Capítulo 32 El taxi hacia el sur
Abrí la puerta trasera del taxi. El muelle de alambre del asiento chirrió bajo mi peso al sentarme sobre la cuerina negra agrietada. Apoyé el bolso sobre los muslos, preparándome para indicar el destino al chofer, pero la manija de la puerta contraria cedió con un chasquido metálico.
Renzo subió al coche.
Ocupó el asiento derecho con un movimiento seco, recogiendo las piernas para salvar el túnel de transmisión.
Vestía la camisa blanca de lino limpia, con el cuello abrochado hasta el segundo botón, y la campera de cuero oscuro que olía a tabaco rubio y viento de la dársena.
Cerró la puerta tras de sí con un tirón firme que cortó de golpe el murmullo de la vereda.
—A Ezeiza, maestro —dijo al espejo retrovisor, con esa voz baja y rasposa que no admitía preguntas—. Por el Bajo y la Riccheri.
El chofer no se volvió. Engranó la primera velocidad con un crujido de caja y el taxi arrancó sobre los adoquines desnivelados.
En el habitáculo flotaba un olor penetrante a ambientador de pino barato colgado del espejo, mezclado con el cuero sintético recalentado por la calefacción y el rastro amargo de tabaco viejo impregnado en el techo.
Bajé la manivela de mi ventanilla dos centímetros.
Una hendidura de aire templado se coló en el interior, silbando contra el marco metálico y levantando un mechón de pelo sobre mi sien.
Doblamos por Paseo Colón. A esa hora temprana, los colectivos de la línea 29 apenas comenzaban a disputarse los carriles vacíos.
Dejamos atrás las siluetas bajas de los conventillos de San Telmo, los muros ciegos del Parque Lezama y el viaducto oscuro de la autopista 25 de Mayo cortando el cielo hacia Constitución.
Las cúpulas coloniales y los depósitos de ladrillo rojo del puerto fueron perdiendo volumen por el cristal lateral, diluyéndose bajo una resolana pálida y cobriza que el sol naciente proyectaba desde el Río de la Plata.
Renzo miraba hacia adelante. Apoyaba los codos sobre sus rodillas, con las manos juntas entre las piernas. No llevaba reloj en la muñeca izquierda; solo la piel curtida y los nudillos anchos que tantas veces habían marcado el compás en el parqué de Balcarce.
—No tenías que subirte al auto, Renzo —dije en un murmullo que apenas compitió con el zumbido de las cubiertas sobre el pavimento.
—El viaje hasta la pista no termina en la puerta del edificio —repuso él, sin girar el rostro.
El taxi embocó la rampa de acceso a la Autopista Riccheri.
El asfalto se ensanchó en una franja gris continua.
El motor del coche se estabilizó en una marcha monótona mientras la ciudad iba perdiendo su trazado compacto para convertirse en naves industriales dispersas, carteles de desarmaderos y largas hileras de sauces y eucaliptos suburbanos mecidos por el viento matinal.
De pronto, la mano derecha de Renzo se movió.
Cruzó el espacio de cuerina que separaba nuestros cuerpos y se apoyó plana sobre mi rodilla izquierda, cubierta por la tela cruda del pantalón.
No intentó entrelazar sus dedos con los míos ni buscó una caricia clandestina.
Era una presión sólida, pesada y constante.
El calor de su palma me traspasó el lino con la misma contundencia física con la que me había sostenido en el último compás de la milonga.
Sentía cada línea de su piel fijando mi pierna al asiento, absorbiendo cada junta de dilatación que el coche superaba a ochenta kilómetros por hora.
Miré su perfil recortado contra la ventanilla derecha.
Tenía la mandíbula tensa, los ojos fijos en la cinta de asfalto y las aletas de la nariz quietas.
No había drama en sus facciones, ni esa amargura destemplada que suelen exhibir los que se despiden exigiendo consuelo.
Ambos sabíamos que el avión esperaba en la cabecera de pista y que ningún artificio retórico iba a torcer el rumbo de los motores.
Aquel contacto no era una súplica para que me quedara; era un testimonio mudo, la entrega del propio peso antes de que la distancia borrara la materia.
Apoyé mi mano izquierda sobre su muñeca, sintiendo el latido regular y firme de su pulso bajo los tendones.
No pronunciamos una sola palabra durante los siguientes diez kilómetros.
Solo se oía el roce áspero del neumático contra el asfalto frío y el silbido del viento estuarial colándose por la ranura del vidrio.
A través de la arboleda rala que bordeaba las lagunas de Ezeiza comenzó a filtrarse un olor denso a pasto mojado, barro fresco y combustible de aviación quemado a la distancia.
Sobre la curva amplia de la autopista emergió el pórtico metálico de señalización vial. Las letras blancas recortadas sobre el fondo verde brillante anunciaban la bifurcación obligatoria: Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini — Terminal A, 1000 metros.
El taxista estiró el índice de la mano izquierda y bajó la palanca de los giros. El chasquido rítmico del relé eléctrico empezó a golpear el habitáculo con una insistencia sorda. Tic-tac, tic-tac. El coche aminoró la velocidad, inclinándose suavemente hacia el carril de desaceleración.
Sobre mi rodilla, la palma de Renzo aflojó la presión. Retiró los dedos con una lentitud milimétrica, deslizando la piel sobre el tejido hasta devolver la mano a su propio regazo. La ausencia de su peso dejó una mancha fría sobre mi pierna.