Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 15 La bailarina ausente
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Capítulo 15 La bailarina ausente

El crujido sonó como una rama verde al partirse.

A las tres de la tarde, el bochorno de enero caía aplastado por el respiradero de la calle Balcarce, transformando el sótano en un pozo ciego de aire espeso.

Dos ventiladores de chapa giraban con un zumbido bronco en las vigas del techo, incapaces de mover la resolana densa que bajaba desde la vereda.

Mariana giraba en un compás rápido sobre la madera de roble, buscando el cierre de un ocho hacia atrás.

Sus dedos resbalaron del hombro de Renzo; el pie derecho buscó el apoyo en falso sobre una veta gastada y la articulación cedió hacia afuera con un chasquido sordo.

Mariana se desplomó de costado. El golpe de su cadera contra el parqué retumbó en la nave abovedada.

Renzo cayó de rodillas a su lado en una fracción de segundo.

No gritó. Le sujetó la pantorrilla con ambas manos, manteniéndole la pierna en el aire para evitar que apoyara la suela de gamuza.

La bailarina apretaba los párpados; una hilera de sudor frío le surcaba la sien mientras mordía el cuello de su propia blusa para ahogar el quejido.

—No muevas el empeine —ordenó él con voz rasposa, pasando los dedos por el lateral del maléolo.

El kinesiólogo de la mutual barrial tardó veinte minutos en bajar la escalera de caracol arrastrando un maletín de lona.

El olor punzante del linimento alcanforado invadió la sala, devorando el aroma tibio de la cera de abejas y el polvo en suspensión.

El hombre palpó la zona con ademanes mecánicos mientras Mariana contenía el aire entre los dientes.

—Distensión capsuloligamentosa aguda —sentenció el médico, ajustando una venda elástica color carne en torno al tobillo inflamado—.

Ya hay derrame interno. Hielo cada cuatro horas, pierna en alto y descarga absoluta durante dos semanas.

Si pisa antes de catorce días, se le rompe el ligamento entero y va directa al quirófano.

—Faltan trece días para la función del subsidio, Horacio —soltó Renzo, con los nudillos apoyados en el suelo encerado.

—Entonces busquen a otra que baile, pibe —contestó el médico, cerrando los cierres metálicos del maletín—. Esta piba no pisa una baldosa hasta febrero.

Renzo no contestó. Se puso de pie con una lentitud pétrea.

Levantó a Mariana en brazos sin pedirle permiso, subió los peldaños de hierro con la mandíbula trabada y la sacó a la calle para meterla en el asiento trasero de un taxi.

Me quedé en el descansillo de la entrada; vi cómo el vehículo negro y amarillo doblaba hacia Paseo Colón entre el humo diésel del tráfico.

Al bajar de nuevo al subsuelo, la atmósfera pesaba el doble.

Renzo atravesó la pista desierta. Se arrancó el chaleco de lana con un tirón seco y lo arrojó contra una banqueta de pino.

Caminó hasta el reproductor de bobina abierta situado sobre una repisa, pulsó la tecla metálica con el pulgar y el motor comenzó a girar.

Brotó la grabación de un fuelle Doble A: una melodía áspera, sin acompañamiento de orquesta, un compás quebrado que arañaba el silencio como una lima sobre chapa.

Se plantó en el centro del parqué, frente a los espejos manchados por la humedad y el salitre de las paredes.

No ensayaba marcas pedagógicas. Bailaba en solitario.

Avanzó contra el vacío con el torso combado hacia adelante, los brazos arqueados en el aire para sostener una sombra invisible y los pies mordiendo el roble con una ferocidad suicida.

Clavaba los talones en los giros con una violencia sorda que hacía vibrar las tablas.

La camisa blanca de lino comenzó a pegarse a sus omóplatos, empapada por una transpiración densa que le bajaba por la nuca en hilos oscuros.

El aire entraba y salía de su pecho con un jadeo bronco, un resuello animal que tapaba los pasajes bajos del bandoneón.

Permanecí sentada en una banqueta de madera junto al muro de ladrillo visto.

El calor me pegaba los pantalones a los muslos.

Durante diez minutos contemplé el naufragio mudo de su danza sin mover un músculo.

Comprendí que no había consuelo posible: el club se quedaba sin su pieza central, el plazo judicial caía sobre su cuello y la ciudad se preparaba para devorarse sus diez manzanas sin pestañear.

Deslicé la correa de la Leica M6 por el hombro. Quité la tapa plástica del objetivo con el índice derecho y la guardé en el bolsillo de mi camisa.

Ajusté el telemétrico a un metro y medio. Subí la máquina a la ceja.

El chasquido del obturador cortó el compás del fuelle. Clic-clac.

Renzo trazó un quiebre hacia la izquierda. La suela raspó el parqué con un sonido de lija. No se detuvo.

Pasé el fotograma con el pulgar. La palanca metálica avanzó con precisión.

Encuadré su mandíbula goteando sudor, las venas gruesas inflamadas en sus antebrazos, la furia con la que sus hombros embestían el aire estancado del sótano.

Disparé de nuevo. Clic-clac. La lente capturó la contracción de sus costillas al girar sobre el metatarso.

Yo no era un refugio; era el espejo mecánico de su derrota.

Él inició un giro ciego hacia mi posición.

En lugar de recuperar el eje hacia el centro del salón, aceleró el paso. Sus zapatos golpearon la madera en tres zancadas secas. Clavó las dos suelas a dos palmos escasos de mi cuerpo.

El aire caliente que desprendía su pecho me azotó la cara como una bofetada térmica.

El olor a sudor acre, a salitre viejo y a tabaco frío me cerró la garganta.

No bajé la cámara. Mantuve el visor pegado al ojo.

A través del cristal óptico, su iris negro ocupaba casi la totalidad del encuadre: las pupilas dilatadas por la asfixia, las aletas de la nariz abiertas y una gota espesa temblando en la comisura de sus labios.

El diafragma de su respiración golpeaba a un ritmo desbocado, a escasos centímetros de mi objetivo.

Sostuve el dedo índice inmóvil sobre el botón de disparo. Ninguno de los dos retrocedió. La música de la cinta llegó al final de la frase y el arrastre de la bobina quedó rodando en falso contra el cabezal, produciendo un zumbido monótono que se fundió con el crujido de los ventiladores.

Renzo bajó la cabeza apenas dos centímetros, acercando la boca a la montura cromada de la lente.

—No pares de disparar —soltó con un susurro desgarrado, clavando los ojos en el centro exacto del objetivo—. Si esto se hunde, quiero que tengas la foto exacta de cómo se cae todo.