Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 26 La tregua del balcón
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Capítulo 26 La tregua del balcón

A las siete de la tarde, el aire de San Telmo comenzaba a lavarse del bochorno espeso que había aplastado las calles durante la siesta.

Subí el último tramo de la escalera de caracol metálica que conducía a la azotea transitable del edificio de la calle Defensa.

Los peldaños de hierro forjado, tibios por el castigo del sol que acababa de ceder, vibraban bajo las suelas de mis sandalias.

Arriba, el cielo se abría en una bóveda limpia, combada en tonos anaranjados y violetas sobre el perfil quebrado de los tejados coloniales, las cúpulas de teja musgosa de San Pedro Telmo y el brillo acerado, casi inmóvil, del Río de la Plata en el horizonte oriental.

Una cuerda de tender de cáñamo cruzaba el espacio entre dos muretes de caliza viva.

En ella, sujetas con pinzas de madera de resorte débil, colgaban las tres tiras de película fotográfica de grano fino que había lavado con agua destilada antes de bajar al bodegón.

La brisa fresca que remontaba desde el puerto mecía el celuloide con un temblor suave, produciendo un chasquido rítmico que recordaba al roce de dos hojas secas.

Me acerqué al muro perimetral. El olor a cal recalentada se mezclaba con el hollín lejano de las chimeneas de la dársena sur y el rastro a jabón blanco neutro que todavía desprendían las sábanas tendidas por las vecinas en el rincón opuesto.

Levanté los brazos para soltar la primera pinza del extremo izquierdo.

Un paso metálico resonó a mi espalda.

Renzo emergió por el vano de la escalera.

No traía la aspereza trabada con la que me había exigido que me quedara sobre el hule de Carlos Calvo.

Caminaba despacio, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón negro de lana y la camisa de hilo abierta en la garganta.

Se detuvo a medio metro de mi hombro, apoyando los antebrazos sobre la barandilla de hierro oxidado para contemplar el descenso del sol tras los campanarios.

El viento le desordenó el pelo oscuro sobre la frente.

—Si las dejás cinco minutos más, el salitre del río se te pega a la emulsión —dijo él, sin volverse hacia mí.

—Estaban húmedas todavía cuando salimos al café —respondí, bajando los brazos para mirarlo de perfil.

—Ahora ya tienen cuerpo.

Se irguió con esa soltura elástica que amortiguaba el peso de sus pasos sobre las baldosas rojas de la azotea.

Levantó las manos.

Con un cuidado meticuloso, desprovisto de torpeza, colocó las yemas de sus dedos pulgar e índice en los márgenes dentados de la tira superior, evitando tocar la franja central donde descansaban los fotogramas revelados.

Sostuvo la película en el aire mientras yo retiraba las dos pinzas que la apresaban.

La luz ámbar del poniente atravesó el triacetato, proyectando sombras diminutas sobre los tendones de su muñeca.

—Acá está el giro de Mariana antes del tropiezo —murmuró, examinando el encuadre en miniatura al trasluz.

—Y el tuyo contra el espejo —añadí.

—Salí torcido.

—Saliste entero, Renzo.

Descolgamos la segunda y la tercera tira en un acuerdo silencioso.

El roce accidental de mis nudillos contra los suyos ya no detonaba esa chispa defensiva que nos había hecho retroceder en el sótano; era una fricción tibia, calmada, templada por la certeza compartida de que los plazos se estaban consumiendo sin posibilidad de prórroga.

Enrollé el negativo con lentitud, lo aseguré con una gomilla elástica y lo guardé en el bolsillo de mi camisa de lino.

Una ráfaga más intensa llegó desde el canal, cargada de humedad fluvial y frío temprano. Me apartó el pelo de la cara y me erizó la piel desnuda de los brazos. Di un paso involuntario hacia la barandilla, buscando el resguardo de la mampostería.

Renzo no se movió de su sitio, pero dio medio paso hacia adelante.

Se colocó exactamente a mi espalda.

Deslizó ambos brazos alrededor de mi cintura con un movimiento pausado, firme, envolviéndome en el calor macizo de su torso. Sus manos se cruzaron sobre mi vientre, apoyando las palmas abiertas sobre el lino arrugado de mi camisa.

Luego inclinó la cabeza y acomodó la barbilla en el hueco de mi hombro derecho. Su piel ardía contra la mía; el aliento tibio de su respiración me acariciaba la base del cuello con una cadencia regular, despojada de cualquier exigencia o urgencia carnal. Era un puerto seguro en medio del viento.

Apoyé la nuca contra su clavícula, sintiendo el latido sordo de su pecho amortiguado por la tela.

Dejé caer los párpados. La ciudad entera parecía murmurar bajo nuestros pies: el traqueteo lejano de un tranvía en la avenida Paseo Colón, el ulular de un remolcador maniobrando en el muelle de Puerto Madero y los primeros faroles de gas encendiéndose en los callejones empedrados.

No había reproches. Tampoco había mentiras.

Apreté los dedos sobre las manos de Renzo que me sujetaban la cintura.

—No me voy a quedar, Renzo —dije en un murmullo que se fundió con la brisa del estuario.

La frase no abrió una herida; solo nombró el mapa que ambos conocíamos desde el primer disparo de la cámara en Plaza Dorrego.

Renzo no apartó los brazos. Sus dedos se cerraron sobre mis caderas con una presión lenta, profunda, comprimiendo el espacio entre nuestras ropas un milímetro más. Noté el roce áspero de su mandíbula deslizándose por la curva de mi oreja antes de que su voz me rozara la piel en un hilo de sombra:

—Ya lo sé, gallega. Pero esta noche todavía es nuestra.