Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 28 El telón de chapa
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Capítulo 28 El telón de chapa

El bochorno de las diez de la noche convertía la calle Balcarce en una trinchera viva de sudor y madera caliente.

Las veredas estrechas no daban abasto; más de doscientas personas se apretujaban entre el portal clausurado de El Rincón —cuyas cadenas policiales aún colgaban inmóviles bajo el precinto judicial— y el portón abierto del galpón de la sociedad de fomento vecinal.

Los adoquines aún devolvían el calor acumulado tras la jornada de sol blanco.

En la entrada del tinglado, varias guirnaldas de bombillas incandescentes desnudas oscilaban al compás de una corriente pesada que subía desde el puerto, tiñendo las cabezas de una claridad amarillenta y cruda.

Olía a viruta de pino recalentada, a tabaco negro, a polvo en suspensión y a ese aroma dulzón y áspero del vino de damajuana servido en vasos de plástico transparente.

Me abrí paso pegada a las chapas onduladas del lateral. La tela áspera de la bandolera de lona me tiraba del hombro izquierdo, frotando la clavícula con cada avance entre la multitud de vecinos, muchachos de la mutual y veteranos que sostenían sus fundas de bandoneón entre las piernas.

Me detuve en el rincón más sombrío del fondo, justo donde la chapa se curvaba dejando una rendija hacia la noche abierta. El metal ardía al tacto bajo la palma de mi mano.

El mecanismo de avance, el visor telemétrico, las sales de plata que tantas veces me habían servido de trinchera para ordenar el caos del mundo sin tener que tocarlo.

La extraje hasta la mitad. La luz de una bombilla cercana arrancó un destello al bisel cromado del objetivo. Tenía la tapa de plástico puesta.

Apoyé la yema del pulgar en la pestaña de la tapa para liberarla.

Me quedé inmóvil. Alrededor, las conversaciones bajas formaban un rumor continuo: hablaban del plazo judicial que vencía al amanecer, de los camiones de la constructora apostados en Paseo Colón, de los abogados que no respondían los llamados.

Si encuadraba, convertía su vigilia en una composición baritada para las paredes blancas de Kreuzberg. Si disparaba, volvía a ser la extranjera que se resguarda tras un cristal óptico para no sangrar con el resto.

Empujé la cámara hacia abajo. La deslicé hasta el fondo oscuro de la bolsa de lona y corrí la cremallera con un chasquido firme. Dejé caer la correa sobre el suelo de tablas. Mis manos quedaron vacías. Por primera vez desde que aterricé en Buenos Aires, me despojaba de la coraza.

—No trajiste la máquina lista, gallega —murmuró una voz cascada a mi derecha.

Giré la cabeza. Don Anselmo estaba apoyado contra un pilar de quebracho, con la boina gris ladeada y las manos metidas en los bolsillos del chaleco.

—Está guardada, don Anselmo —respondí, sintiendo el aire espeso llenarme la garganta.

El viejo luthier soltó un bufido breve que movió sus bigotes amarillentos por la nicotina.

—Mejor —dijo, clavando la vista al frente—. Hay cosas que si no se guardan en el lomo, no sirven para nada.

Un rumor seco recorrió el galpón. La multitud se replegó hacia los costados, abriendo un pasillo angosto entre las tablas desparejas.

Renzo subió al entarimado improvisado.

Llevaba un pantalón oscuro de corte recto y una camisa blanca de hilo fino con las mangas dobladas en los antebrazos.

La tela, abierta en el cuello, dejaba al descubierto la tirantez de sus clavículas.

Caminaba con esa economía de pasos que no desperdicia un milímetro de fricción, midiendo la flexión de las maderas con la planta de sus zapatos de baile.

A su lado, Mariana avanzaba con la espalda erguida.

Llevaba el zapato derecho abrochado sobre el vendaje adhesivo que le cubría el tobillo, disimulando la rigidez de la articulación con una altivez ensayada mil veces en la penumbra.

No hubo discursos ni presentaciones. Los tres músicos sentados en el rincón no esperaron una señal.

Las dos guitarras criollas rasguearon un compás sordo, marcando el pulso con golpes secos sobre la madera de las cajas armónicas.

De inmediato, el Doble A de don Anselmo —rescatado del sótano antes de que echaran el candado— soltó un gemido bronco, crudo, sin micrófonos ni cables que amortiguaran la herida del metal.

Renzo se plantó frente a Mariana. Levantó el brazo izquierdo en escuadra y le cerró la espalda con la palma de la mano derecha. El pecho de ambos chocó con un impacto mudo que silenció la sala por completo.

Arrancaron hacia atrás.

El sonido de las suelas raspando el pino sin cepillar era un quejido áspero que cortaba el aire caliente. Sin la cámara delante, el movimiento se me clavó directo en el esternón.

No había distancia focal, ni profundidad de campo, ni balance de blancos.

Estaba la transpiración espesa que brillaba en las sienes de Renzo; el modo en que sus costillas se abrían buscando aire; la tensión salvaje de sus omóplatos sosteniendo el peso de Mariana en cada quiebre para que el ligamento dañado no tocara el fondo del abismo.

Bailaban con una ferocidad despojada de artificio, mordiendo el suelo como si cada compás fuera una barricada levantada contra el desalojo del barrio y contra el reloj que corría en mi pasaje.

Apreté los puños contra los costados de mis muslos. La tela de mi pantalón de lino estaba empapada en las costuras. Renzo guió a su compañera en un giro cerrado, frenó la inercia con los talones clavados a medio centímetro de la orilla de la tarima y quebró la cintura en un ángulo seco.

La respiración de los dos bailarines se escuchaba desde el fondo del galpón, un jadeo denso que competía con la síncopa de las cuerdas.

El bandoneón trepó hacia una escala disonante, acelerando el tiempo en una carrera rabiosa hacia el final de la pieza.

Renzo marcó un contratiempo feroz. Hizo girar a Mariana sobre su metatarso sano y detuvo el impulso en el borde extremo del entarimado, con la suela de su zapato izquierdo asomando sobre el vacío del suelo de tierra.

No bajó la cabeza. No buscó el rostro de Mariana ni la respiración de los músicos.

Con el torso combado hacia adelante y los tendones del cuello hinchados por el esfuerzo, alzó la vista.

Sus pupilas oscuras, dilatadas bajo el resplandor tembloroso de las bombillas desnudas, atravesaron la multitud congregada en el galpón y se clavaron en el rincón exacto de la chapa donde yo permanecía inmóvil, con las manos vacías y el pecho ardiendo.