Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 23 Noche en blanco en San Telmo
64%

Capítulo 23 Noche en blanco en San Telmo

No había un alma en diez cuadras a la redonda. Las farolas viales de vapor de sodio proyectaban halos temblorosos de luz anaranjada sobre las fachadas descascarilladas, recortando balcones de hierro forjado y postigos cerrados a cal y canto.

Avancé sin rumbo fijo, con las manos metidas en los bolsillos.

En el derecho, mis dedos rozaban los bordes rígidos del documento doblado de la Galería Helder.

Quince días. La cifra quemaba como una brasa en la palma.

Para acallar el zumbido bronco que me oprimía las sienes, saqué la cámara con un gesto mecánico.

No apoyé el visor en la ceja ni busqué el telémetro.

Mantuve el cuerpo de magnesio a la altura de la cadera, apuntando a ciegas en la penumbra.

Clic-clac.

El obturador cortó el silencio de la noche. Encuadré a la deriva un portón de madera carcomida con una chapa de cerrajería oxidada.

Clic-clac.

El avance de la película corrió bajo la yema de mi pulgar con una precisión seca.

Registré un cordón de vereda astillado donde se acumulaba el barro de las últimas lluvias, una ventana baja protegida por barrotes coloniales cuya pintura verde se caía a tiras, un charco oscuro donde temblaba el reflejo roto de una bombilla pública.

Disparar sin mirar era una forma de no pensar, un intento estéril de llenar los carretes con fragmentos muertos para no admitir que el único encuadre que me importaba en esa ciudad me había cerrado la puerta en las narices.

A doscientos metros de allí, en el subsuelo de El Rincón de Balcarce, la oscuridad era casi absoluta. Renzo había entrado por el respiradero posterior que daba al patio del conventillo vecino, descolgándose sobre los tablones en silencio.

No había encendido las tulipas de cristal para no alertar a la patrulla que custodiaba la cuadra. Solo la claridad mortecina del alumbrado callejero, filtrada a través de las rejas del tragaluz superior, dibujaba una cuadrícula pálida en el centro del salón.

Bailaba a oscuras.

Sin música grabada, sin el fuelle de don Anselmo marcando el pulso, guiado únicamente por el compás que llevaba grabado en la memoria del cuerpo.

Avanzaba sobre el roble encerado con el torso combado hacia adelante y los brazos arqueados en el aire, sosteniendo un abrazo vacío.

Clavaba los talones en las junturas con una violencia sorda que hacía vibrar las vigas de hierro de la bóveda.

El sudor le empapaba la camisa blanca abierta en el pecho, goteándole desde la barbilla hasta las tablas.

Giraba sobre el metatarso con una furia desesperada, una y otra vez, hasta que la fricción del cuero desgastado de sus suelas comenzó a quemarle las plantas de los pies.

Bailaba contra el desalojo, contra el furgón policial, contra la mujer que llevaba un billete de regreso en el bolsillo de su pantalón de lino.

Mis pasos me devolvieron, sin haberlo calculado, a la misma vereda.

Me detuve frente al portal clausurado de El Rincón.

La cadena de eslabones gruesos colgaba inmóvil entre las manillas, y el precinto judicial engrapado en la madera se agitaba levemente con el aire caliente.

Me quedé parada sobre los adoquines, con el agua tibia de las primeras gotas resbalándome por la frente.

Fue entonces cuando lo escuché.

Desde el fondo del respiradero a ras de suelo, apagado por los gruesos muros de calicanto, subía un sonido inconfundible. Tac, ras, tac. El golpe seco de una suela de cuero pulido frenando en seco contra el parqué, seguido por el raspado áspero de un giro hacia atrás.

Renzo estaba abajo.

El ritmo de sus pisadas no era pausado; traía la misma cadencia violenta y rota con la que me había acorralado en el taller horas antes.

Sentí un nudo seco en la boca del estómago.

Di dos pasos lentos sobre las baldosas agrietadas hasta quedar pegada al portón.

Alcé la mano derecha. Mis dedos se aproximaron al frío del candado de hierro, dudando a escasos milímetros del metal oxidado.

Quise golpear la madera, llamarlo por su nombre, bajar por la claraboya y obligarlo a detener ese castigo ciego contra el suelo.

La palma se me quedó suspendida en el aire, temblando bajo la llovizna. No tenía derecho a pedirle que frenara. No cuando mi maleta esperaba abierta a tres cuadras de distancia.

Retiré los dedos despacio y los cerré en un puño dentro del bolsillo de la gabardina. En ese instante exacto, el sonido en el subsuelo cesó de golpe.

El silencio que cayó sobre la calle fue instantáneo y aterrador. No hubo arrastre de pies ni el crujido de una madera cediendo. Solo una quietud densa, como si él, desde la penumbra del sótano, hubiera percibido la sombra de mi cuerpo proyectada a través de las rendijas del respiradero.

Sobre nuestras cabezas, el cielo de San Telmo se desgarró en un relámpago azulino que iluminó cada grieta de la fachada. El trueno retumbó con la fuerza de un cañonazo en el lecho del río y, de golpe, el aguacero torrencial se desplomó sobre los tejados con un rugido ensordecedor.