Capítulo 19 El telegrama de Berlín
A las siete de la mañana, el calor acumulado en el departamento de la calle Defensa ya pesaba sobre las sienes.
Desperté con la sábana de algodón crudo adherida a los muslos por la condensación nocturna y un regusto pastoso en el paladar.
En el techo alto, el aspa mellada del viejo ventilador giraba con un quejido rítmico, batiendo sin fuerza el aire denso y estancado.
Por las hendiduras de los postigos de madera entraba una claridad blanca, cenital y seca, que anunciaba otra jornada sofocante sobre el empedrado de San Telmo antes de que la tormenta prometida en el río descargara de verdad.
Aparté la tela húmeda con una flexión de rodillas y apoyé los pies descalzos sobre la madera de pino tea.
El suelo estaba tibio, despojado del alivio de la madrugada anterior.
Fui hasta la cocina arrastrando las suelas.
Llené la pava de aluminio en la canilla que goteaba sin descanso y la puse sobre el fuego azul de la hornalla.
El olor amargo del café molido comenzó a subir en vaharadas lentas, mezclándose con el tufo a polvo recalentado y yeso centenario que exhalaban los muros.
Caminé hacia el salón principal.
El chirrido estridente de la marcación por tonos arañó el silencio de la sala. Aguardé de pie, pasándome los dedos por la nuca empapada de sudor, mientras la bandeja de entrada sincronizaba los paquetes de datos.
Apareció un mensaje marcado con alta prioridad. Remitente: Galerie Helder, Kreuzberg, Berlín. Asunto: Resolución del Comité Curatorial — Selección Oficial Temporada de Otoño.
Hice doble clic con el índice temblando levemente.
El documento en formato PDF tardó cuarenta segundos en renderizar el texto en alemán e inglés.
El dictamen era inapelable: el jurado seleccionaba de forma unánime mi serie fotográfica sobre la resistencia barrial y los clubes independientes de tango como la muestra inaugural de su calendario internacional.
Financiaban la producción completa en gran formato, la edición de un catálogo monográfico y la estancia técnica.
La condición impuesta en la última cláusula no admitía negociación alguna: debía presentarme en los talleres de revelado de Kreuzberg en doce días improrrogables para supervisar el positivado baritado a mano y el diseño museográfico.
Doce días.
La cuenta atrás ya no era una abstracción fijada en un billete de avión; era una orden ejecutiva con fecha y hora de entrega.
La consagración profesional por la que había roto con mi agencia en Madrid y por la que había cargado con dos maletas hasta el Río de la Plata estaba desplegada sobre una pantalla brillante.
Llegaba en el momento exacto en que El Rincón de Balcarce yacía encadenado bajo precinto judicial, a nueve días de una función comunitaria que decidiría el destino de las baldosas de Renzo.
Accioné el interruptor de la pequeña impresora portátil que llevaba en el maletín. El cabezal se desplazó sobre el papel con un zumbido mecánico que quebró la quietud matutina. La hoja blanca emergió despacio, tibia al tacto, despidiendo ese olor denso a tinta sintética y calor electrostático.
En la cocina, el agua de la pava rompió a hervir contra el aluminio en un borboteo sordo. Di un paso para apagar el gas, pero el timbre metálico del teléfono fijo empotrado junto al aparador sonó con tres campanazos secos que me hicieron frenar en seco.
Descolgué el auricular de baquelita.
—¿Has abierto el correo? —la voz de Clara sonó metálica, con ese filo apresurado y limpio de las oficinas madrileñas al mediodía.
—Acaba de imprimir la resolución —respondí, apoyando el hombro contra la jamba para fijar el equilibrio.
—Helder no espera a nadie, Sofía —cortó ella, y escuché el chasquido de un bolígrafo golpeando contra una mesa al otro lado del océano—.
La editorial cubre tu pasaje de regreso en clase turista cerrada para dentro de doce días, tal como marca el contrato de la beca.
He intentado mover la fecha para darte margen con el cierre de las notas de campo, pero la tarifa no admite modificaciones ni penalizaciones.
O embarcas en ese vuelo hacia Berlín vía Fráncfort o la aerolínea cancela el tramo completo.
—El club de Balcarce tiene la función definitiva tres días antes de esa fecha, Clara —dije, sintiendo una sequedad áspera en la lengua—. No puedo dejar el material a medio editar sin el registro del último tango.
—Si no estás en Kreuzberg el día pactado a las nueve de la mañana para firmar la entrega de negativos y supervisar las pruebas de contacto, la dirección del museo asignará la curaduría a un fotógrafo de su fondo permanente.
Tú pasarás a figurar en los créditos secundarios como proveedora de archivo.
No vas a tirar por la borda dos años de trabajo por quedarte a aplaudir una protesta vecinal en una esquina rota.
—No es solo una protesta vecinal.
—Para Berlín es un ensayo terminado. Haz la maleta, Sofía. Nos vemos en Alemania.
La línea quedó muda con un chasquido sordo.
Colgué el auricular despacio, encajándolo en la horquilla de metal.
Fui a la cocina, corté la llama de la hornalla y serví el chorro de agua caliente en la taza con café.
El vapor me quemó la barbilla. Regresé a la mesa, tomé la hoja recién impresa y la doblé por la mitad.
Luego otra vez. Apreté los pliegues con la uña del pulgar hasta reducir el folio a un rectángulo rígido y compacto.
Me metí el papel en el bolsillo delantero derecho de mi pantalón de lino crudo. El contacto áspero de las cuatro esquinas dobladas contra la piel de mi muslo funcionaba como una espina que recordaba el límite exacto de cada paso.
Caminé hacia el zaguán interior para buscar las sandalias de cuero.
Me detuve un segundo frente al espejo biselado que colgaba junto a la cancela.
Tenía ojeras oscuras marcadas bajo las pestañas y el pelo revuelto por la humedad del amanecer.
Al alzar la mano para apartarme un mechón de la frente, tres golpes secos, metódicos y familiares resonaron contra los barrotes de hierro fundido de la puerta del edificio.
Pum, pum, pum.
El eco de los nudillos subió por el hueco de la escalera de madera con una cadencia que no admitía equívocos.