Capítulo 21 El bandoneón herido
El bochorno de las cuatro de la tarde convertía las veredas estrechas del Pasaje San Lorenzo en un horno de mampostería antigua.
El sol caía oblicuo sobre los frentes coloniales, arrancando reflejos ciegos a las rejas de hierro forjado y cociendo el polvo acumulado entre las junturas de los adoquines.
Bajamos los cuatro peldaños de piedra desgastada que conducían al semisótano de don Anselmo.
Al empujar la puerta de cedro, el calor sofocante de la calle quedó neutralizado por esa penumbra fresca, casi mineral, que resguardaba las entrañas del taller.
El aire olía a virutas recién cepilladas, al vapor acre de la cola animal calentándose al baño maría en un fogón eléctrico y a ese rastro penetrante de alcohol de laca que se adhería al fondo de la garganta.
Renzo llevaba en la mano derecha un lienzo doblado con las tres llaves de ajuste y la lima de cola de ratón que el anciano le había prestado la semana anterior.
Caminó en silencio hacia el banco principal, donde una lámpara de brazo articulado arrojaba un cono de luz amarilla sobre un Doble A completamente destripado.
Las tapas laterales de palisandro descansaban sobre una franela verde, dejando a la vista el entramado de válvulas de zinc y los peines de lengüetas.
Don Anselmo no levantó la vista al oír nuestros pasos. Tenía las gafas de concha caladas sobre la punta de la nariz y un delantal de cuero sobre la camisa gris.
Con ambas manos sostenía una lámina curva de nogal de apenas tres milímetros de espesor, sometiéndola a una presión paciente bajo la luz del flexo.
—Dejalo ahí, pibe —dijo el artesano, señalando con la barbilla una esquina despejada del tablón—. No me movás el aire, que se me enfría el vapor.
Renzo depositó las herramientas con un chasquido metálico amortiguado por la madera. No dio un paso atrás; apoyó los nudillos en el borde del banco, observando la curvatura de la pieza con el entrecejo fruncido.
—¿No cedió el costado izquierdo? —preguntó con voz baja, rasposa por el tabaco y la falta de sueño.
El luthier suspiró, apartó la madera de la lámpara y la colocó en horizontal entre los dos.
—Mirá vos mismo —repuso don Anselmo.
Una fisura limpia, recta como un tajo de navaja, recorría la veta oscura desde la escotadura superior hasta la base. La madera se había quebrado justo en el punto de máxima flexión, mostrando las fibras pálidas y astilladas en el núcleo.
—La traje del aserradero del delta la semana pasada —explicó el viejo, frotándose los ojos con el dorso de la muñeca manchada de barniz—.
La sequé con paciencia, la puse al vapor dos horas y le di la plantilla exacta que pide el marco.
Pero no hubo caso. Hay maderas que solo aceptan el temple del suelo donde crecieron.
Si las sacás de su humedad, si las forzás a doblarse en seco o las querés trasplantar a un aire que no es el de su río, revientan.
No te dan una sola nota afinada; se rajan de punta a punta.
Me quedé inmóvil a un metro escaso de la mesa, sintiendo el peso de la correa de la Leica M6 tirando de mi hombro.
A través de la tela de mi pantalón de lino crudo, el papel doblado del telegrama de Berlín me presionaba el muslo con la insistencia de una quemadura sorda.
Las palabras del anciano no eran un tratado de ebanistería; flotaban en la penumbra del sótano con la precisión quirúrgica de una autopsia anticipada.
Don Anselmo no necesitaba saber nada de vuelos cerrados ni de contratos en Kreuzberg; le bastaba observar la forma en que Renzo no me miraba para entender que el fuelle ya no cerraba parejo.
Renzo estiró el brazo despacio. La manga de su camisa blanca, arremangada con dos pliegues descuidados, dejó al descubierto los tendones rígidos de la muñeca.
Apoyó la yema del pulgar en el inicio de la grieta.
Deslizó la piel callosa sobre la hendidura, siguiendo la línea del quiebre hasta el borde inferior con una lentitud que helaba la sangre.
El roce del poro seco contra la astilla produjo un susurro casi imperceptible.
No pestañeó. Mantuvo la cabeza inclinada, con la mandíbula apretada y las aletas de la nariz tensas, como si estuviera midiendo el grosor de su propia condena sobre esa tabla muerta.
Sabía lo que el viejo estaba diciendo; sabía que su vida entera estaba anclada a esas diez manzanas de veredas rotas y salitre fluvial, y que arrancarlo de esa humedad para llevarlo a un salón aséptico en Europa equivalía a partirle el espinazo.
Y yo, con mi pasaje cerrado en el bolsillo, era la fuerza seca que intentaba doblar la fibra.
—No tiene arreglo, don Anselmo —dijo Renzo en un susurro áspero, sin levantar la vista de la madera.
—No, pibe —contestó el artesano, recogiendo una lija de grano fino con ademán resignado—. Hay que tirarla al fuego y buscar otro tabique que aguante el tirón.
El silencio volvió a cerrarse sobre el taller, denso y cargado del polvillo de metal que flotaba dentro del haz de la lámpara.
Renzo retiró el pulgar de la grieta. Levantó la pieza de nogal unos centímetros y la soltó sobre el lecho de virutas de cedro.
El golpe seco de la madera muerta contra el tablón retumbó en la estancia como un disparo amortiguado.
Giró el torso apenas una fracción. Sus pupilas oscuras no buscaron mi rostro; se clavaron de reojo en el chasis metálico de la cámara que colgaba de mi clavícula, registrando el perfil inerte del objetivo de treinta y cinco milímetros.
Había una frialdad implacable en su gesto, esa misma coraza de desprecio con la que me había recibido el primer día en la esquina de Dorrego, pero ahora desprovista de rabia: era la calma siniestra del que ya no espera nada.
Se pasó la mano por el cuello húmedo y enderezó la espalda.
—Vámonos —soltó con una sequedad que cortó el aire del subsuelo—. Acá ya no tenemos nada que arreglar.
Dio media vuelta sobre las suelas desgastadas de sus zapatos y enfiló la escalera de piedra hacia el resplandor blanco de la calle sin mirar atrás.