Capítulo 6 La confesión
El amplio comedor de gala ya estaba preparado con mantelería y cristalería mucho antes de que Isabel y Phina regresaran de su visita.
Simon llegó unos minutos antes que ellas.
El sol había desaparecido del cielo, pero los últimos rayos aún iluminaban los jardines.
A través de los ventanales del comedor, los pinos del jardín se veían frondosos y verdes, y silbaban suavemente al viento.
Phina se escabulló a su habitación para darse los últimos retoques de maquillaje y después se reunió con los invitados, que ya se habían congregado en el balcón del primer piso.
Los camareros repartían cócteles. Allí estaban Nduka con su novia, Bimpe, y otros catorce invitados: los galardonados de la noche anterior y sus acompañantes.
—Encantada de conocerte —le dijo Phina a Bimpe.
—El placer es mío —respondió Bimpe con una reverencia.
Bimpe llevaba un maquillaje impecable y tenía unas curvas espectaculares. Era más o menos de la misma estatura que Phina, pero sus altísimos tacones la hacían parecer mucho más alta. Su piel oscura y profunda relucía bajo la luz de las lámparas de araña, como si el agua resbalara por un cristal.
Phina, sintiendo que debía corresponder al gesto, le devolvió la reverencia. No sabía cuál de las dos era mayor, pues en la cultura yoruba aquel gesto solía reservarse a las personas de más edad como muestra de respeto.
—Nduka me habló de ti cuando nos vimos ayer —dijo Phina.
—¿Ah, sí? Pues me sorprende un poco, porque anoche no habló de otra cosa que de ti —respondió Bimpe con una sonrisa.
—Hacía al menos veinte años que no veía a Phina —dijo Nduka, mirando a Bimpe a la defensiva.
—Oye, yo solo cuento lo que pasó —replicó Bimpe, levantando una mano, mientras Phina soltaba una risita ante el intercambio.
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Después de cenar, los invitados se quedaron en el gran salón charlando y tomando cócteles. Isabel y Simon eran unos anfitriones perfectos, así que nadie parecía tener prisa por marcharse. Una música suave salía de los altavoces del techo y las carcajadas resonaban por toda la estancia.
Mientras los camareros retiraban los platos, los invitados fueron formando pequeños grupos.
Phina vio a Nduka acercarse a ella junto a la barra.
Buscó a Bimpe con disimulo y la encontró enfrascada en una conversación con Simon.
Se reían y gesticulaban como viejos amigos.
Cuando Nduka llegó a su lado, le cogió la mano y la condujo al balcón.
Phina sonrió y lo abrazó. —Parece que tu amigo no ha podido venir —dijo.
Nduka hizo una mueca y negó con la cabeza. —No, no ha podido. Oye, ¿cómo estás? Me asombra lo mucho que has cambiado. Cuando subiste al escenario ayer, no podía creer que fueras la misma chica que conocí hace tantos años.
—No esperabas que siguiera igual, ¿verdad? —bromeó Phina con una risita.
—Claro que no. ¿Cuánto tiempo llevas casada?
—Casi diez años.
—¿Diez años? —preguntó Nduka, abriendo mucho los ojos.
—Casi… ¿Y tú? —Phina enarcó las cejas y esperó la respuesta.
—No hay ningún motivo concreto. Mi novia y yo llevamos nueve años juntos.
—¿En serio? ¿Tienes algo en contra del matrimonio? —preguntó ella con una mueca.
—¡En absoluto! Mi familia no deja de darme la lata para que me case. Es un suplicio.
—Entonces, ¿por qué esperas? —preguntó Phina, negando con la cabeza—. Edad tienes de sobra y eres un cirujano de éxito. —Por tacto, omitió que, además, estaba fuerte, era atractivo y sexy, y olía de maravilla.
—Créeme que quiero hacerlo —respondió él—.
Con la presión que me meten para asegurar la siguiente generación, podría haber acabado casándome con la primera chica que se me cruzara por delante, pero en mi caso las cosas no han salido así.
Por cierto, nunca habría imaginado que defenderías el matrimonio.
No me parecías alguien a quien le importara.
—Sí me importa. Creo en el matrimonio. Pero nunca me ha gustado la presión a la que nos someten los nuestros para que nos casemos.
—Opino exactamente lo mismo. —Nduka asintió con vehemencia—. Cambiando de tema, estás espectacular con ese vestido —dijo, contemplando con admiración el vestido negro de hombros descubiertos que ella llevaba, ceñido a la cintura por un cinturón dorado.
—Gracias —respondió Phina con una sonrisa—. Tú también estás muy guapo. Tu novia Bimpe es encantadora. Nueve… largos… años… Mmm…
—Es complicado. Nuestras familias nos lo están poniendo difícil. La última vez que sacamos el tema con su madre, recuerdo que dijo: «Mi hija no se casará con nadie que no sea yoruba mientras yo viva».
—¿Qué? —dijo Phina, abriendo mucho los ojos y preguntándose cómo era posible que la belleza de Bimpe no impulsara a Nduka a desafiar todos los obstáculos y casarse con ella.
—Mis padres insisten en que lleve a casa a una chica igbo —continuó Nduka, como si le hubiera leído el pensamiento.
—Es absurdo —dijo Phina, negando con la cabeza.
—Una vez, Bimpe incluso propuso que cada uno siguiera su camino —continuó Nduka—. Decía que el reloj biológico no se detenía.
Phina se echó a reír mientras Nduka soltaba una risita y alzaba ambas manos, desconcertado.
—Basta de hablar de mí —dijo Nduka—. No me puedo creer que te marches mañana. Ojalá pudieras quedarte un poco más.
—Intentaré venir más a menudo, pero tengo muchas responsabilidades.
—Iré a Londres a verte. Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma tendrá que ir a la montaña.
—Tu novia viene hacia aquí —susurró Phina al ver que Bimpe se acercaba por el rabillo del ojo.
—¿Qué me dices de que vaya a Londres? —preguntó Nduka, haciendo caso omiso de su comentario.
—Por mí, encantada. Avísame cuando estés allí. Te invitaré a cenar a Hazel House.
Poco después, los invitados fueron marchándose uno tras otro. Phina acompañó a Nduka y a Bimpe hasta el porche. Mientras el chófer les abría la puerta del coche, se despidió de ellos con la mano y volvió a reunirse con los demás.
Cuando todos los invitados se hubieron marchado, Isabel y Simon le regalaron a Phina un precioso reloj Cartier de oro de dieciocho quilates, engastado con diamantes.
—¡Vaya! No puedo aceptar esto —respondió Phina—. Es demasiado.
—Tienes que hacerlo. En Estados Unidos es ilegal devolver un regalo —bromeó Simon.
—¡Es precioso! —exclamó Phina, y abrazó primero a Isabel y luego a Simon.
—Te queremos —dijo Isabel, secándose una lágrima.
—Yo también os quiero.
Al día siguiente, Phina recibió los resultados del análisis de diligencia debida que su equipo había realizado sobre Hartiers, y eran satisfactorios.
Patrick había dirigido al equipo encargado del análisis, así que sabía que había sido exhaustivo.
Teniendo también en cuenta lo que había visto durante su visita a Hartiers, Phina supo que había llegado el momento de aprobar la operación.
Isabel y Phina lo celebraron con una copa de vino y acordaron ultimar los pasos pendientes cuando Phina regresara a Londres.
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En su lujosa cabina de primera clase, Phina dejó escapar un profundo suspiro de alivio y repasó mentalmente todo lo ocurrido en Nueva York.
No tardó en volver a preocuparse por los problemas de casa.
Patrick y ella todavía se querían, pero las dificultades de él con su negocio parecían haber hecho mella en su relación.
La operación fallida con Witham Capital le afectaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
Cuando el avión aterrizó en Heathrow, despertó de un sueño profundo.
Había estado soñando, y el último sueño había sido tan extraño como aterrador.
Al llegar a Hazel House, encontró la puerta abierta de par en par y al mayordomo esperándola junto a la escalera para darle la bienvenida.
Brigitte corrió a abrazarla en cuanto entró.
Phina la alzó en brazos y le dio un beso en cada mejilla.
Patrick no estaba en casa, así que fue directa a su dormitorio.
Salvo por el tictac del reloj de pared, reinaba el silencio.
Había un ramo de flores frescas sobre el escritorio y, a su lado, un jarrón vacío.
Parecía que Patrick había pasado por allí antes y se había marchado precipitadamente.
Phina se duchó y se tumbó en la cama a esperarlo en silencio.
Patrick entró en el dormitorio hacia las once.
—¿Dónde está mi chica guapa?
—Aquí estoy —respondió Phina, levantándose para estrecharse contra él—. Pensaba que estarías aquí cuando volviera.
—He tenido que salir a toda prisa para una reunión. Espero que hayas conseguido todo lo que te propusiste hacer en Nueva York.
—Sí. Isabel y Simon son estupendos. Su casa es como un paraíso tropical. Ojalá hubieras venido.
—No creía que te importara si estaba allí o no —dijo Patrick sin rodeos.
Phina se apartó un poco y alzó la mirada hacia él.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
—Intenté llamarte varias veces anoche y la noche anterior. No contestaste. Cuando por fin llamaste tú, pareció que lo hacías porque te habías acordado de repente.
—¡Ah! ¿Y por eso no estabas aquí para recibirme? Cuando me dijiste que no podías recogerme en el aeropuerto, pensé que al menos me estarías esperando en casa. Quería que estuvieras conmigo en Nueva York. No había nadie a quien quisiera más a mi lado.
Decepcionada por el recibimiento de Patrick tras lo que a ella le había parecido una larga ausencia, se metió en la cama sin decirle una palabra más. Se sentía desengañada y herida, y él parecía tener la cabeza en otra parte.
Al día siguiente, apenas hablaron antes de salir para el trabajo.
Phina llamó a Isabel y Simon para avisarles de que había llegado bien a casa.
Acordaron lanzar su nueva línea durante el siguiente viaje de Phina a Nueva York.
Tenía tanto trabajo por delante para ponerse al día con los negocios de allí que la euforia del viaje se desvaneció más deprisa de lo que esperaba, pero volvió en cuanto recibió una llamada de Nduka.
—¡Qué alegría saber de ti! —dijo animada al oír su voz—. ¿Cómo estás? ¿Cómo está Bimpe?
—Está bien. Me encantó volver a verte después de tantos años.