Capítulo 8 Desolación
El teléfono de su habitación de hotel sonó a las dos de la madrugada.
Aún aturdida por el sueño, Phina lo desplazó sin querer al darle un manotazo mientras intentaba cogerlo.
Volvió a sonar y esta vez consiguió coger el auricular.
—¿Patrick?
—Soy yo —dijo el mayordomo con voz tensa y aterciopelada.
—¿Está todo bien? ¿Cómo está Brigitte?
—Está bien, señora.
—¿Por qué me llama?
—El superintendente jefe Claudio, de la Policía Metropolitana, está aquí. Debe volver a casa de inmediato, señora. El marqués… Le ha ocurrido algo al marqués.
—Páseme con el superintendente —exigió Phina.
Transcurrieron al menos cinco segundos antes de que Phina oyera la voz del policía.
—Señora —oyó decir al superintendente jefe Claudio—. Su marido está en el hospital St Margaret’s. Se encuentra en estado crítico.
Phina guardó silencio un instante para asimilar lo que acababa de oír.
Se le encogió el corazón y se le nubló la vista.
No estaba segura de que el policía se refiriese a la persona correcta.
Patrick había viajado a Barcelona el martes, dos días después de que ella partiera hacia Florencia para asistir a unas reuniones de negocios.
Él tenía previsto regresar al día siguiente y ella no debía volver hasta el viernes.
—Lo siento, no lo entiendo —dijo por fin, alzando la voz mientras se sujetaba el vientre—. Se suponía que estaba en Barcelona. ¿Qué le ha pasado?
—No dispongo de todos los detalles. Nos avisaron después de que lo trasladaran a Londres. Por favor, vuelva a casa en cuanto pueda. Dejaré mi número a su personal por si necesita ponerse en contacto conmigo.
—¿Puede decirme al menos qué le ha ocurrido a mi marido? —gritó a pleno pulmón.
—Lo encontraron inconsciente en su habitación de hotel.
—¿Quién? —preguntó frenética.
El superintendente vaciló al principio. —No dispongo de todos los detalles. Supongo que el personal del hotel.
—Saldré hacia Londres a primera hora de la mañana.
—Lo siento. Ojalá hubiera podido darle mejores noticias.
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Victoria y Jorge se encontraban entre el pequeño grupo reunido en el porche de Hazel House cuando Phina regresó a las diez de la mañana.
A medida que su coche se acercaba, la multitud se dispersó y ella distinguió el rostro consternado del mayordomo, que seguía de cerca a Victoria.
Desconcertada, Phina abrió la puerta antes de que el chófer se detuviera, obligándolo a frenar de golpe.
Por la expresión de Victoria, resultaba evidente que había llorado mucho, y Jorge parecía angustiado. Un pequeño grupo de sirvientes permanecía cerca con gesto compasivo.
—¿Qué está pasando? —gritó Phina desde lejos—. ¿Y Patrick?
Las lágrimas surcaban el rostro de Victoria mientras Jorge intentaba consolarla.
—Se ha ido —murmuró Jorge.
Phina se quedó paralizada, presa del pánico. A punto de tropezar, se apoyó en la limusina y puso ambas manos sobre el techo antes de deslizarse inesperadamente hasta el suelo.
—¡Llamad al 999! —oyó gritar a Victoria.
Jorge la levantó y la llevó a su salón privado.
Cuando recuperó el conocimiento y se descubrió entre los brazos de Jorge, rompió a llorar desconsoladamente.
Él la dejó en el sofá y se sentó a su lado, obligándola con suavidad a permanecer tumbada cada vez que intentaba moverse.
Después de intentar levantarse dos veces, acabó por desistir.
—¿Qué le ha ocurrido a Patrick? —preguntó entre sollozos que le sacudían los hombros.
—Aún no lo sabemos. Ya estaba muerto cuando lo trajeron a Londres. —A Jorge se le atragantaban las palabras.
—¿Cuándo ocurrió? —preguntó Phina, apretando los puños mientras las lágrimas le corrían por las mejillas.
—Anoche.
—Pero el superintendente jefe me dijo que…
—Lo sé. No debía contarte toda la verdad por teléfono. Nos dijeron que no tenías previsto regresar de Florencia hasta dentro de dos días, así que tuvimos que encontrar la forma de hacerte volver a casa.
—¿Dónde está Brigitte? —preguntó Phina, mirando alrededor aterrorizada.
—En su habitación —respondió Jorge—. Con la niñera.
—Tengo que verla ahora mismo —dijo, incorporándose de golpe—. ¿Lo sabe?
—No —respondió Jorge, negando con la cabeza—. No nos pareció que nos correspondiera decírselo. Y tampoco es buena idea que tú se lo cuentes en tu estado actual.
—Necesito verla —insistió Phina, poniéndose en pie con determinación.
—Tranquila. Te acompañaremos a su habitación. Lleva toda la mañana preguntando por ti.
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Brigitte jugaba con sus juguetes en un rincón cuando Phina, Victoria y Jorge llegaron a su habitación. La niñera estaba sentada en otro rincón leyendo un libro.
—¡Mamá, mamá! —gritó Brigitte, corriendo entusiasmada hacia su madre.
Por mucho que lo intentó, Phina no logró ocultar la expresión abatida de su rostro cuando se agachó para besar a Brigitte.
—¿Por qué estás triste? —preguntó Brigitte al reparar en las mejillas de Phina, surcadas de lágrimas.
—¿Parezco triste? —preguntó Phina, secándose las lágrimas—. Ah, es que me duelen los ojos, cariño.
—¿Por qué está aquí Vicky? ¿Dónde está la señorita? ¿Dónde está papá?
—Ay, Brigitte, cuántas preguntas —susurró, haciendo una seña a la niñera—. Ve con tu niñera. Te lo contaré todo cuando atienda a las buenas personas que me esperan abajo.
—Vale, mamá —respondió Brigitte, sorbiéndose la nariz y secándose los ojos.
Después de dejar a Brigitte con la niñera, Victoria y Jorge siguieron a Phina hasta su habitación.
—El forense certificó su muerte anoche —declaró Victoria con aparente despreocupación después de que se sentaran en la cama—. ¿Te han contado cómo lo encontraron?
Phina negó con la cabeza y apartó la mirada. Temía mirar a Victoria a los ojos por miedo a lo que estos pudieran revelarle.
—Estaba tumbado boca abajo en el suelo de su habitación de hotel —continuó Victoria, con los hombros sacudidos al romper a llorar de nuevo.
Phina alargó los brazos y abrazó a Victoria. Sus intentos de que dejara de llorar fueron inútiles. Poco después, estaban cogidas de la mano, sollozando juntas.
—Ven a pasar la noche a nuestra casa —le dijo Jorge a Phina—. Trae a Brigitte contigo. No me quedo tranquilo dejándoos solas a las dos.
Phina sopesó su petición durante un instante y después negó con la cabeza. —Creo que será mejor mantener a Brigitte en un entorno conocido. Arrancarla de su hogar solo aumentaría su ansiedad.
—Tiene sentido —convino Jorge—. Pero no dudes en llamar si necesitas cualquier cosa. Mañana vendré a ver cómo estáis.
—Gracias.
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Cuando todos se marcharon, Phina se quedó sentada a solas en su habitación, terriblemente alterada. Ignoró durante unos minutos el estridente sonido del teléfono hasta que decidió que ya no soportaba más el timbre. Cuando lo cogió, le sorprendió oír la voz de Nduka.
—He visto las noticias —dijo Nduka mientras Phina sollozaba en silencio.
—¿Hola…? ¿Hola? —repitió Nduka al no oír nada.
—Sí, hola —respondió Phina por fin, con las palabras ahogadas por el llanto.
—¿Puedo ir a verte?
—Probablemente no sea buena idea. Ahora mismo no sería apropiado.
—Entonces, ¿cuándo puedo verte?
—No estoy segura. Yo…
—Tómate el tiempo que necesites. Volveré a llamarte mañana.
Después de colgar, Phina llamó a lady Thompson.
El teléfono sonó muchas veces antes de que un asistente contestara y confirmara que su señora estaba de viaje de negocios.
El asistente le proporcionó el número del hotel de lady Thompson, al que Phina intentó llamar varias veces antes de darse por vencida.
Demasiado cansada para hacer más llamadas, lloró hasta quedarse dormida.
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A la mañana siguiente despertó con Brigitte a su lado. La niñera había llevado a Brigitte a su habitación temprano porque la niña había pasado toda la noche inquieta. Para no despertarla, Phina lloró en silencio mientras hablaba por teléfono con su madre.
—¿Se lo has contado a Brigitte? —preguntó su madre.
—No, aún no. Se lo contaré hoy, pero tendré que encontrar la mejor manera de hacerlo.
—Deberías decírselo pronto, antes de que se entere por otra persona.
—Por supuesto.
Antes de que Phina pudiera añadir una palabra, Brigitte se incorporó de golpe en la cama.
—Mamá, ¿cuándo va a volver papá? —preguntó, frotándose los ojos con el dorso de las manos.
Phina se despidió de su madre y colgó el teléfono.
Conmocionada por las palabras de Brigitte, Phina se vio asaltada de inmediato por un torrente de emociones. Los hombros le temblaban mientras intentaba contener los sollozos. Dejó escapar un gemido y, al alzar la mirada, vio que Brigitte la observaba perpleja.
—Ven aquí —le dijo Phina.
Brigitte se acurrucó entre los brazos de su madre.
—No creo que vaya a volver, cariño. Ahora está en el cielo.
—¿Cómo? ¿Está muerto? —preguntó Brigitte con los ojos muy abiertos mientras se le llenaban de lágrimas.
—Ahora está con Dios.
Brigitte se derrumbó y rompió a llorar desconsoladamente; los hombros se le sacudían y el pecho le subía y bajaba con violencia.
Phina no había pensado que contarle a Brigitte la muerte de su padre fuera a resultar fácil.
Pero nada la había preparado para el dolor que vio en los ojos de la pequeña.
No se le había ocurrido que, con cinco años, Brigitte comprendería todo el alcance de la noticia.
Mantuvo a Brigitte apretada contra el pecho durante unos minutos, hasta que la oyó decir en un susurro: —Mamá, ¿eso significa que papá nos está mirando ahora?
Antes de que su madre pudiera responder, Brigitte se soltó de su abrazo, echó la cabeza hacia atrás y contempló el techo, moviéndola de un lado a otro.
Phina dejó escapar un suspiro de alivio. —Qué niña tan lista eres. Tu papá estará muy orgulloso de ti.
—Pero yo quiero a papá —chilló Brigitte, sobresaltando a su madre y haciendo que le palpitaran los ojos hinchados. Para calmarla, Phina la estrechó contra sí y la meció de un lado a otro hasta que los sollozos incontrolables se redujeron a algún que otro gemido y, finalmente, se quedó dormida.
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