Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 17 La orden de desalojo
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Capítulo 17 La orden de desalojo

El funcionario sostenía una engrapadora industrial plateada.

Con un golpe seco de la palma, hendió la primera grapa en la madera centenaria, perforando una faja de precinto con franjas diagonales rojas y una cédula de clausura.

El chasquido metálico resonó contra las fachadas bajas de la cuadra.

En el aire flotaba el olor punzante de la tinta de imprenta fresca de la orden judicial, mezclándose con el pegamento sintético de las bandas adhesivas y el sudor rancio de la media mañana.

En la vereda de enfrente, al amparo de la sombra rala de un toldo de lona deshilachada, una docena de vecinos veteranos permanecía inmóvil.

Don Anselmo, con el delantal de cuero todavía puesto sobre la camisa de franela, apretaba los nudillos contra el marco de una ventana baja.

Nadie gritaba; había una parsimonia densa en el grupo, esa resignación muda y amarga de los barrios viejos cuando comprenden que la ley responde a escrituras firmadas a diez mil kilómetros de distancia.

Ajusté la correa de la Leica M6 bajo el cuello de mi camisa clara. No levanté la cámara; mantuve los dedos apoyados en el metal tibio del chasis, registrando la fijeza con la que el papel oficial sellaba la cancela.

Un paso apresurado quebró el murmullo de los motores.

Renzo dobló la esquina de Humberto Primo a zancadas largas. Llevaba la camisa blanca de lino arremangada en los codos, abierta dos botones bajo la garganta, y el cabello revuelto por el aire caliente.

Tenía la mandíbula trabada, los tendones del cuello marcados como cuerdas de cáñamo y los puños cerrados a los costados del cuerpo.

No miró a Don Anselmo ni a los vecinos; clavó las pupilas oscuras en el oficial de justicia, que en ese instante alzaba el brazo para fijar la cuarta esquina del documento sobre la juntura de las hojas.

—¡Salí de esa puerta! —gritó Renzo, con una voz bronca que rasgó el aire de la cuadra.

Cruzó la calzada sin mirar a los vehículos.

El chirrido de las ruedas de un camión de reparto frenando sobre los adoquines levantó una nube de polvillo gris.

Renzo subió al cordón de la vereda en dos zancadas, extendió el brazo derecho y alcanzó el borde inferior del folio precintado, dispuesto a arrancarlo de cuajo con las uñas.

Uno de los policías dio un paso lateral y apoyó la palma enguantada en el centro del pecho del bailarín, frenando su embestida con un empujón seco.

—Atrás, flaco —soltó el agente, con la mano izquierda rozando la funda del arma reglamentaria—. Hay mandamiento del juzgado comercial. Daño a sellos oficiales es desacato penal y te vas derecho a la comisaría.

—Este piso es una mutual comunitaria desde hace sesenta años —replicó Renzo, intentando zafarse del agarre con una flexión violenta de hombros—. No tienen derecho a clavarle una chapa como si fuera un galpón abandonado.

El oficial de justicia guardó la engrapadora en su maletín de cuero gastado sin mirarlo a los ojos.

—El inmueble fue ejecutado por remate fiduciario, señor Mansilla —leyó el hombre con voz monótona, ajustándose las gafas con el índice—. La firma compradora tiene posesión legal desde las ocho de esta mañana. Si vulnera la cadena, interviene la brigada de desalojos.

Renzo echó el peso del cuerpo hacia adelante.

El segundo policía se adelantó para cerrarle el paso con el bastón en posición horizontal.

En los ojos de Renzo no había cálculo ni miedo: solo esa cólera ciega, desesperada y suicida del que ve cómo le arrancan la piel a tiras y solo le queda el impulso de morder.

Sabía que un golpe bastaría para que lo redujeran sobre el empedrado caliente con las esposas apretándole las muñecas.

Di tres pasos rápidos, salté el cordón y me interpuse entre el torso de Renzo y la barrera de los agentes.

El impacto de su pecho contra mi hombro me hizo tambalear un instante.

Olía a sudor limpio, a tabaco negro y al calor acumulado tras la noche en vela en el dique de Puerto Madero.

Levanté ambos brazos, pasé las manos por debajo de su barbilla y le estampé las palmas abiertas a ambos lados de la cara.

La piel de sus mejillas ardía bajo mis yemas; la barba corta de dos días me raspó las líneas de las manos. Ejercí una presión firme, deliberada, obligando a sus vértebras a ceder hasta que sus ojos negros chocaron de lleno contra los míos.

—Mírame a mí, Renzo —le ordené en un susurro cortante, apretando los dedos contra sus mandíbulas—. Mírame a la cara.

Él intentó girar la cabeza hacia el oficial, pero clavé los pulgares en sus pómulos, sosteniéndole la mirada a escasos centímetros de distancia. Sentía el compás desbocado de su pulso golpeándole la arteria temporal, un galope sordo que le hacía temblar las aletas de la nariz.

—No les regales la causa en la vereda —añadí, bajando la voz hasta convertirla en un hilo de hierro—. Si te meten en un calabozo, no vas a poder defender nada. Suelta el aire. Respira.

Renzo mantuvo la espalda rígida durante tres segundos interminables.

Podía oír el jadeo áspero de su garganta rozándome la boca.

Poco a poco, el músculo masetero aflojó la mordida bajo mis palmas.

Sus manos, que aún formaban dos bloques cerrados de hueso a la altura de sus caderas, soltaron la tensión; los dedos se abrieron despacio, rozando la costura de su pantalón.

A nuestras espaldas, la puerta del furgón policial se cerró con un estampido metálico. El motor arrancó con un traqueteo asmático, soltó una bocanada de humo negro que nos envolvió las piernas y enfiló hacia el bajo, doblando la esquina estrecha de San Lorenzo.

Los vecinos del almacén de enfrente no se movieron. Don Anselmo cruzó la calle despacio, con las zapatillas arrastrando sobre los adoquines, miró la cadena de eslabones gruesos que ahora envolvía las manillas de la cancela y dejó caer la cabeza sobre el pecho.

Retiré las manos de su rostro con lentitud. Me quemaban las palmas.

Renzo no se movió de la baldosa.

Clavó los ojos en el precinto roto por el viento, luego en el candado dorado que brillaba bajo el sol cenital y, finalmente, giró el rostro hacia mí.

Ya no había furia desordenada en sus facciones; su expresión se había templado en una frialdad pétrea, siniestra y silenciosa que me heló el estómago.

Se pasó el dorso del antebrazo por la frente empapada de sudor.

—Esta noche no nos van a encerrar afuera —dijo, con una calma que sonó a sentencia irrevocable.