Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 22 Confrontación en el taller
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Capítulo 22 Confrontación en el taller

El vendaval que remontaba desde el río doblaba las copas de los plátanos en la calle Balcarce con un bramido sordo.

Subimos la escalera de caracol a zancadas secas, pisando las tablas de pino que crujían bajo el peso de ambos.

Renzo empujó la puerta verde del primer piso, me dejó pasar al taller y la cerró tras de sí con un golpe plano que hizo vibrar los marcos de madera sin pintar.

El cerrojo encajó en el marco con un chasquido metálico.

Adentro, el bochorno previo a la tormenta volvía el aire casi irrespirable: una masa pesada de ozono precursor del rayo, madera de cedro recalentada y el tufo a sudor salino que se acumulaba en nuestras camisas tras la carrera desde el pasaje San Lorenzo.

A través de las tablillas de las celosías, la luz cenicienta de la tarde se apagaba por segundos bajo una bóveda de nubes plomizas.

No me quité la correa de la Leica del cuello.

Mantuve la cámara protegida contra el costado izquierdo.

Con la mano derecha me metí en el bolsillo delantero de mi pantalón de lino crudo, agarré el folio que llevaba doblado desde la mañana y lo extraje de un tirón.

Di dos pasos hacia la mesa de caballetes y lo arrojé contra el tablero.

El papel cayó sobre las cuartillas de coreografía con un chasquido seco.

—Míralo —solté, con la voz rasposa por el polvo en suspensión del patio.

Renzo no se acercó a la mesa. Dio dos pasos hacia el ventanal, apoyó los omóplatos contra las celosías cerradas y se cruzó de brazos con una lentitud exasperante.

La tela de su camisa blanca de hilo se tensaba sobre sus bíceps morenos.

Clavó las pupilas oscuras en el rectángulo de papel sin inclinarse para descifrar la tipografía alemana.

Fuera, sobre las aguas del estuario, un trueno largo y bajo retumbó hasta hacer temblar los vidrios viejos del zaguán.

—¿Otra cartulina con sellos de Europa? —preguntó, ladeando la cabeza con una mueca gélida y distante.

—Es la resolución de la Galería Helder en Kreuzberg —respondí, apoyando las palmas en el canto del tablón para sostener el eje de mi cuerpo—.

Once días, Renzo. Es la fecha límite e inamovible de mi billete de regreso.

Si no estoy en Berlín para supervisar las pruebas de contacto y el positivado en papel baritado, la dirección le entrega el catálogo a un fotógrafo de plantilla y mi nombre queda borrado de la muestra.

Renzo soltó una exhalación corta por la nariz que no llegó a ser risa. Miró el techo de vigas carcomidas y luego volvió a fijar los ojos en mi rostro.

—Once días —repitió, paladeando las sílabas con un desdén pausado que cortaba más que un insulto abierto—. Justo a tiempo para no ver cómo nos clavan las maderas en el portal de abajo.

—No me pidas que tire dos años de trabajo a la basura —dije, sintiendo la mandíbula agarrotada—.

Dejé mi agencia en Madrid, me gasté los ahorros que me quedaban en pagar los rollos de película y crucé el océano con dos maletas para hacer este ensayo.

Es la oportunidad de mi vida profesional y lo sabés perfectamente.

Renzo descruzó los brazos despacio. Se despegó de la ventana y avanzó dos pasos hacia mí, plantando las suelas desgastadas de sus zapatos sobre las tablas de pino. El calor denso que desprendía su torso me alcanzó antes de que pudiera parpadear.

—¿Tu vida profesional? —soltó en un susurro bronco, con los ojos inyectados en una cólera que ya no buscaba disimulo—.

Claro, flaca. Tu consagración en las salas con calefacción central de Alemania.

Qué bien te vino la malaria de San Telmo, ¿no?

Qué prolijo te quedó el drama para el catálogo: el club que se cae a pedazos, el viejo artesano con la madera rota, los pibes de La Boca bailando sobre cajones de cerveza y el bailarín resentido que te abrió la puerta para que pudieras sacar tus fotitos con grano artístico.

—No te atrevas a reducir esto a una pose —repliqué, dando un paso al frente sin ceder terreno.

—¡Es que sos eso! —estalló él, alzando la voz por primera vez, un grito áspero que quebró el silencio del conventillo—.

Una turista de élite con una máquina cara colgada del pescuezo.

Viniste acá a buscar carroña auténtica para venderla como poesía en los bulevares de Europa.

Te metiste en la milonga de la calle, nos pediste que pusiéramos el cuerpo sobre el empedrado caliente y ahora que llega la orden judicial y hay que aguantar los golpes de la cana, vos te tomás un taxi a Ezeiza y te vas a firmar autógrafos en Kreuzberg.

Las palabras me golpearon el pecho como piedras lanzadas a corta distancia.

Sentí la quemadura del orgullo en la boca del estómago, mezclada con una rabia impotente que me nubló la vista.

Verlo ahí parado, parapetado tras su armadura de mártir barrial, cobrándome con cinismo cada hora compartida sobre la pista, rompió la última barrera de contención técnica que me quedaba.

Di dos zancadas cortas. Anulé el medio metro que nos separaba.

Levanté el brazo derecho y le estampé la palma abierta de plano en el centro del esternón con toda la fuerza del cuerpo.

El impacto sonó seco en la habitación. No lo moví un solo milímetro; su cuerpo era un bloque de piedra anclado a las tablas.

Pero no retiré la mano. Dejé la palma aplastada contra su ropa.

A través del lino fino y empapado de su camisa sentí la llamarada de su piel, el latido desbocado y salvaje de su corazón embistiendo contra sus costillas y el aire caliente que salía a ráfagas entrecortadas de su garganta.

Nuestras respiraciones chocaron a dos centímetros de distancia en la penumbra cenicienta del cuarto. Fuera, un relámpago azulino iluminó las reliquias de las celosías, seguido al instante por un trueno que sacudió los cimientos del edificio.

Apreté los dedos contra la tela húmeda de su pecho, sintiendo el temblor de mis propios tendones.

—No te atrevas a decir que esto fue un safari, Renzo —solté con un hilo de voz desgarrado, clavándole las pupilas en el fondo oscuro de sus ojos—. Sabés bien lo que me dejé en esta pista.