La prenda le cubría todo el torso, pero le dejaba al descubierto las piernas, los muslos y medio trasero.
Nduka tragó saliva y se dirigió al cuarto de baño.
Al salir, se puso unos pantalones de pijama y una camiseta, cogió una manta de repuesto del cesto y se tumbó en el diván con las piernas sobresaliendo por un extremo.
Poco después de cerrar los ojos para dormir, notó una leve corriente de aire en la cara.
Al abrirlos, vio a Phina arrodillada frente al diván, sonriéndole con picardía.
—Creía que estabas dormida —dijo Nduka con voz grave y ronca, mientras trataba de controlar los latidos de su corazón.
—Lo he intentado, pero no dejaban de pasarme cosas por la cabeza. Te he oído entrar.
—Ven aquí —dijo él, agarrándola por la cintura y atrayéndola hacia sí hasta dejarla encima de él.
Phina soltó una risita mientras intentaba acomodarse. Nduka le deslizó la mano por la espalda y, al sentir el calor de su cuerpo, el corazón se le desbocó. Ella se removió sobre él, le sujetó la cabeza con ambas manos y lo besó con fervor.
—Te quiero —dijo él cuando ella apartó los labios un instante para mirarlo a los ojos.
Phina notó que el cuerpo se le ponía rígido al oír aquellas palabras.
—¿Cómo? ¿Y Bimpe? No creía que vuestra ruptura fuera definitiva. Es de ella de quien estás enamorado.
Nduka negó despacio con la cabeza y la señaló con un dedo a la altura del pecho. —A quien quiero es a ti.
Aquella declaración hizo que un cálido estremecimiento le recorriera la espalda a Phina.
Y, por alguna razón que no acertaba a comprender, la aterrorizó.
Sabía lo que era querer a alguien y sentir que ese amor era correspondido.
Sabía que todo podía resultar ser una mentira.
Sabía lo que era amar y perder a la persona amada.
Lo que sentía por Nduka era intenso. Ponerle nombre a aquellos sentimientos era algo para lo que no tenía ni fuerzas ni voluntad, y menos aún después de lo que había vivido con Patrick.
El amor dejaba de tener sentido si la persona a la que querías era capaz de traicionarte de la forma más incomprensible.
Si Patrick siguiera vivo, ¿seguiría llamando amor a lo que sentía por él?
Nduka la observó. Parecía haberse trasladado a otro mundo, uno que le surcaba el rostro de arrugas.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—Nada —respondió ella, abatida—. No creo que pueda volver a amar.
—Yo te quiero —dijo él, sentándola en su regazo—. No deberías decir esas cosas.
—No puedo evitarlo. Ahora soy así. ¿Por qué me quieres? —preguntó, entornando los ojos.
—No puedo creer que me hagas esa pregunta —respondió Nduka, dolido.
—¿Y bien? —insistió ella.
—Siempre te he querido. Eras tan escurridiza... Y luego desapareciste durante años. Cuando volví a saber de ti, estabas casada. Nunca conseguía alcanzarte. Por eso no me puedo creer que ahora mismo tenga tus sesenta y tres kilos y medio encima de mí y esté a punto de... —Soltó un hondo suspiro.
—¿A punto de qué?
—De hacerte mía.
Phina echó la cabeza hacia atrás y se rio, pero, antes de que pudiera darse cuenta, Nduka la alzó, la tumbó en la cama y empezó a subirle la camiseta despacio. Después le recorrió el cuerpo de arriba abajo con la mano mientras ella se retorcía de placer bajo sus caricias.
—Eres preciosa —susurró él, negando con la cabeza.
Ella no hizo ademán de cubrirse, pero soltó un hondo suspiro cuando él se quitó la camiseta y dejó al descubierto unos pectorales perfectamente definidos.
Sus marcados abdominales dejaban claro que pasaba muchas horas en el gimnasio.
La expectación de Phina creció cuando él le apoyó la mano izquierda en el hombro.
La besó con fervor y luego se apartó un momento, observando cómo ella volvía a buscarlo, incapaz de soportar ni un centímetro de distancia entre los dos.
Phina se aferró a él y respondió a su pasión hasta que se le escapó un grito penetrante.
De no ser por el excelente aislamiento acústico del edificio, se habría oído fuera del piso.
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A la mañana siguiente, muy temprano, antes de que saliera el sol, Phina se alejó de la calle de Nduka en dirección a Hazel House.
Miró por la ventanilla del coche la nieve recién caída sobre las calles.
Le recordó el nuevo comienzo que, lo sabía, la esperaba inevitablemente.
Ya a salvo en su cama, cayó en un sueño profundo, libre de pesadillas.
El trauma que le había causado la traición de Patrick se disipó de pronto y, por fin, pudo soñar —tener dulces sueños—, algo que creía perdido para siempre.