Capítulo 27 La víspera del estreno final
El galpón de la sociedad de fomento olía a madera de pino sin cepillar, a la humedad espesa que remontaba desde el bajo de Paseo Colón y al polvo blanquecino de la resina esparcida sobre las tablas para no patinar.
Eran las diez de la noche de un jueves espeso.
Arriba, en el envigado de chapa acanalada, dos tubos fluorescentes zumbaban con un parpadeo frío y regular que bañaba la pista improvisada de una luz lechosa.
A través de las hendiduras del portón entraba una corriente templada del este, cargada del olor a cieno y fuel que arrastraba el viento del río.
Habían pasado nueve días desde el atardecer en la azotea de Defensa.
Nueve jornadas de vigilia sorda, viendo a don Anselmo aplicar compresas de hielo y alcohol alcanforado sobre el maléolo de Mariana mientras el calendario de mi libreta Moleskine se llenaba de cruces a lápiz.
Cada tachadura sobre el papel marcaba una sangría silenciosa en el tiempo: las fechas del fiduciario se cumplían sin tregua, los carteles del juzgado seguían firmes sobre la cancela precintada del club en Balcarce y las horas de mi billete de regreso caían como arena seca entre los dedos.
En la esquina derecha, junto a una hilera de sillas plegables apiladas, tres músicos afinaban sus instrumentos.
Don Anselmo sostenía el Doble A sobre los muslos, abriendo y cerrando el fuelle en soplidos cortos que despedían un olor seco a cuero viejo y madera lustrada; a su lado, un muchacho de chaleco descolorido pasaba la yema del pulgar por las cuerdas de una guitarra criolla, buscando el temple exacto de los bordones.
Ni una hora más, ni una prórroga sobre el asfalto porteño.
En el centro del salón, Mariana ajustó la hebilla de su zapato de práctica de taco bajo.
Llevaba el tobillo derecho sellado por un vendaje funcional adhesivo color carne, grueso y rígido, que le asomaba por encima de la media.
Al apoyar el metatarso en el suelo, una contracción involuntaria le tensó los tendones del cuello, pero no emitió un solo quejido.
El olor penetrante del linimento alcanforado subía desde la articulación vendada, mezclándose con la transpiración limpia del esfuerzo previo.
Renzo dio dos pasos hacia ella.
Vestía un pantalón negro de corte sastre y una camisa blanca de hilo con las mangas arremangadas sobre los antebrazos. Tenía la mandíbula apretada y el pelo oscuro revuelto por el relente nocturno.
Se detuvo a medio palmo de su compañera, extendió el brazo izquierdo en el ángulo exacto del abrazo y apoyó la palma derecha en el centro de su espalda.
—No cargues el peso en el talón al salir del ocho —dijo él, en un tono bajo que no buscaba consuelo, sino la supervivencia milimétrica del movimiento—. Si el eje se te va a la derecha, te sostengo yo con las costillas.
Mariana asintió con un parpadeo seco. Apoyó la mano en el hombro de Renzo y exhaló despacio.
—Marcá, Renzo —respondió ella—. La pierna aguanta.
Don Anselmo atacó el primer compás.
El fuelle soltó un acorde menor, bronco y contenido, seguido por el rasgueo seco de la guitarra.
La pareja arrancó hacia atrás. No había la elegancia complaciente de las postales de salón que los marchantes pretendían comprar en París; era una marcha pesada, una lucha cuerpo a cuerpo contra la precariedad de las tablas desniveladas y el dolor sordo de la carne lesionada.
Renzo absorbía el balanceo con una flexión milimétrica de las rodillas, guiando el cuerpo de Mariana con una severidad que no admitía adornos.
Cada cruce de piernas sobre el pino rozaba la madera con un sonido áspero, como de cuchillo raspando una piedra de afilar.
Apreté los dedos sobre la montura fría de la Leica. La lente permanecía ciega bajo la tapa plástica.
No la levanté. No busqué el visor para interponer el cristal entre mis ojos y la furia descarnada con la que él marcaba el compás.
Había pasado semanas resguardándome tras la velocidad de obturación y las sales de plata, creyendo que registrar la resistencia ajena me absolvía de formar parte del naufragio.
Pero esa noche la danza no pedía archivo; exigía la presencia desnuda de quien asiste a su propia despedida sin derecho a desviar la cara.
Los músicos aceleraron la síncopa.
La guitarra castigó las cuerdas graves con un golpe seco de nudillo sobre la tapa armónica. Renzo quebró la trayectoria en diagonal, frenando la inercia con una violencia tan limpia que el vendaje de Mariana crujió contra el cuero del zapato.
La respiración de ambos se volvió un jadeo continuo que tapaba el zumbido de los tubos fluorescentes. La camisa blanca de Renzo se oscureció de sudor a lo largo de la columna vertebral, pegándosele a los omóplatos con cada giro en el aire.
Era un pulso físico contra la clausura del local, contra las retroexcavadoras que aguardaban el viernes al final de la calle y contra las cuarenta y ocho horas que marcaban mi partida.
Bailaba con la desesperación de quien levanta una barricada sabiendo que no quedará piedra sobre piedra al amanecer.
El Doble A se abrió al máximo, estirando las lengüetas de zinc hasta un acorde disonante que rasgó el aire del galpón.
Renzo clavó los dos talones en la junta de dos tablas. Cortó el movimiento en seco. Dejó caer la frente sobre el hombro de Mariana para amortiguar el impacto de la frenada. El cuerpo de la bailarina tembló, sostenido únicamente por el brazo de hierro que la rodeaba por la cintura.
Pero Renzo no miró el pie vendado de su socia. Tampoco buscó la aprobación de don Anselmo en el rincón. Alzó la cabeza despacio.
Sus ojos oscuros, dilatados por la falta de aire y brillantes por el sudor que le corría por las sienes, cruzaron los diez metros de penumbra en línea recta y se clavaron en los míos con una intensidad absoluta.
No había reproche en su mirada; no quedaba rastro del cinismo con el que me había arrojado la carpeta en la avenida.
Era una entrega muda, total y despojada de artificio.
Me estaba entregando su danza como quien entrega un testamento sobre un suelo condenado.
Los fuelles se cerraron con un suspiro asmático.
El silencio en el galpón cayó de golpe, pesado y espeso, roto únicamente por el resuello entrecortado de Renzo batiendo contra el calor estancado de la noche.
Ninguno de los dos apartó los ojos. Mantuve la espalda recta contra el chasis de la banqueta, sintiendo la aspereza del lino bajo las yemas de mis dedos inmóviles y la certeza implacable de que mañana por la noche, sobre el asfalto de Balcarce, tendría lugar la función definitiva.