Capítulo 9 La propuesta
Hacía un frío glacial, incluso para febrero, y había empezado a nevar con las primeras luces del alba.
Temblando, Phina se cerró con una mano las solapas de su abrigo de piel color camel sobre el jersey verde de cachemira.
Con la otra, se agarró a la mano que Nduka le tendía para mantener el equilibrio al salir del coche frente al edificio donde estaba su piso de Chelsea.
—Hola, cariño. ¿Cómo estás?
—Bien, últimamente. Nunca pensé que volvería a sentirme yo misma. El tiempo lo cura todo. Le dedicó una leve sonrisa y un abrazo.
—Entra.
Cogidos de la mano, atravesaron el vestíbulo y se dirigieron directamente al ascensor.
Una vez dentro del piso, Nduka cerró la puerta, le cogió el bolso y lo dejó sobre la mesa.
—Bonito piso —dijo Phina, recorriendo la estancia con la mirada mientras hacía girar la llave del coche colgada del índice.
—Es solo una solución provisional hasta que terminen mi casa. No puedo criar una familia en este cuchitril —respondió él con una sonrisa burlona.
Phina sonrió y enarcó las cejas. —Parece que ya lo tienes todo planeado, ¿eh?
Nduka le devolvió la sonrisa.
—Aunque para eso necesitaré que me eches una mano. ¿Por qué crees que me he mudado a miles de kilómetros de distancia?
—Supuse que te vendría mejor para el trabajo y, sobre todo, para ir y venir de Nigeria. ¿Qué otro motivo podría haber?
—Tú.
—¿Yo? —preguntó Phina, enarcando las cejas.
—Quería estar más cerca de ti, pero desde lo ocurrido todo ha sido muy difícil. La verdad es que hablábamos más cuando Patrick estaba vivo que ahora, casi seis meses después de su muerte. El otro día, en Claridge’s, me dejaste con ganas de más —dijo, soltando un suspiro audible.
Phina recordaba aquel día como si hubiera sido ayer.
Nduka la había invitado a tomar el té de la tarde en Claridge’s, donde se alojaba mientras reformaban su piso.
Poco después de sentarse en el vestíbulo, ella había sentido un dolor punzante en la boca del estómago y le había pedido al camarero que les llevara lo que habían encargado a la habitación de Nduka.
Al poco rato se había encontrado mejor y habían pasado una tarde maravillosa recordando viejos tiempos y riéndose hasta que les dolieron los costados.
En un momento dado, Nduka había sacado el tema del matrimonio, que Phina detestaba.
En medio de una discusión cargada de emociones, habían acabado el uno en brazos del otro.
Nduka le había acariciado los muslos y la había excitado tanto que Phina había necesitado hasta la última pizca de voluntad para zafarse de sus brazos.
Desde aquel día, apenas dos semanas atrás, había pensado en él a diario, aunque había rechazado todas sus invitaciones para ir a verlo a su nuevo piso hasta entonces.
—¿No crees que ha llegado el momento de seguir adelante, cariño? —continuó Nduka, sacando a Phina de sus pensamientos.
Ella parpadeó y respiró hondo, despacio. —No lo creo —dijo, negando lentamente con la cabeza—. Además, me he llevado un buen escarmiento. No pienso meterme en nada serio. Al menos, no en un futuro próximo.
—Lo que pasó entre Patrick y tú es cosa del pasado. Él ya no está.
—No —dijo Phina, agitando las manos—. No va a ser tan fácil como crees.
—Patrick y tú estabais muy unidos, así que su muerte debe de resultarte insoportable. Yo nunca he perdido a nadie tan cercano, de modo que no soy quién para juzgarte. Pero ya han pasado seis meses. Tienes que encontrar la manera de salir de este bache.
A Phina le daba demasiada vergüenza contarle a Nduka por qué había estado tan incomunicada. El tormento que le había causado descubrir la aventura de Patrick había sido mayor que el dolor por perderlo.
—Deja que cuide de ti —dijo Nduka, tomándola de la mano—. ¿Quieres comer algo?
—Sí, por favor. Me muero de hambre. Algo sencillo, si no te importa.
—Sé exactamente lo que te va a gustar.
Nduka le entregó a Phina el mando del televisor y se dirigió a la cocina.
Reapareció quince minutos más tarde con un cuenco de fruta del pan y pescado frito sobre una bandeja de plata.
La bandeja tintineó al dejarla en la mesa del comedor.
Ella soltó enseguida el mando y corrió a reunirse con él.
Nduka acercó una silla y se sentó a su lado.
La observó en silencio mientras comía a pequeños bocados.
La tristeza en sus ojos confirmó lo que ya sospechaba: todavía le quedaba un largo camino para recuperarse.
Después de comer, Phina se acurrucó entre sus brazos en el sofá y suspiró. Se sentía a gusto allí y permaneció inmóvil para no romper aquel equilibrio. Tras dos episodios de Magnum P. I. , se quedó dormida y despertó cuando Nduka se movió un poco.
—Uf. Se ha hecho tardísimo —dijo Phina, mirando el reloj—. Tendrías que haberme despertado.
—Esperaba que te quedaras a pasar la noche —dijo Nduka con una mirada expectante.
—Ah, no —repuso Phina, negando con la cabeza—. Tengo que volver a casa.
—¿No puede ocuparse la niñera de Brigitte una noche? De todos modos, casi siempre está dormida cuando llegas a casa. Lo dijiste tú misma.
—Sí, pero estoy intentando cambiar eso, sobre todo ahora.
—¿No puedes hacer una excepción esta noche? Por favor.
—No —vaciló Phina, negando con la cabeza—. Seguro que Brigitte ya está dormida, pero necesito volver a casa. Tengo muchísimas cosas que hacer por la mañana.
—Por favor. Haré que merezca la pena.
—No lo dudo —respondió Phina. Se levantó con desgana y se acercó a la ventana—. ¡No me puedo creer lo que estoy viendo!
—¿Qué? —preguntó Nduka, acercándose a ella. Al darse cuenta de que se refería a la tormenta de nieve que arreciaba fuera, una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro—. No puedes conducir con esta tormenta —dijo con firmeza.
—Tengo que ir con mi pequeña.
—Entonces tendrás que dejar que te lleve yo. Tu chófer puede venir a recoger el coche por la mañana.
—Me rindo —refunfuñó ella—. Faltan solo unas horas para que amanezca. Me quedaré hasta mañana.
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Decidir pasar allí la noche le había resultado fácil.
Llevaba meses saliendo adelante sola. Todo aquello de lo que Patrick se ocupaba con naturalidad se había convertido en una carga más.
Ahora echaba en falta pequeños gestos que antes le habían parecido insignificantes, como que Patrick le subiera la sábana hasta el hombro antes de dormirse o la ayudara a quitarse los zapatos y le diera un breve masaje en los pies.
Se dio cuenta de cuánto añoraba esos pequeños placeres y al propio Patrick.
Pasar tiempo con Nduka la había reconfortado.
Estar abrazados en el sofá le había transmitido una extraña sensación de seguridad, hasta el punto de que, cuando él le pidió que se quedara, había tenido que armarse de valor para rechazar la oferta.
—Ven conmigo —dijo Nduka. La cogió de la mano y la apartó de la ventana. La condujo al dormitorio y abrió un armario lleno de camisas, en su mayoría de tonos apagados: grises, malvas, beis y marrones.
—Elige una —dijo con voz ronca.
—No, elige una para mí —le pidió Phina con una mirada seductora.
—Esta —dijo Nduka, sacando una camisa de algodón beis de entre las demás.
Ella la cogió y se la llevó enseguida a la cara para aspirar su aroma.
Olía a canela y especias. Empezó a darle vueltas la cabeza y no supo si la culpa la tenía el olor de la camisa o las dos copas de vino que había tomado durante la cena.
Le devolvió la camisa a Nduka, que había contemplado toda la escena divertido.
Él la desabotonó y volvió a ponérsela en la mano.
—¿Quieres darte un baño? —preguntó.
—Me bastará con una ducha rápida. Estoy demasiado cansada para meterme en la bañera.
Nduka le abrió la puerta del cuarto de baño. —Tómate el tiempo que necesites. Luego vuelvo —dijo mientras se disponía a salir del dormitorio.
Phina lo tomó de la mano y tiró de él hasta quedar frente a frente. Entonces se puso de puntillas y lo besó en los labios con los ojos entrecerrados.
—Phina —dijo Nduka en tono de reproche.
—¿Sí…?
Antes de que terminara de pronunciar la palabra, Nduka la agarró por la cintura y la besó hasta hacer que todo su cuerpo ardiera por dentro.
Ella se derritió entre sus brazos. Sin inhibiciones ya, dejó que él le deslizara el vestido por los hombros mientras seguía besándola.
Si Nduka no la hubiera sostenido con una mano mientras la acariciaba con la otra, se habría desplomado en el suelo: había dejado de sentir las piernas y parecía haber perdido el juicio.
—Dios mío —dijo ella, apartando a Nduka después de besarse durante un buen rato—. Lo siento mucho.
Él negó con la cabeza y soltó una risita. —¿Qué es exactamente lo que sientes? ¿Haberme asaltado?
—¡Para ya! —dijo Phina, tapándose la boca mientras se reía.
—Y ahora, ¿todavía quieres darte esa ducha y dejar que vaya a recoger un poco?
—Vete —dijo ella, sonriendo y haciéndole un gesto con la mano.
En cuanto Nduka cerró la puerta al salir, Phina se sentó en la cama y suspiró.
Estaba convencida de que, si no lo hubiera apartado, habrían llegado mucho más lejos.
Aquello habría sido un desastre, pensó. Aunque sabía que ella le gustaba, no se imaginaba empezando una relación con él mientras aún se recuperaba de su ruptura.
La explicación que le había dado sobre la separación de Bimpe aquel día en Claridge’s no la había convencido.
Tampoco le había explicado lo suficiente por qué había abandonado su próspera consulta en Estados Unidos para mudarse al Reino Unido.
Su afirmación de que se había mudado para estar cerca de ella tampoco le resultaba del todo creíble.
Pero, más allá de eso, le aterraba lanzarse a una nueva relación antes de haber tenido ocasión de rehacer su vida y recuperarse de la que acababa de dejar atrás.
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