Capítulo 4 Noticias de Montego Bay #2
—¿Rashid? Mi hijo mayor. Le he hablado de él varias veces. No deja de preguntarme cuándo podrá conocerla. Espere, acaba de entrar. Hable con él.
Antes de que Phina pudiera protestar, Chief Gambo le pasó el teléfono a Rashid.
—Hola —oyó decir Phina a Rashid con un acento británico afectado.
—Hola, Rashid. ¿Cómo estás? Me alegro mucho de hablar contigo. Tu padre me ha contado muchas cosas de ti.
—Lo mismo digo. Él también habla maravillas de ti. Phina por aquí, Phina por allá. No se oye otra cosa en esta casa.
—Me ha dicho que acabas de volver. ¿Qué pasará con tu negocio en Dubái? —preguntó Phina, conteniendo una risita.
—Tengo gente que se ocupa de él. También tengo una oficina en el Reino Unido y otra en Estados Unidos. Voy de vez en cuando, pero son mis responsables quienes llevan todo el trabajo.
—Es impresionante.
—Gracias. Tú también me pareces bastante impresionante. Ha sido un placer hablar contigo. Mi padre no deja de insistir en que le devuelva el teléfono. Hablamos otro día.
—¡Ah! Ha sido un placer hablar contigo, Ra…
Antes de que Phina pudiera terminar, oyó a Chief Gambo al otro lado de la línea.
—El muchacho no quería soltar el teléfono. He tenido que decirle que está usted casada.
—Qué gracioso es usted, señor —dijo Phina entre risas.
—¿Cómo está su madre? —continuó Chief Gambo—. Espero que haya empezado a superar la muerte de su padre. La última vez me comentó que le estaba costando mucho sobrellevar la pérdida.
—Hablé con ella el otro día. Está bien.
—¿Solo bien? Intentaré visitarla antes de tomarme unas largas vacaciones en Australia. Estoy pensando en expandir allí mi negocio petrolero.
—No sabía que se dedicara al petróleo.
—Ah. Me dedico a muchas cosas. Aún no conoce todas mis actividades. Me alegra que haya hablado con Rashid. Los dos tienen el mismo instinto para los negocios y la cabeza bien amueblada. Cuando se conozcan en persona, lo entenderá.
—Tengo ganas de conocerlo cuando vuelva a casa por las fiestas.
—Estoy deseando verla entonces.
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Al día siguiente, Phina y Patrick quedaron para cenar en su restaurante indio favorito. La noticia del Inquirer había tensado su relación y Phina esperaba que una velada juntos los ayudara a relajarse. Patrick, encantador como siempre, le cogió las manos y la miró a los ojos en cuanto se sentaron.
—Te he echado de menos —dijo, y Phina sintió que se le encendían las mejillas.
—Yo también te he echado de menos, cariño.
—Esto me recuerda a los viejos tiempos. Nunca pensé que pudiera quererte más de lo que te quería entonces.
Sus palabras despertaron algo en ella. Solo podía pensar en terminar de cenar, correr a casa y hacer el amor con el hombre hermoso que tenía delante.
Se besaron en el asiento trasero mientras el chófer los llevaba por la ciudad, cuyas calles, cubiertas de nieve y adornadas con decoraciones navideñas, formaban un romántico laberinto.
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Cuando llegaron a Hazel House, fueron directos a su dormitorio. Patrick le quitó el bolso a Phina, lo dejó sobre la mesa y, con un movimiento rápido, se la cargó al hombro izquierdo. Deseoso de continuar lo que habían empezado en el coche, le bajó las medias con la mano derecha.
—Espera —suplicó Phina—. Déjame…
Él no hizo caso de sus débiles protestas y caminó deprisa hacia la espaciosa cama. Se sentó en el borde y la acomodó sobre su regazo.
Le quitó los zapatos despacio, con movimientos deliberados, mientras Phina se aferraba a él para mantener el equilibrio. Se inclinó y la besó en los labios. Sin dejar de besarla, la levantó sin esfuerzo y la depositó en la cama.
Se desabrochó la camisa mientras la devoraba con la mirada.
—Espera, deja que lo haga yo —lo oyó susurrar cuando intentó quitarse el vestido por la cabeza.
Ella obedeció y volvió a tumbarse exactamente como él la había dejado. La espera era una tortura, pero, a su juicio, merecía la pena. Cuando él se inclinó sobre ella y la besó, una oleada de excitación la recorrió de arriba abajo. Le sujetó la cabeza con ambas manos y lo atrajo hacia sí.
Patrick la ayudó a quitarse el vestido poco a poco y se detuvo a contemplarla como si quisiera grabar en su memoria cada detalle. Su respiración se volvió irregular cuando la besó otra vez, demorándose ahora en sus labios.
—Nunca dejas de sorprenderme —murmuró con palabras apenas inteligibles.
Antes de que ella pudiera pensar en una respuesta, él la apretó contra su cuerpo y la besó con una urgencia que le reveló cuánto tiempo llevaba esperando aquel momento.
Cuando por fin la soltó, Phina recuperó la voz.
—Siento haberte hecho pasar por tantos disgustos.
—Te quiero, cariño —respondió Patrick—. Siento muchísimo todo lo que ha pasado —añadió con la voz quebrada por la emoción.
A Phina le dio un vuelco el corazón. La dejó desconcertada la manera en que había dicho «todo».
Por miedo a descubrir el sombrío significado que se ocultaba tras sus palabras, decidió pasar por alto el comentario, pero un nudo de temor se le instaló en el estómago.
Últimamente tenía la sensación de que Patrick le ocultaba algo.
Casi siempre parecía absorto en sus pensamientos y, aunque ella lo había achacado a la situación económica, a veces intuía que había mucho más bajo la superficie.
No tenía nada concreto en que basarse. Era solo una corazonada.