Capítulo 25 El café de los Recuerdos
El piso de mosaico hidráulico, gastado por décadas de suelas y arrastre de sillas, devolvía un dibujo borroso de rombos ocres y negros bajo las mesas desparejas.
Eran las dos de la tarde en la esquina de Carlos Calvo y Perú.
La resolana caía pesada sobre el vano de la puerta de dos hojas, proyectando una franja de resplandor blanco que moría a medio metro del mostrador de madera oscura.
En el fondo del salón, dos ventiladores de tres aspas batían el aire con un zumbido áspero y constante, inútiles frente al bochorno estancado de la siesta.
Olía a aceite de oliva frito con ajos, al regusto ácido del vino tinto servido en un pingüino de cerámica blanca y a la madera vieja de las boiseries recalentadas por el verano.
Don Anselmo se había quedado en el taller del pasaje San Lorenzo tras el episodio en Retiro; nosotros habíamos caminado en silencio las diez cuadras que separaban la avenida de este rincón bajo de San Telmo.
Nos sentamos en una mesa esquinera cubierta por un hule a cuadros descolorido en las costuras.
Renzo apoyó el codo en el borde de la mesa y presionó la palanca del sifón.
El chorro de soda gasificada rompió en el fondo del vaso grueso con un siseo violento, salpicando diminutas gotas sobre el plástico del mantel. Dejó el recipiente en el centro, tomó un trago largo y dejó que el hielo tintineara contra el vidrio.
—No tenías por qué ir a buscarme a esa torre —dijo en un murmullo bajo, con la voz templada por una aspereza que ya no buscaba herir.
—Tenía que ver cómo terminaba la comedia —respondí, apoyando los antebrazos sobre la mesa para sostenerle la mirada—.
Te ofrecieron una salida real. Podrías haber viajado con toda la compañía.
Podrías haber llevado el tango de Balcarce a salas que pagan en divisa fuerte.
Pero preferiste tirar la carpeta al suelo como si fuera una ofensa.
Renzo bajó los ojos al vaso de soda y trazó un círculo en el hule con la base húmeda.
—Vender la llave del sótano a cambio de seis meses de aplausos en el extranjero no es una salida, Sofía.
Es una capitulación con moño. Si yo firmo ese papel, la semana que viene entran con las retroexcavadoras a levantar el parqué que Don Anselmo cuidó cuarenta años.
Los pibes del conventillo se quedan en la calle y los viejos no tienen dónde tomarse una ginebra un domingo.
¿Y qué les digo yo desde un hotel de tres estrellas en Berlín? ¿Que lo hice por el arte?
—El arte no sobrevive debajo de los escombros de un edificio demolido —repliqué con sequedad, sintiendo la garganta tirante por el calor—.
Te estás inmolando por un metro cuadrado de calicanto.
Tu cerrazón roza el fanatismo, Renzo. Creés que la única pureza consiste en esperar a que venga la policía a sacarte a patadas.
El tango mutó diez veces para seguir vivo; si no aceptas que el mundo cambió, te vas a quedar solo con tus fantasmas en una vereda vacía.
Renzo dejó de girar el vaso. Levantó la vista despacio. No había rastro del desprecio con el que me había arrojado la carpeta en Libertador; sus pupilas oscuras estaban desnudas, fijas en las mías con una fijeza tranquila que desarmaba cualquier argumento lógico.
—Para vos la libertad es un pasaje abierto y una valija liviana —soltó con calma, arrastrando las palabras con esa cadencia pausada que llenaba el hueco entre los dos—.
Podés irte mañana a Tokio o a París porque tu mirada no echa raíces en ningún rincón.
Mirás desde atrás del vidrio. Sacás la foto, cobrás la beca y te vas antes de que el invierno se ponga feo.
Para mí la libertad es saber exactamente qué baldosa estoy pisando.
Si yo no sé por qué apoyo el talón acá, en esta esquina y no en otra, mis pasos son una mentira de catálogo.
No me pidas que aplauda un exilio comprado con la entrega de mi gente.
Apreté los labios. La luz que entraba por la puerta recortaba las arrugas finas en torno a sus ojos, el cansancio acumulado tras la noche en vela ensayando a oscuras y esa coherencia intratable que lo condenaba al aislamiento.
Quise rebatirle con cifras, con los plazos judiciales de la clausura o con la llamada de Clara, pero las palabras se me deshicieron en la boca. Su verdad era un bloque de piedra contra el que cualquier razonamiento europeo se estrellaba sin hacer mella.
El ventilador dio un chirrido metálico en lo alto.
Estiré la mano derecha sobre el hule gastado.
Mis dedos buscaron la mano izquierda de Renzo, que descansaba abierta junto al plato intonso.
Le rodeé los nudillos ásperos, notando la piel caliente y las durezas que el trabajo diario le había grabado en la palma.
Apreté con fuerza, renunciando por primera vez en todo el viaje a la distancia protectora del visor.
—No quiero volver a Madrid sin esto —dije en un susurro áspero que me quemó el pecho—. Me aterra subirme a ese avión y comprobar que después de vos ya no sé cómo enfocar nada.
Renzo no retiró los dedos. Mantuvo la palma inmóvil durante dos segundos, sintiendo la presión de mi agarre, y luego la giró hacia arriba con una lentitud deliberada.
Deslizó sus dedos entre los míos hasta cerrarlos en un nudo firme, entrelazando nuestras manos sobre el mantel a cuadros con una posesión que no admitía retirada.
Inclinó el torso sobre la mesa, acortando el espacio hasta que su respiración templada rozó la comisura de mis labios.
—Entonces quedate, Sofía —murmuró con una gravedad que paralizó el zumbido de la sala—. Quedate acá y peleala conmigo.