Capítulo 6 La confesión #2
—A mí también —respondió Phina—. Fue una sorpresa muy agradable.
—Prometiste que seguiríamos en contacto —le recordó Nduka.
—Y pienso cumplir mi promesa. ¿Por qué no iba a hacerlo?
Nduka y Phina hablaban a menudo, mientras que su relación con Patrick seguía deteriorándose. Discutían cada vez más y, a medida que se distanciaba de él, empezó a esperar con ilusión el respiro que le proporcionaban las frecuentes llamadas de Nduka.
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Dos semanas después de regresar de Nueva York, el teléfono sonó justo cuando Phina se disponía a subir las escaleras de Hazel House. Cuando el mayordomo le entregó el auricular, oyó la voz de Isabel al otro lado de la línea.
—Phina, ¿para qué iba a querer Iris Thompson información de los Hartiers? —soltó Isabel. Antes de que Phina pudiera responder, Isabel continuó—: Nuestra investigación interna ha revelado que quien nos saboteaba trabajaba para Lady Thompson.
—¿Estás segura?
—Geoffrey tenía que estar trabajando para ella.
La noticia que acababa de recibir acentuó la presión que Phina sentía en la cabeza. Tras colgar, fue directa a su dormitorio.
—Voy a prepararte un baño, cariño —oyó decir a Patrick en cuanto entró.
—Vale —respondió Phina, aliviada de que volvieran a hablarse, aunque todavía profundamente alterada por la noticia que acababa de recibir.
—Me encantaría meterme contigo, si no te importa.
Phina se detuvo un momento a considerar su petición. —Nunca me habías pedido permiso. ¿Qué ha cambiado? —preguntó al fin.
Patrick pasó por alto la pregunta y preparó el baño.
En lugar de meterse con ella en la bañera, se sentó al borde, con una esponja en la mano, y le frotó la espalda.
No dijo nada mientras la lavaba. Phina alzó la vista hacia él y vio en su rostro una tristeza tan profunda que el corazón le dio un vuelco y tuvo que esforzarse por recuperar el aliento.
—¿Qué pasa, amor? —preguntó con un nudo en la garganta.
Patrick salió de su ensimismamiento y bajó la mirada hacia ella. Se miraron durante al menos dos segundos, hasta que él dejó caer la esponja al suelo y se inclinó para besarla: primero en los labios y luego por todas las mejillas, la frente y la barbilla.
—Te quiero muchísimo —dijo con la voz ahogada—. No dejes que nadie ni nada te convenza de lo contrario.
Phina lo miró consternada y suspiró.
—¿Por qué dices eso? —preguntó mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Su actitud, que indicaba que algo iba mal, sumada al disgusto por la noticia que le había dado Isabel, la hizo sentirse desbordada—. ¿Qué pasa, amor?
—Dame un momento. Vamos a sacarte del baño antes de que te resfríes.
—Abrió el grifo y, mientras corría el agua, recogió la esponja y la apretó sobre la espalda de Phina.
Volvió a empaparla y dejó que el agua le goteara sobre el pecho, arrancándole un suspiro.
Después la sacó en brazos de la bañera, le secó el pelo con una toalla, la envolvió en otra y la llevó directamente a la cama.
Mientras él deslizaba despacio los dedos por su cuerpo, Phina le miró la cara y descubrió en sus ojos una expresión ausente. Poco después, se quedaron dormidos abrazados.
Patrick se despertó mucho antes que Phina y se puso a pasear por la habitación.
De vez en cuando se detenía a contemplar su hermoso rostro, en el que asomaba una sonrisa intermitente mientras dormía.
Al observar cómo subía y bajaba su pecho, pensó en lo mucho que la quería.
Era la persona más extraordinaria que había conocido jamás y dudaba que nadie pudiera superarla.
Mientras esperaba pacientemente a que se despertara, se bañó y se puso unos pantalones.
Era domingo y esperaba pasar todo el día en casa.
El mayordomo había subido una bandeja con comida —una tortilla, fruta, frutos secos y yogur—, que Patrick dejó con cuidado junto a la cama de Phina.
Poco después, ella se despertó y comió despacio mientras él la observaba en silencio.
—¿Qué es lo que tienes que contarme, cariño ? —preguntó Phina, mirándolo directamente a los ojos.
Patrick se levantó y se acercó a la ventana. —Nunca me preguntaste por la operación de compraventa de acciones —dijo tras guardar silencio unos minutos.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó Phina, con el tenedor a medio camino de la boca.
—He recibido por fin el informe de Witham Capital y se han negado a seguir adelante con el acuerdo.
—¿Qué motivo han dado? —preguntó Phina mientras se incorporaba en la cama.
—Algo relacionado con el alcance de nuestras obligaciones. —Suspiró y se volvió hacia ella—. Hay algo que tengo que contarte.
—¿Qué? —preguntó Phina, tragando saliva.
—Estoy en la fase final de la venta de mis acciones de Ophinas.
Phina tragó saliva y el corazón le dio un vuelco. Parpadeó varias veces, esperando a asimilar lo que acababa de decirle.
—Lo siento —continuó Patrick—. Llevaba tiempo queriendo hablarte de la operación, pero nunca parecía ser el momento adecuado.
—¿El momento adecuado? ¡No, no, no! —exclamó Phina—. Esa empresa es nuestro legado. No te corresponde a ti venderla —gritó, llevándose ambas manos a la cabeza—. ¿Te das cuenta de lo que has hecho? Has reducido nuestra participación en Ophinas y nos has puesto en peligro.
—No tenía otra opción. Necesitaba ese dinero para conservar mi participación en Sportsmets.
Los ojos de Phina se llenaron de lágrimas mientras apartaba la bandeja de sus piernas y la comida salpicaba toda la cama. —¿Te das cuenta de que, cuando manejas los intereses de otros a la ligera, acabas perjudicando los tuyos?
Patrick la miró desconcertado.
—¡Patrick, explícamelo! —gritó ella—. ¿Cómo has podido hacer algo así? Sabes cuánto he sudado para llevar esta empresa hasta donde está hoy. ¿A quién le has vendido las acciones? ¿A quién se las has vendido? —repitió al ver que él tardaba demasiado en responder.
—A Iris Thompson.
—¿A Lady Thompson? —soltó Phina, respirando con dificultad—. ¿Por eso nos estaba espiando?
—¿Qué quieres decir?
—Sabes perfectamente lo que quiero decir. Isabel ha descubierto que Geoffrey trabajaba para Lady Thompson. Así que de eso iba todo esto. ¿Formabas parte del plan? —preguntó Phina, exasperada.
—En absoluto. ¿Cómo puedes preguntarme eso?
—¿Y por qué no? —preguntó con una risa desdeñosa—. A estas alturas, cualquier cosa es posible —concluyó, alzando las dos manos—. Usaré mis facultades como accionista mayoritaria para revocar esto.
—No puedes.
—¿Por qué no?
—Porque los estatutos de la empresa no te dan autoridad para revocar una decisión así.
—¡Tienes que detener el proceso ahora mismo! —gritó Phina. Estaba sentada en el borde de la cama, respirando con fuerza y con las manos apoyadas en el colchón.