Capítulo 8 Desolación #2
Phina salió de su aturdimiento poco después de que la niñera se llevara a Brigitte.
Rebuscando en su bolso, encontró el trozo de papel en el que había anotado el número del superintendente jefe Claudio.
Marcó el número y saltó el buzón de voz.
Todavía con los nervios de punta después de dejarle un mensaje para pedirle detalles sobre lo que le había ocurrido a Patrick, se levantó para revisar las pertenencias de este.
Recordó que lo hacía a menudo cuando acababan de casarse, pues siempre la hacía sentirse más cerca de él, sobre todo cuando se ausentaba varios días.
Esta vez, era distinto, incluso extraño; esta vez no iba a volver.
Primero revisó la ordenada pila de papeles de su escritorio, donde él trabajaba casi todas las noches antes de acostarse.
Después revolvió el armario de las camisas y el ropero donde guardaba las corbatas.
Todo estaba pulcramente dispuesto como de costumbre.
Cuando cogió la corbata Armani de rayas gris plateado que él había llevado en el último acto al que asistieron juntos, las emociones la desbordaron y volvió a sollozar.
Incapaz de soportar el peso de su propio cuerpo, se arrastró hasta el lado de la cama de Patrick y se tumbó boca arriba.
Jadeó en busca de aire mientras el corazón le latía desbocado.
Tenía la vista borrosa de tanto llorar, así que cerró los ojos, pero las imágenes que vio en su mente la sobresaltaron.
Se incorporó de golpe en la cama y se sujetó con ambas manos la cabeza dolorida.
Se le ocurrió algo, así que tiró del cajón de la mesilla de Patrick y, para su enorme sorpresa, no solo estaba abierto, sino que parecía revuelto.
Dentro vio su pasaporte antiguo, un par de documentos de identidad, un tarjetero en el que había metidas casi una docena de tarjetas de visita y una carta escrita sobre papel crema impecable, con renglones trazados en tinta azul.
Cogió la carta y, tras leer la primera palabra, se incorporó de golpe y entrecerró los ojos hinchados para enfocar la vista, ahora borrosa. La letra era algo irregular, por lo que le costó descifrar el resto.
Mi amor:
Nuestro último encuentro fue extraordinario. Aún atesoro aquel momento y espero con impaciencia que volvamos a vernos. Recuerda que nunca estás solo…
La letra no era de Patrick, pero nada indicaba quién había escrito la carta.
Phina se preguntó quién podía habérsela enviado.
Otra cosa que la desconcertaba era el modo en que él había dejado el cajón: desordenado, algo impropio de él.
Su viaje a Barcelona había sido improvisado y se esperaba que regresara a casa al menos dos días antes que ella, así que tenía sentido que no hubiese intentado ser discreto con la carta.
Era breve, pero contundente, y, cuanto más pensaba Phina en ella, más se le tensaban los músculos.
La piel le hormigueaba y un peso enorme se le instaló en la boca del estómago.
Quiso gritar cuando otra oleada de emociones la arrolló, pero ningún sonido logró salir de su boca.
En busca de más pistas, se arrodilló frente a la cómoda y abrió el cajón inferior para ver si encontraba un sobre o cualquier cosa que le indicara quién había enviado la nota.
Al no hallar nada, arrancó furiosa el cajón superior de las guías.
El de abajo resultó más difícil de sacar, así que tiró de él hasta quedarse jadeando.
Agotada, introdujo el brazo derecho por detrás y tanteó el fondo con los dedos.
Tenía los ojos secos y doloridos. Ahogó una exclamación al tocar algo frío.
Al examinar su hallazgo más de cerca, descubrió una pulsera de plata con dijes.
Entre ellos había una combinación de números romanos, letras del alfabeto y varios objetos que sus ojos cansados no lograban distinguir.
Aquella combinación de números y letras carecía de sentido para ella.
Confusa, volvió a colocar los cajones en su sitio, se arrastró hasta la cama y examinó la pulsera en busca de alguna inscripción.
Al no encontrar ninguna, devolvió la nota al lugar donde la había encontrado y arrojó la pulsera en su propio cajón.
Después de darle vueltas durante unos minutos a cómo podía haber llegado allí la carta, Phina decidió aceptar el hecho evidente de que la había enviado alguien que mantenía una relación amorosa con Patrick.
Pero no sabía quién. Sus ojos ya se habían quedado completamente sin lágrimas mientras miraba fijamente a lo lejos, esperando que las respuestas que tanto necesitaba surgieran de la nada.
En cuanto a la pulsera, no tenía forma de saber si guardaba alguna relación con la carta.
No recordaba haber tenido nunca una parecida.
Conmocionada y destrozada ante la posibilidad de que Patrick le hubiese sido infiel, Phina hundió la cabeza bajo la almohada y soltó un grito desgarrador.
Desfallecida de agotamiento, se incorporó y cruzó los brazos sobre el pecho, como si quisiera proteger todo su ser de las desgracias que habían caído sobre ella.
Recorrió la habitación con una mirada lánguida y volvió a sollozar hasta que sintió que los ojos se le salían de las órbitas.
Poco después de quedarse dormida, una pesadilla escalofriante la despertó de golpe.
Los recuerdos de lo que había soñado la dejaron traumatizada y mareada, pero volvió a dormirse mientras intentaba explicarse por qué aquellas escenas le habían resultado tan aterradoras.
Cuando despertó por segunda vez y recordó su situación actual, una sensación de angustia, peor que la que había experimentado al enterarse de la muerte de Patrick, le llenó el pecho y amenazó con reventarla por dentro.
Jamás habría imaginado que pudiera soportar tanto.
El dolor era tan intenso que temía no recuperarse nunca.
Además, se sentía avergonzada. ¿Cuánto tiempo llevaba Patrick engañándola y con quién?
Se preguntó si había sido con una sola persona, con varias a la vez o con numerosos amantes en distintos momentos.
-
Durante varias semanas después de encontrar la carta, Phina se arrastró abatida por la vida, recelando de todo y de todos cuantos la rodeaban.
Las pesadillas la mantenían despierta cada noche y su negocio se resintió enormemente.
Había amado a Patrick con cada fibra de su ser y creía que él también la había amado con locura.
Incluso en los últimos tiempos, cuando habían tenido problemas matrimoniales, había confiado en que las cosas mejorasen cuando la economía volviera a la normalidad y él cambiara de actitud.
Comer dejó de ser siquiera una opción. Respirar le exigía un esfuerzo enorme.
Pensaba que, si moría con el dolor que llevaba dentro, nada cambiaría, pues su vida ya no tenía sentido.
El alivio que imaginaba que le proporcionaría la muerte la hizo sonreír por primera vez en semanas, pero incluso aquello duró apenas unos instantes antes de que el dolor volviera a devorarla.
Phina hablaba a menudo con su madre y su hermana y, gracias a la insistencia de su madre, descubrió la meditación.
Rezaba siempre que podía: mientras conducía al trabajo, durante el día cuando la mente empezaba a divagar y en mitad de la noche cuando las pesadillas la despertaban.
Como resultado, su depresión fue disipándose poco a poco.
Cuando se hubo recuperado mínimamente, encontró las fuerzas que necesitaba para calcular cuándo podían haber empezado los devaneos de Patrick.
Su primer año de matrimonio había sido romántico y dichoso.
Al año siguiente, tras la llegada de Brigitte, habían mantenido el mismo entusiasmo con el que empezaron.
En los años posteriores se habían centrado mucho en sus carreras, pero aun así conseguían reservar tiempo para estar juntos.
Las cosas solo habían comenzado a cambiar entre ellos en los últimos dos años.
Ella había seguido haciendo crecer su negocio y las películas de él habían funcionado de maravilla en taquilla, pero sus demás inversiones sufrieron pérdidas sin precedentes durante la crisis financiera.
Antes de que pudiera darse cuenta, él había empezado a resentirse por el éxito de ella y había hecho oídos sordos a sus ofertas de ayuda.
Entre ambos se abrió poco a poco una brecha emocional que se agravó cuando la cartera de inversiones de Patrick perdió la mayor parte de su valor.
Su traición con la venta de las acciones de Ophinas ya era grave de por sí, pero la infidelidad colmaba el vaso.
Poco a poco, todo lo que había observado en los últimos meses fue regresando a su memoria.
El paquete de preservativos sin abrir y el gel lubricante —que había supuesto que estaban destinados a ella— eran ahora señales de alarma.
Su inquietud y su necesidad de abandonar la habitación cada vez que surgía una conversación importante delataban por completo una doble vida.
Incapaz de encontrarle sentido a todo aquello, decidió llamar a Victoria.
—No estoy segura de qué quieres decir con eso de con quién te engañaba —había respondido cuando Phina le preguntó si sabía algo de la aventura de Patrick.
—Vi una nota en su cajón. Al parecer, tenía una amante.
—No quiero involucrarme —respondió Victoria con frialdad.
A Phina le dio un vuelco el estómago.
—Victoria, ¿entonces sabes algo?
—Tenía mis sospechas, pero no puedo asegurarlo.
—Entonces, ¿me estás diciendo que no sabes nada de ninguna relación extramatrimonial?
—No. No sé nada —afirmó categóricamente.