Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 20 La esquina de Corrientes y Esmeralda
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Capítulo 20 La esquina de Corrientes y Esmeralda

A las diez de la noche, la Avenida Corrientes hervía como una caldera a cielo abierto.

El asfalto recalentado durante doce horas de sol blanco devolvía un calor pegajoso que subía por las perneras de mi pantalón de lino.

Habíamos escapado de la penumbra asfixiante de San Telmo tras cruzar a pie la Plaza de Mayo, buscando diluirnos entre el gentío que salía en oleadas de los teatros.

El aire olía a masa de pizza tostada con mozzarella quemada en los hornos de Guerrín, a gasóleo negro vomitado por los colectivos y a la tinta seca del papel viejo que desbordaba los cajones instalados sobre las aceras.

Renzo caminaba a mi lado, marcando el compás con la suela de sus zapatos de calle gastados.

Llevaba las mangas de su camisa blanca recogidas sobre los codos y el cuello desabrochado, dejando al descubierto la línea húmeda del esternón.

En cada esquina, las marquesinas de neón rojo y amarillo parpadeaban sobre su perfil afilado, proyectando sombras quebradas en su mandíbula.

Se detuvo ante la mesa exterior de una librería de lance.

Pasó los dedos largos por el lomo de un tomo encuadernado en cuero marrón sobre la historia aduanera del puerto.

La yema de su pulgar acarició el papel amarillento con esa lentitud casi quirúrgica que le había visto al afinar las lengüetas del bandoneón en el taller de don Anselmo.

—Mirá esta edición del cuarenta y dos —dijo en un murmullo ronco, sin alzar los ojos de la tipografía gastada—. Explica el trazado de las vías que bajaban hasta la dársena sur antes de que levantaran los silos.

Me quedé medio paso por detrás de su hombro.

Hundí las manos en los bolsillos delanteros.

La esquina afilada del documento doblado de la Galería Helder me raspó la piel del muslo derecho a través de la tela cruda.

Me mordí el interior de la mejilla, incapaz de responder.

Clavé la mirada en el destello intermitente de un cartel luminoso que teñía de carmesí el pavimento resquebrajado.

Renzo cerró el libro de golpe. El chasquido sordo levantó una mota de serrín que se disolvió en el aire tibio. Dejó el ejemplar sobre la pila sin comprarlo y reanudó la marcha hacia la esquina de Esmeralda.

El semáforo frente al Teatro Maipo se puso en rojo.

Una hilera de taxis amarillos y negros frenó sobre la senda peatonal con un chirrido estridente que hizo vibrar el cordón de la acera.

Justo debajo de nuestros pies, las rejillas de ventilación del subte exhalaron una ráfaga caliente, metálica y rancia, cargada del polvo ferruginoso de las vías subterráneas de la línea B.

Permanecí inmóvil, con los hombros envarados y la vista fija en la luz roja que prohibía el cruce.

Renzo no miró los coches. Dio un paso en diagonal.

Su mano derecha se cerró sobre mi muñeca izquierda con una fuerza seca, una presa de dedos ásperos que me cortó la circulación un segundo.

Tiró de mí hacia atrás, sacándome en dos zancadas del flujo de espectadores que avanzaban comiendo porciones de pizza de pie.

Me arrastró hasta la entrada en sombra de un pasaje comercial cerrado. El portalón de persiana metálica ciega desprendía un olor rancio a hierro frío y orina evaporada. La penumbra nos envolvió de golpe, cortando el resplandor de los carteles de la avenida.

—Soltame, Renzo —dije, bajando la voz para no llamar la atención de los transeúntes.

No aflojó la presión. Me empujó suavemente hasta que mi espalda rozó la plancha acanalada del cierre.

Apoyó su otra mano en el marco de granito, a la altura de mi oreja, reduciendo la distancia entre los dos a un suspiro.

Su torso subía y bajaba con una cadencia pesada; el calor de su pecho, mezclado con el aroma a jabón neutro y tabaco rubio, me golpeó la cara en una vaharada densa.

Tenía los ojos oscuros clavados en los míos, cargados de una fijeza hiriente.

—Llevás tres cuadras caminando como una muerta —soltó con la voz rasposa, apretando los dientes—. No miraste una sola vidriera. No tocaste la máquina que tenés en la bandolera. Estás acá parada pero no respirás el mismo aire que yo.

—Estoy cansada —mentí, tratando de zafar la muñeca de su agarre—. Lo de Balcarce de anoche me dejó las piernas rotas.

—A mí no me mientas con el cuerpo, gallega —cortó él, inclinando la cabeza apenas dos centímetros, tan cerca que sentí la aspereza de su barba corta rozándome la mandíbula—.

Yo sé cuándo una mujer tiene las piernas rotas y cuándo está haciendo fuerza para no salir corriendo.

En el patio de don Anselmo te pusiste blanca y ahora parecés de cartón.

Tragué saliva. El metal del cierre me enfriaba las vértebras a través de la camisa.

Sentía el bulto rígido del billete y el telegrama quemándome en la pierna, recordándome que cada palabra que saliera de mi boca a partir de ese instante era una cuenta atrás irreversible.

Quise buscar una salida técnica, hablar de la luz cenital de la avenida o de los negativos que aguardaban en las cubetas, pero su pecho aplastaba cualquier coartada.

Renzo clavó la mirada en la evasión de mis párpados. Con el pulgar libre me tomó la barbilla, forzándome a enderezar el rostro hacia la penumbra de sus pupilas dilatadas.

—Tenés el cuerpo acá, Sofía, pero los ojos ya se te subieron a un avión —susurró con un filo siniestro, mientras un colectivo aceleraba con un rugido asmático a nuestras espaldas—. Decime de una vez qué pasó.