Capítulo 2 Cena con Martin
Hazel House se alzaba en lo alto de una colina, rodeada de terrazas, jardines, un césped para jugar al tenis, otro para el bádminton y un huerto de frutales.
Un sendero descendía hasta un lago y, en el extremo norte, había varios invernaderos.
La hermosa casa de piedra dominaba todo el paisaje.
En el interior reinaba el mismo esplendor.
Una gran escalinata dividía la imponente construcción en dos alas.
La parte de la planta baja que daba a la terraza estaba reservada para recibir invitados e incluía un amplio comedor y varios salones.
Cada estancia respondía a un estilo distinto.
Pasar de una a otra producía la ilusión de viajar entre culturas exóticas y regresar después a lo familiar.
Las paredes y el techo de una de ellas estaban adornados con piezas de artesanía y arte africanos.
Las alfombras eran de piel animal y los muebles lucían tallas inspiradas en antiguas terracotas.
Otra estancia era de estilo georgiano, mientras que la contigua era victoriana.
Pese a sus diferencias, los espacios formaban un conjunto armonioso que ofrecía un lujo y una comodidad extraordinarios.
En la segunda planta, un salón de baile ocupaba toda la longitud del ala norte.
En el ala sur se encontraban los dormitorios de invitados y las habitaciones del servicio.
La tercera planta estaba reservada a la familia.
Brigitte disponía de un ala entera, con varias salas de juegos y de estudio, donde recibía clases particulares entre semana.
Dos niñeras compartían aquel espacio con ella.
A Phina y a Patrick les encantaba recibir invitados en Hazel House.
Una vez cruzaban en coche la verja negra de hierro forjado que separaba el jardín delantero de la calle, sus invitados nunca parecían querer marcharse.
La cena de aquella noche se celebraba en honor de unos nuevos amigos y socios de Patrick que habían venido de visita a Londres.
A las siete y cinco llegaron los primeros invitados: lord Macpherson y su esposa, Debra Macpherson.
Tras ellos apareció el duque de Hampshire.
Su esposa había sufrido un pequeño percance aquella misma tarde y, como él no quería cancelar su asistencia ni dejar un sitio vacío en la mesa, acudió con su hermano, Blake Caldwell, miembro de la Cámara de los Comunes.
Blake era alto y de aspecto imponente. Tenía el pelo negro azabache, salpicado de canas prematuras, y un físico que hacía palidecer al de la mayoría.
Varios invitados más llegaron con pocos minutos de diferencia.
Cuatro camareros vestidos de negro y con pajaritas de rayas rojas y azules repartían cócteles y entremeses.
Patrick charló con lord Macpherson y su esposa antes de disculparse para reunirse con Phina, que estaba enfrascada en una conversación con Blake Caldwell.
—Siento lo de su cuñada —empezaba a decir Phina cuando Patrick le pasó una mano por la cintura y la sobresaltó.
—Sí —dijo Blake—. Qué lástima. Seguro que su señoría habría sido mejor compañía esta noche.
—No —respondió Patrick—. No se menosprecie. Es bienvenido en nuestra casa. Su hermano, el duque, nos ha hablado mucho de usted. No me sorprende en absoluto que lo haya traído.
Mientras los dos hombres se conocían mejor, Phina se disculpó para ir a charlar con lord Macpherson. Patrick, por su parte, dio la bienvenida a sus socios. Llamó a Phina con un gesto y le presentó a un hombre de mediana edad y origen próximo-oriental, el señor Yunus.
—Encantada, señor Yunus —dijo Phina, tendiéndole las manos.
—Encantado, señora. Es un placer conocerla. Esta es mi esposa, Azra. La admira muchísimo.
—Para mí también es un placer conocerla. Bienvenida a nuestra casa —dijo Phina con una cálida sonrisa.
—Gracias por invitarnos —respondió Azra. Luego la sorprendió al añadir—: Es usted muy hermosa.
—Muchísimas gracias. Usted también es preciosa —respondió Phina entre risas, cautivada por la atractiva mujer que tenía delante. Nunca había aprendido del todo a aceptar un cumplido.
—Tengo que presentaros al resto de los invitados —dijo Patrick, tomando a Phina de la mano.
—Ha sido un placer conocerla, lady Campbell —dijo Azra.
—El placer ha sido mío.
Mientras caminaban hacia el otro extremo de la sala, Patrick le confió a Phina:
—Yunus es el único heredero de la multimillonaria fortuna petrolera de Dynasty.
—¿De verdad? Es muy humilde. Y su mujer… No hace falta que te diga cuánto me gusta —comentó ella con naturalidad.
—Ya lo sé. Se te ha notado al hablar con ella —dijo él, arqueando las cejas.
Phina captó su mirada y se echó a reír.
Patrick le presentó a Mark Henshaw y a su novia, Susan. Mark era uno de los principales inversores de una nueva producción que Patrick estaba a punto de poner en marcha.
Justo cuando Phina se disponía a disculparse para comprobar el menú, llegó lady Thompson con un elegante vestido de noche negro y su larga y sedosa melena, también negra, cayéndole sobre los hombros.
Iba del brazo de un atractivo caballero de mediana edad al que presentó como Andrew.
Phina se acercó y reparó en la fría mirada de sus hermosos ojos verdes, enmarcados por un rostro de suaves curvas.
La sonrisa irónica que asomaba a sus labios parecía desafiar a cualquiera a cuestionar su elección de acompañante.
Lady Thompson tenía exactamente el mismo aspecto que cuando Phina la conoció, años atrás, y seguía rodeada de aquel mismo aire de misterio.
El negro era su color distintivo. Phina no recordaba haberla visto jamás vestida de otro tono.
—Siento muchísimo llegar tarde —dijo, llevándose una mano al pecho mientras varios invitados se congregaban a su alrededor.
Su voz tenía una musicalidad que hacía que quienes la escuchaban estuvieran pendientes de cada sílaba que salía de su boca.
Phina siempre se maravillaba de aquella dicción impecable.
—No pasa nada —respondió Patrick, extendiendo las manos para darle la bienvenida—. Una entrada tardía, pero con estilo. ¿Un cóctel?
—Nada demasiado fuerte, mon cher . Prefiero conservar la lucidez para más tarde.
Varios invitados se rieron. La llegada de lady Thompson cambió el ambiente.
Ni mucho menos era la persona más importante de la sala, pero sí una figura deslumbrante: la personificación de la elegancia y el estilo.
Phina estaba en deuda con ella por el apoyo que le había prestado en sus proyectos empresariales.
Lady Thompson había sido su mentora cuando Phina aún daba sus primeros pasos como diseñadora de moda.
Y no se había limitado a eso: le proporcionó el capital inicial que necesitaba para su primera colección y también aportó fondos adicionales para la nueva tienda.
Como astuta empresaria, poseía una capacidad poco común para reconocer el talento en bruto.
Su negocio, una prestigiosa agencia de modelos, y su firma de moda no eran sus únicas fuentes de ingresos.
También era heredera de una gran fortuna naviera.
Mientras Phina conocía a Andrew, Patrick tomó de la mano a lady Thompson y se la presentó a un par de invitados que habían manifestado interés en conocerla.
—No puedo evitar pensar que lady Thompson está un poco excesiva esta noche, a pesar de lo que me has contado antes —le susurró Phina a Patrick cuando él regresó a su lado.
—Me alegro por ella. Hace solo unos días estaba organizando una fiesta para celebrar su divorcio.
—Aun así, me molesta un poco esa entrada triunfal, siendo la última invitada en llegar.
—¿Dónde está tu compasión, cariño? —preguntó Patrick—. Ya se ha disculpado. Creo que deberías darle la bienvenida como es debido.
Phina recorrió la sala con la mirada y encontró a lady Thompson charlando con algunos invitados, algo poco habitual en ella, pues normalmente se mantenía apartada. Salvo por aquel leve cambio en su manera de comportarse, parecía encontrarse bien.
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A las siete y media, los invitados ya estaban sentados para el primer plato.
Brigitte se había quedado en su habitación con la niñera; Phina nunca se arriesgaba a que la niña apareciera en sus cenas.
Estas solían comenzar en un ambiente elegante y distendido, pero, a medida que el licor fuerte empezaba a hacer efecto, a menudo terminaban en debates sobre asuntos tan espinosos como la guerra, la delincuencia y los entresijos más turbios de la política. Aquella noche no fue una excepción.
—Nuestro Gobierno no tiene ni idea de lo que hace, ni un solo plan —refunfuñó lady Thompson—.
Los manifestantes solo necesitan que se los escuche.
Usted —añadió, volviéndose hacia Blake— se pasa el tiempo en la Cámara de los Comunes aprobando leyes ridículas e imponiéndoselas a la gente.
¿Cómo vamos a avanzar con semejante incompetencia?
—concluyó, alzando las manos con un gesto teatral.
—¿Y cómo quiere que abordemos las cosas? —replicó Blake. Una lenta sonrisa se extendió por su rostro de facciones escandalosamente bien definidas mientras esquivaba el ataque de lady Thompson y se volvía con elegancia para mirarla de frente.
—Eso no me corresponde decidirlo. Al fin y al cabo, no soy más que una «simple» mujer, pero algo me dice que todos ustedes podrían hacerlo mejor.
—Mi querida Iris, hoy estás muy combativa —la reprendió Patrick en tono juguetón—.
Él no es más que un servidor público que intenta cumplir con su deber de servir a la reina.
Entre nosotros… —Patrick recorrió la mesa con la mirada y dejó pasar un segundo antes de continuar—: Creo que, dadas las circunstancias, la Cámara está haciendo cuanto puede por la ciudadanía.
—Estoy de acuerdo con lady Thompson —intervino Blake—. No somos más que figuras decorativas. Falta visión de Estado. Una buena parte de nuestros proyectos de ley nunca llega a convertirse en ley.