Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 29 El giro final
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Capítulo 29 El giro final

El bandoneón sostuvo una nota aguda, suspendida en el aire caliente como un alambre tenso a punto de romperse.

En el galpón de Balcarce, las más de doscientas personas contuvieron el aliento al unísono, apagando el murmullo de los vasos plásticos y el roce de los abanicos de papel.

El silencio se volvió un peso físico en el centro del pecho.

Sobre la tarima de tablas crudas, la bombilla desnuda proyectaba una luz amarillenta y fija que recortaba el perfil de Renzo y Mariana contra el envigado de chapa.

Renzo marcó el último compás quebrado con una violencia milimétrica.

Sus pies dibujaron dos cortes secos sobre la madera encerada, rozando las tablas con un chasquido áspero de lija gruesa.

Condujo a Mariana hacia atrás en un cruce limpio, sosteniendo el cuerpo de su compañera con la rigidez de su brazo derecho para que el tobillo vendado no tuviera que soportar el peso de la caída.

No miró los zapatos. No buscó los ojos de los viejos milongueros apostados en primera fila ni el gesto adusto de don Anselmo junto al pilar de quebracho.

Toda la inclinación de su torso, el ángulo tenso de su mandíbula y la fuerza de su zancada estaban volcados hacia la penumbra del fondo, en línea recta hacia la chapa ondulada donde yo mantenía la espalda apoyada contra el metal tibio.

El Doble A cerró el fuelle con un golpe seco de madera y aire.

Renzo clavó los talones en el borde exacto del entarimado, frenando la inercia con el torso combado hacia adelante. Extendió el brazo izquierdo en una diagonal baja, abriendo la palma hacia la oscuridad del salón, justo en la dirección donde mis manos permanecían quietas sobre la lona de la bolsa.

Durante un segundo interminable no se oyó nada más que el resuello bronco de los dos bailarines.

Luego, la sala se vino abajo.

Hombres y mujeres se pusieron de pie sobre las banquetas y los cajones de fruta volcados. Los aplausos retumbaron contra el techo de cinc como una granizada de verano, acompañados por los silbidos y los gritos de los vecinos que saltaban hacia la tarima.

La vibración de los tablones subía por el suelo de tierra y me sacudía los tobillos.

Una marea de camisas empapadas, espaldas sudorosas y manos encallecidas cercó a los músicos, tapando la luz directa de las bombillas.

Don Anselmo levantó el fuelle en alto, sonriendo con los pocos dientes que le quedaban entre las felicitaciones de los muchachos de la mutual.

Renzo no se quedó a recibir los abrazos.

Soltó a Mariana, dejándola en brazos de dos veteranos que la ayudaron a descender con cuidado, y dio un salto limpio desde la orilla del entarimado hasta el suelo de tierra batida.

Cortó la multitud como una cuña de hierro.

No devolvió una sola palmada en la espalda; no desvió los ojos hacia los vecinos que intentaban estrecharle la mano ni respondió al clamor que coreaba el nombre del club.

Caminaba con la camisa blanca desabrochada hasta la mitad del pecho, transparente de transpiración, y la mirada fija en el hueco oscuro de la pared lateral.

Me enderecé de golpe, separando los omóplatos de la chapa.

El pulso me golpeaba la garganta con la misma cadencia sincopada del tango.

Quise agacharme a recoger la correa de la bolsa para acomodarla al hombro, pero sus pasos devoraron los diez metros de distancia antes de que pudiera doblar las rodillas.

Renzo me rodeó el antebrazo izquierdo con cinco dedos de fuego.

La presión fue seca, directa, sin titubeos.

Sentí la piel áspera de sus callosidades clavándose en mis tendones, transmitiéndome el temblor muscular de quien acaba de vaciarse el cuerpo entero sobre un escenario.

Olía a laca de violín recalentada, a cera de parafina quemada, al tabaco rubio pegado a su cuello y a ese sudor limpio y salino que le corría en hilos transparentes por la comisura de la mandíbula.

El torrente de vecinos comenzaba a empujar hacia la salida principal, atascando el portón de madera con botellas de vino vacías y banderas de la asamblea.

Por la rendija del fondo, la virazón del viento traía una corriente fresca y limpia desde el estuario, cortando el bochorno de la sala con un presagio de rocío fluvial.

—Renzo, te están llamando para hablar —alcancé a decir, señalando con la barbilla hacia el tumulto donde don Anselmo buscaba su silueta con la boina en la mano.

Él no giró la cabeza. Apretó el agarre de sus dedos un milímetro más, obligándome a dar un paso al frente hasta que mi hombro chocó contra la dureza de sus costillas.

Sus pupilas oscuras, dilatadas por la falta de aire, me miraron desde una distancia tan corta que sentí el calor húmedo de su boca rozándome la sien.

—Que hablen ellos —soltó con una voz rasposa, quebrada por el esfuerzo, empujando con el pie la plancha suelta de la salida de emergencia hacia el callejón oscuro—. Vámonos de acá ahora mismo.