Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 30 La última botella de Malbec
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Capítulo 30 La última botella de Malbec

Renzo y yo nos sentamos directamente sobre las tablas, arrimando las espaldas al zócalo blanco descascarillado. El contacto de la madera fría me traspasaba la tela del pantalón de lino.

De su bolsillo sacó una navaja con cachas de asta de ciervo.

Cortó el lacre rojo del cuello de una botella de Malbec con un movimiento circular del pulgar.

Introdujo la espiral en el corcho y tiró hacia arriba; el tapón cedió con un chasquido sordo que resonó en la habitación desierta.

No había copas de cristal fino ni mantel de fiesta.

Sirvió el líquido espeso en dos vasos de vidrio grueso, de culata pesada, llenándolos hasta la mitad.

—Tomá —dijo él, alargando el brazo sin mirarme a los ojos.

El vino era denso, violeta oscuro, casi negro bajo la luz mortecina.

Al dar el primer trago, los taninos ásperos me secaron la lengua con un sabor a ciruela madura y madera encerada.

Renzo bebió un sorbo largo, dejando que el vaso reposara sobre sus muslos mientras apoyaba la nuca contra la pared.

Vestía la misma camisa blanca de hilo con la que había saltado de la tarima en Balcarce, seca ya de sudor pero arrugada en los costados.

—El primer día en Dorrego pensé que eras una tasadora encubierta de la inmobiliaria —soltó en voz baja, con una media sonrisa que le marcó el hoyuelo de la mejilla.

—Y tú me echaste del cordón de la vereda como si fuera una usurpadora —respondí, girando el vaso entre los dedos.

—Te movías con miedo a pisar las juntas de los adoquines. El que tiene miedo al piso termina en el suelo.

—Me enseñaste a apoyar el metatarso.

—Aprendiste sola, Sofía. Yo solo te sostuve la espalda para que no te fueras de bruces.

El aroma del Malbec se mezclaba con el olor a tabaco rubio residual que desprendía su cuello y con ese relente salino que entraba por el balcón entreabierto.

No había reproches sobre la mesa que habíamos compartido en el bodegón, ni menciones a las carpetas con sellos notariales arrojadas sobre la avenida.

Éramos dos cuerpos que habían dejado de negociar el territorio, conscientes de que la lucidez es la única forma de respeto que no envilece la partida.

Me puse de pie sobre las tablas frías.

—Voy por agua a la canilla —dije, sintiendo la boca pastosa por la astringencia del vino.

Caminé hacia el pasillo en sombras que conducía a la cocina. Abrí la espita de metal; el chorro irregular tardó unos segundos en limpiar el sarro del caño. Enjuagué una jarra de cerámica y la llené despacio.

En la sala, Renzo se incorporó con un movimiento elástico, sin hacer crujir una sola junta de madera.

Cruzó el hueco hacia la puerta de entrada.

Se detuvo frente al perchero de pie donde colgaba mi gabardina corta color arena.

Deslizó la mano derecha en el bolsillo de su pantalón, extrajo una vieja ficha metálica del subte porteño —redonda, de bronce oxidado, con la flor grabada en el centro— y la introdujo con sigilo en el bolsillo interior derecho de mi abrigo.

Acarició el tejido un segundo antes de apartar los dedos.

Regresé a la sala sosteniendo la jarra con ambas manos.

Renzo ya no estaba junto al perchero. Me esperaba de pie sobre la alfombra de lana, con las pupilas fijas en mis pasos.

Antes de que pudiera apoyar el barro cocido en el suelo, dio dos zancadas, me retiró el recipiente de las manos con una suavidad firme y lo dejó sobre el entarimado junto a los vasos.

Sus palmas se apoyaron de golpe en los costados de mi cintura.

El calor de sus dedos me traspasó la tela cruda del pantalón.

Tiró de mí hacia adelante hasta anular cualquier distancia.

Mi pecho chocó contra el suyo; sentí el latido duro y acompasado de su caja torácica, despojado de la rabia que lo había consumido en el galpón.

Renzo levantó la mano derecha, apartó el cuello de mi camisa de lino hacia un lado y hundió la boca en el nacimiento de mi hombro.

Sus labios quemaban sobre mi piel fría. Fue un beso lento, áspero por la sombra de su barba de dos días, una presión deliberada que me subió por la nuca en un estremecimiento seco.

No había prisa de amantes clandestinos ni la urgencia histérica de quien intenta comprar el perdón.

Me rodeó con ambos brazos, alzándome apenas unos centímetros para trasladar el peso hacia la alfombra.

Nos dejamos caer sobre la lana limpia.

El ventilador de techo giraba en lo alto con una pereza mansa, cortando el haz azulado que entraba por las maderas.

Nos buscamos en la penumbra con una entrega desprovista de artificio: la fricción de los cuerpos cansados, el roce áspero de sus palmas sobre mis caderas y la respiración compartida que iba templando el aire del cuarto.

No pronunciamos promesas de reencuentro ni juramentos vacíos; cada caricia era un acto de clausura, una forma de grabarse la anatomía del otro antes de que la memoria tuviera que sostenerse solo con sombras sobre papel baritado.

Quedamos tendidos de costado sobre el suelo desmantelado.

Tenía la espalda pegada a su pecho y su brazo izquierdo rodeándome el abdomen, con los dedos entrelazados a los míos sobre el lino. La piel se nos iba enfriando al contacto con la corriente que subía del río. Podía oír el paso pausado de su aire entrando y saliendo contra mi omóplato.

A lo lejos, quebrando el rumor del viento en las celosías, el campanario de bronce de la iglesia de San Pedro Telmo soltó cuatro campanadas sordas. Don, don, don, don.

El eco metálico rodó sobre los techos de San Telmo y se apagó en la nada. Cuatro de la mañana. El reloj de la ciudad seguía corriendo y no pensaba conceder un solo minuto de tregua.