Capítulo 16 El mirador de Puerto Madero
Las torres financieras proyectaban líneas amarillas y frías que se quebraban sobre el agua estancada. En la orilla opuesta, los esqueletos de hierro oxidado de las grúas portuarias se alzaban inmóviles, suspendidos contra el cielo despejado como reliquias de una ciudad que ya no existía.
De su bolsillo sacó un paquete arrugado de cigarrillos rubios. Extrajo dos, encendió el primero protegiendo la llama del viento con la palma cóncava y, sin mirarme, me lo tendió entre el índice y el corazón.
Tomé el filtro tibio con los labios. La primera calada me llenó la garganta de un humo rasposo que tapó el olor a barro de bajante y salitre fluvial que subía del estuario. Renzo prendió el suyo con la misma cerilla. La brasa dibujó un punto rojizo sobre la penumbra de sus pómulos.
—No deberías andar con esa máquina al cuello a estas horas —dijo él, soltando el humo hacia el canal con un soplo lento.
—Lleva cinco años pegada a mis costillas —respondí, expulsando la nube gris hacia las luces del Puente de la Mujer—. Ya sabe cuidarse sola.
—Las cosas no se cuidan solas, Sofía. Menos cuando no son de ningún lado.
Apoyé los codos en el hierro frío de la baranda. El viento que entraba desde el Río de la Plata traía una humedad cortante que enfriaba la tela de mi ropa.
—Viajar con dos maletas y tres ópticas te ahorra tener que dar explicaciones —solté en voz baja, mirando la estela grasienta de una barcaza amarrada en el dique—. Si no echas raíces en ninguna baldosa, nadie te pide cuentas cuando decides levantar el campamento. No le entrego rehenes a nadie.
Renzo bajó la vista hacia sus zapatos de baile. Las suelas de gamuza, comidas por el roce de la pista, rozaban el granito con un raspado suave.
—Eso no es libertad, gallega —repuso con esa voz áspera que parecía salirle del fondo del pecho—.
Eso es cobardía con pasaporte. Vivir en fuga para no enterarte de lo que duele quedarse.
Yo salgo de las diez manzanas de San Telmo y siento que camino en el aire.
Si me sacan el club, si me tiran abajo el conventillo, no sé qué hacer con las manos.
Esta ciudad te mastica despacio, pero al menos sabés qué tierra estás pisando.
—Quedarse atado a un muro que se va a caer también es una trampa.
—Es mi trampa —cortó él, clavando la vista en la punta de su cigarrillo—. Y la elijo yo.
Una ráfaga helada subió desde el fondo del canal, levantando los faldones de mi gabardina y colándose bajo la solapa de lino de mi camisa. El frío me erizó la piel del cuello; di un respingo involuntario y apreté los hombros hacia adentro para cortar el temblor.
Renzo arrojó la colilla al vacío. El destello rojo trazó una parábola breve antes de apagarse con un siseo imperceptible en el agua turbia.
Sin levantarse del noray, extendió su brazo derecho. Su mano se cerró sobre mi hombro con una firmeza seca y tiró de mí hacia abajo hasta hacerme sentar en el borde de piedra, pegada a su costado. Pasó su brazo por detrás de mi espalda y me rodeó con el peso sólido de su torso.
No buscó mi boca.
No inclinó la cabeza para rozar mi cuello.
Se limitó a apretar su brazo contra mis costillas, convirtiendo su cuerpo en una pantalla pesada y tibia que frenaba el viento del estuario.
Sentí la rigidez de sus músculos bajo la tela de su ropa.
El olor a jabón blanco neutro, tabaco rubio y la transpiración limpia del ensayo me envolvieron de nuevo, mitigando el hedor a óxido del puerto viejo.
Apoyé la sien contra el hueco de su clavícula; el latido de su pecho era lento, regular, desprovisto de urgencia.
Era un anclaje físico, un pacto mudo que suspendía la marea de la ciudad sin exigir nada a cambio.
A lo lejos, en la bocana que comunicaba con el río abierto, una baliza roja parpadeaba sobre el agua negra a intervalos exactos. Cada destello carmesí duraba un segundo antes de hundirse en la oscuridad del canal.
Apreté la colilla entre mis dedos. La quemadura del filtro me rozó la yema del índice. La certeza del calendario me atravesó el pecho con la frialdad de un bisturí.
—En catorce días despega mi avión de vuelta, Renzo.
La frase sonó nítida, casi seca, disolviéndose en el rumor del agua contra los pilotes de hormigón.
Renzo no aflojó el brazo que me sostenía. Con la mano izquierda tomó la colilla que humeaba entre mis dedos, la apoyó sobre la costra de herrumbre del noray de hierro fundido y aplastó la brasa con el pulgar hasta apagarla por completo.
Mantuvo los ojos clavados al frente, fijos en el horizonte ciego del Río de la Plata, sin volverse hacia mí.
—Catorce días es un siglo en esta ciudad.