Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 24 La propuesta trampa
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Capítulo 24 La propuesta trampa

El aire acondicionado del piso catorce funcionaba como un bloque de hielo seco.

A través de la pared de cristal doble, la Avenida del Libertador se extendía como una cinta gris de asfalto recalentado donde los techos de los automóviles reverberaban bajo un sol plano y metálico.

En el interior del despacho de la firma inmobiliaria no corría una sola mota de polvo; todo olía a moqueta sintética recién aspirada, a papel satinado y al amoníaco con el que limpiaban los ventanales para borrar cualquier huella del exterior.

El apoderado legal, un hombre de mandíbula rasurada y traje de alpaca azul marino, deslizó una carpeta de cartulina negra sobre la superficie de nogal pulido.

—Es una salida razonable para todas las partes, señor Mansilla —dijo el abogado, apoyando las puntas de los dedos sobre el escudo dorado de la portada—.

El fondo fiduciario no tiene ningún interés en prolongar un desalojo ruidoso en San Telmo.

Nuestro consorcio inversor cuenta con convenios de patrocinio cultural en Europa, y la dirección prefiere reconvertir el conflicto en un programa de mecenazgo antes que desgastarse en los juzgados.

Por eso mismo, la propuesta contempla la financiación completa de una gira de seis meses para la compañía estable de Balcarce.

Renzo permanecía sentado en un sillón giratorio de cuero blanco, con los pies paralelos y las palmas apoyadas de plano sobre sus rodillas.

Llevaba la camisa blanca de lino con el cuello cerrado y un pantalón negro de lana fría.

A su lado, don Anselmo sostenía su boina entre las manos nudosas, con la mirada clavada en la moldura del zócalo para no enfrentar el brillo de las pantallas que parpadeaban en el fondo de la sala.

—¿Una gira? —preguntó Renzo. Su voz, baja y áspera, cortó el zumbido del climatizador.

—Seis meses con dietas, teatros de circuito en París, Roma y dos residencias artísticas concertadas por nuestros socios internacionales —continuó el letrado, pasando la primera hoja con un chasquido limpio de papel moneda—.

Tres semanas en Berlín, en la sala de la Potsdamer Platz, y cierre de temporada en los Teatros del Canal, en Madrid.

Pasajes cubiertos, visados de trabajo para diez integrantes y un adelanto en moneda dura al momento de firmar la entrega voluntaria de las llaves.

El silencio que siguió a la enumeración de las ciudades cayó como una losa de plomo sobre la mesa.

Berlín. Madrid. El itinerario exacto que trazaba el documento doblado que yo guardaba en el bolsillo.

Don Anselmo levantó los ojos un segundo; miró el perfil tenso de su ahijado artístico y luego bajó la vista hacia el cuero de sus propias zapatillas gastadas.

No abrió la boca. El anciano sabía que aceptar aquel contrato equivalía a comprar un exilio dorado a cambio de entregar la madera centenaria del club a las palas mecánicas de la constructora.

Convertir la resistencia del barrio en un producto de exportación dócil, diseñado para entretener al mismo público que pagaba catálogos brillantes mientras los conventillos se vaciaban de familias.

Renzo no alargó la mano hacia el documento. No leyó las cláusulas de rescisión ni los ceros del anticipo. Se puso de pie con una lentitud elástica, clavando los talones en la moqueta con la misma firmeza con la que frenaba los quiebres sobre los adoquines calientes.

—Usted no entiende nada de lo que pasa en Balcarce, doctor —soltó Renzo, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón sin desviar los ojos de la corbata del apoderado—.

Los viejos que vienen a tomar ginebra a mi salón no necesitan aplausos en Madrid.

Necesitan que no les roben la vereda donde aprendieron a caminar.

La dignidad de esta gente no se permuta por un pasaje de avión ni por una propina de su directorio.

—Si no firman antes del viernes, el desalojo definitivo se ejecuta por la fuerza pública —advirtió el abogado, perdiendo la cadencia diplomática mientras recogía la carpeta con un ademán crispado—. Y se van a quedar sin el salón y sin el dinero.

—Entonces nos sacarán a rastras —respondió Renzo—. Porque las llaves se quedan en San Telmo.

Hizo una seña con la cabeza al anciano luthier. Don Anselmo se caló la boina hasta las cejas y ambos enfilaron la puerta de cristal esmerilado sin mirar a la secretaria.

Yo aguardaba abajo, en la vereda de la avenida.

El calor de las doce del mediodía me golpeaba la cara como un golpe de horno en cuanto las puertas automáticas del edificio se abrían y cerraban a mi espalda.

Me apoyaba contra la baranda de acero inoxidable que separaba los carriles de tráfico rápido del acceso peatonal, con la Leica M6 guardada en la bandolera y las palmas de las manos sudorosas apoyadas en el metal caliente.

El aire olía a asfalto abrasado, a combustible quemado por los colectivos y al vapor químico que expulsaban las torres corporativas.

La hoja con la resolución de la Galería Helder me pesaba en el bolso como un lingote de plomo.

Había pasado la mañana entera calculando distancias, conexiones ferroviarias en Alemania y la posibilidad ridícula de convencer a Clara de extender las fechas.

Una fantasía cobarde para no asumir que nuestros caminos no admitían puentes.

La cancela giratoria expulsó a los dos hombres a la acera.

Renzo caminaba tres metros por delante, con la camisa abierta en el cuello y el rostro encendido por una cólera blanca, contenida en el filo de los dientes.

Traía en la mano izquierda la carpeta negra de la corporación inmobiliaria, sujetándola por el borde como si fuera un trapo sucio.

Don Anselmo lo seguía arrastrando los pies con pesadez.

Al verme parada junto a la barandilla de acero, el anciano frenó el paso sobre las baldosas de granito.

Miró a Renzo, luego me miró a mí y movió la cabeza con un gesto vencido.

Se llevó dos dedos temblorosos al ala de la boina gris, me dedicó una inclinación muda de despedida y se desvió hacia la parada del colectivo de la línea 152 sin pronunciar una sola palabra, dejándonos a solas frente a la marea de coches.

Renzo no vaciló. Cruzó el zócalo en tres zancadas secas, ignorando el rugido ensordecedor de los camiones que aceleraban hacia Retiro.

Se detuvo a un palmo escaso de mi cuerpo.

La sombra de su torso me cubrió por completo, apagando el reflejo del sol sobre el pavimento.

Sus pupilas oscuras, cargadas de un desprecio lúcido que me cortó la respiración, me barrieron de arriba abajo: la cámara colgada del hombro, el pantalón de lino claro y el bolso donde reposaba mi billete de regreso.

No dijo hola. No preguntó qué hacía yo en la zona norte a esa hora.

Alzó el brazo izquierdo y soltó la carpeta con un golpe seco de muñeca.

El cartón negro chocó contra la punta de mis sandalias de cuero y se abrió sobre las baldosas calientes, desparramando los folios satinados donde figuraban los membretes de la compañía aérea y las reservas de hotel en Berlín y Madrid.

—Ahí tenías tu pasaje para llevarme con vos en la valija —soltó él con una voz tan baja y áspera que rasgó el rugido de la avenida.