Capítulo 31 Regalo sin lazo
A las cinco y media de la mañana, la claridad gris perla del alba comenzaba a recortar los barrotes del balcón.
En la cocina del departamento de la calle Defensa el aire aún conservaba el frescor húmedo que la virazón del sudeste había traído desde el Río de la Plata.
Era un ambiente limpio, despojado de la densidad de la siesta, aunque en el fondo de la estancia flotaba un rastro agrio de ácido acético procedente del baño y el aroma a cera virgen de las tablas del suelo.
La pava de aluminio estaba sobre la hornalla encendida.
El agua se calentaba con un rumor pausado, levantando una columna delgada de vapor hacia el tragaluz.
De espaldas al fuego, repasé por tercera vez las cremalleras metálicas de mi mochila de lona encerada.
Comprobé el pasador del bolsillo lateral, el ajuste de las correas de cuero y el peso del equipaje de cabina apoyado sobre la banqueta.
Mis dedos se movían con una insistencia mecánica, buscando una ocupación práctica para eludir el vacío que dejaba la sala principal desmantelada.
Renzo permanecía de pie junto a la mesada de granito gris. Vestía el pantalón oscuro de corte sastre y la camisa blanca de lino, arremangada con dos vueltas sobre los antebrazos. Apoyaba la cadera contra el canto de la piedra, con los tobillos cruzados y la mirada fija en el fuego azul.
A su izquierda, colgada de una silla de pino, descansaba su campera de cuero castigada por los inviernos del bajo.
Metió la mano derecha en el bolsillo interior de la prenda. Extrajo un bulto plano, cuadrangular, protegido entre dos cartones rígidos atados con un hilo de bramante áspero.
Dio dos pasos hacia la mesa despojada. Con la uña del pulgar aflojó el nudo de cáñamo. El cordel cayó sobre la madera con un chasquido tenue. Separó las dos tapas de cartón y retiró con las yemas de los dedos un pliego de papel de seda vegetal amarilleado por los años.
—Mi viejo lo tenía guardado en una lata de tabaco bajo el aparador —dijo él, con una voz rasposa que no buscaba solemnidad—. Decía que las cosas que de verdad importan no se cuelgan en la pared para que las manoseen los curiosos.
Sobre la seda descansaba una placa fotográfica de vidrio de diez por quince centímetros.
Me acerqué al tablón. Apoyé las yemas en los cantos biselados, cuidando de no rozar la cara emulsionada. Levanté el cristal hacia la claridad fría que entraba por el ventanal.
Las sales de plata, suspendidas en la gelatina seca desde 1940, dibujaban un negativo de una nitidez que me encogió el diafragma. Sobre el fondo oscuro de los muelles de madera de
La Boca, dos figuras quebraban el compás: un hombre con gorra obrera y una mujer de falda oscura giraban en un corte bajo, clandestinos, al margen de cualquier salón elegante.
Los reflejos acerados del agua del Riachuelo quedaban atrapados en el grosor del cristal con una profundidad física, mineral, ajena a la ligereza del acetato moderno.
—Es plata pura sobre vidrio —murmuré, sin apartar los ojos de la imagen.
—Es lo que había antes de que inventaran las postales para turistas —repuso Renzo, mirándome las manos—. Llevátelo. En el galpón de Balcarce las cosas se rompen. Vos sabés cómo guardar un negativo.
Bajé la placa despacio. La deposité en el lecho de seda vegetal y doblé las esquinas del papel con una presión meticulosa. Coloqué los dos cartones de refuerzo y até el bramante, asegurando el lazo con una lazada firme.
Di media vuelta hacia mi mochila. En el compartimento acolchado superior descansaba la Leica M6 con la que viajaría a Alemania para supervisar la muestra de Kreuzberg.
No toqué ese bolsillo. Abrí el cierre inferior y deslicé la mano hasta el fondo del forro de lona.
Retiré la funda de fieltro oscuro donde había custodiado mi segundo cuerpo analógico desde la noche en que desempaqué los chasis en la mesa de roble.
Mis dedos encontraron el metal frío, compacto y pesado de mi primer cuerpo mecánico: la Leica III telemétrica de acero cromado.
Tenía los bordes de latón al descubierto por el desgaste de diez años de trabajo, la montura rígida y el tornillo de avance marcado por mis propias uñas.
Era la máquina con la que aprendí a mirar en las calles de Madrid y con la que encuadré su silueta por primera vez entre los adoquines de Plaza Dorrego.
La extraje de la tela protectora. Caminé hacia la mesada.
Renzo no se movió. Mantuvo los brazos a los costados del torso, observando la pieza de metal pulido. Tomé su mano derecha, le abrí la palma hacia arriba y apoyé el chasis de acero sobre su piel.
El impacto del metal frío contra su palma tibia sonó con un golpe seco.
Renzo curvó los dedos con lentitud, sintiendo el peso muerto del mecanismo.
Pasó la yema del índice por la zapata del telémetro.
Bajó la cabeza unos centímetros, clavando la vista en el cristal del visor óptico.
La pava comenzó a silbar sobre el fuego, un quejido agudo que cortó la quietud de la cocina.
Él tragó saliva; la nuez de Adán se le tensó bajo el cuello abierto de la camisa antes de levantar los ojos oscuros hacia mi rostro.
—Con esto me viste vos, Sofía.
Mantuve los pies firmes sobre el entarimado encerado. No desvié la mirada ni un milímetro.
—Ahora te toca a vos mirar el barrio cuando yo no esté.