Capítulo 18 La noche de los adoquines
A las once en punto de la noche, el asfalto tibio de la calle Balcarce dejó de pertenecer al tráfico.
Cuatro cajones de madera volcados en mitad de la calzada, entre Humberto Primo y el pasaje San Lorenzo, cortaron el paso de los taxis.
Los adoquines desiguales, todavía calientes por el castigo del sol diurno, se convirtieron en un escenario improvisado bajo los conos de luz anaranjada que desprendían las farolas de vapor de sodio.
Hacía un bochorno denso, aplastante; en el horizonte del Río de la Plata se acumulaban nubarrones cobrizos que anunciaban una tormenta inminente sin dejar correr una sola brizna de aire.
De los conventillos y las casas de vecindad empezaron a bajar decenas de personas: hombres en camisetas de tirantes con los brazos cruzados, mujeres mayores abanicándose con periódicos doblados, muchachos jóvenes con zapatillas de lona y parejas de veteranos que pisaban la calzada buscando el nivel entre las piedras.
El olor a cerveza derramada en las baldosas se mezclaba con el aroma a perfume barato, sudor acumulado y ese vaho húmedo de la tierra que presiente el agua.
Cambié de carrete en veinte segundos, parapetada tras el tronco de un plátano de sombra.
Mis dedos se movieron mecánicos entre el chasquido del cerrojo de la base y el engranaje del nuevo carrete.
Cuando alcé la mirada para medir la luz sobre los músicos, vi a Renzo abrirse paso por el centro del corte de calle.
Había dejado atrás a los alumnos de la mutual.
Caminaba con esa zancada elástica y seca que desafiaba el desnivel de las piedras, con la camisa blanca de hilo empapada pegándosele al esternón y el cabello oscuro revuelto por el sudor.
Cruzó entre dos parejas que giraban despacio sin mirarlas. Tenía los ojos fijos en mi rincón.
Apreté la cámara contra el pecho, pero no alcancé a buscar el visor.
Renzo me rodeó la muñeca izquierda con una presa de hierro. Tiró de mí hacia la calzada con un impulso firme, sin titubeos, sacándome de la penumbra del árbol en dos pasos.
—Renzo, tengo que cerrar la serie —dije, sintiendo el aire caliente golpearme la boca.
—La serie ya está cerrada —repuso él entre dientes.
Con la mano libre me levantó la correa de cuero de la Leica por encima de la cabeza y la deslizó hacia mi espalda.
El cuerpo de magnesio quedó suspendido tras mis omóplatos, balanceándose contra mi columna.
Antes de que pudiera recuperar el equilibrio sobre mis botines, Renzo deslizó su brazo derecho por debajo de mis costillas, me alzó dos palmos en el aire para salvar un bache del empedrado y me bajó de golpe, pegando su torso contra el mío.
El impacto me vació los pulmones.
Las guitarras atacaron una variación rápida y el fuelle de don Anselmo soltó un latigazo sincopado.
Renzo no pidió permiso. Su mano se clavó en mi omóplato con la misma furia contenida con la que había desafiado al oficial de justicia.
Entrelazó sus dedos con los míos a la altura de mi sien y arrancó hacia atrás.
Mis pies respondieron por pura memoria muscular.
El código de la baldosa que me había grabado a fuego en el sótano resurgió bajo las suelas de cuero: hundí el metatarso en el canto vivo de un adoquín, sostuve el eje sobre la pierna izquierda y dibujé un ocho cortado en el aire.
Las piedras mordían las plantas a través de las suelas delgadas; el piso no perdonaba un solo titubeo.
Giramos con una velocidad desesperada en mitad del círculo que la multitud abrió en silencio alrededor nuestro.
No había distancia. Su pecho subía y bajaba contra el mío en un compás desbocado; el calor que desprendía su piel me quemaba a través de la tela de lino.
Olía a tabaco rubio, a rabia vieja y a lluvia inminente.
Renzo quebró la marcha en una frenada seca, deslizó su pierna derecha entre las mías y trabó mi rodilla con una precisión milimétrica.
Nos quedamos suspendidos en el filo del desequilibrio, con los rostros a dos milímetros y las respiraciones fundiéndose en un jadeo áspero.
Nadie aplaudió con estruendo; alrededor solo se escuchó un murmullo denso, un asentimiento colectivo de los vecinos que reconocían en ese abrazo la última trinchera compartida.
La música cortó la última nota con un chasquido de caja.
Renzo no desarmó la trabazón de las piernas.
Mantuvo su peso inclinado sobre mi cadera, obligándome a sostener la caída con la espalda arqueada bajo el halo naranja de la farola.
Su mano izquierda soltó mis dedos, subió por mi cuello y se abrió de par en par contra mi nuca.
Sus yemas, endurecidas por el trabajo, se hundieron en la raíz de mi pelo con una posesión descarnada, exhibiéndonos sin pudor ante todo el barrio congregado en la calle.
Inclinó el rostro hasta rozarme la oreja con los labios húmedos de transpiración.
—Guardá este rollo, Sofía —susurró con la voz rota por el esfuerzo, clavando sus ojos negros en los míos con una lucidez feroz—. Esto es lo único que nos va a quedar.