Capítulo 14 Café Tortoni al anochecer
El murmullo de la Avenida de Mayo quedaba amortiguado tras la doble puerta de vaivén del Café Tortoni.
A las siete de la tarde, el aire de la calle aún conservaba el calor pegajoso del asfalto porteño, pero en el salón interior la atmósfera parecía suspendida en otra década: una penumbra densa teñida por los vidrios emplomados de las lámparas tiffany, el brillo cobrizo de las boiseries de roble barnizado y ese aroma inconfundible a chocolate espeso, churros recién sacados de la freidora y tabaco rancio adherido a las molduras del techo.
Christian Laurent nos esperaba en una de las mesas redondas de mármol del fondo, arrimada a un zócalo con espejos biselados.
Vestía un traje de lino gris perla impecable, sin corbata, y sostenía un vaso corto de agua con gas entre unos dedos pálidos y pulcros. Al vernos llegar, se puso en pie con una inclinación calculada, extendiendo una mano tibia hacia mí antes de reparar en mi acompañante.
Renzo no extendió la suya.
Llevaba la misma camisa negra de hilo que había recogido por la mañana en mi departamento, con las mangas remangadas hasta los codos y los antebrazos morenos descansando sobre el respaldo de su silla.
Tomó asiento a mi izquierda con esa parsimonia felina suya, clavando en el marchante francés unos ojos oscuros que no concedían ni un milímetro de cortesía.
—Querida Sofía —comenzó Laurent en un español fluido, matizado por una erre gutural—, he visto los adelantos que enviaste a Madrid. Clara me autorizó a revisar la preselección para la galería de Saint-Germain.
Abrí mi cuaderno de notas sobre el mármol frío. Junto a las hojas con esquemas de luces coloqué la Leica M6, con la tapa del objetivo puesta para evitar el reflejo de las tulipas de cristal.
—El proyecto avanza según el cronograma —dije, buscando un tono profesional que ignorara la presencia física de Renzo, cuyo muslo rozaba el borde de mi vaquero bajo la mesa—.
Los clubes de San Telmo y La Boca están ofreciendo un material de resistencia documental que supera las expectativas iniciales.
Laurent esbozó una sonrisa que no le arrugó los ojos.
De un maletín de cuero fino extrajo un catálogo encuadernado en cartoné con lomo entelado y lo abrió de par en par sobre la mesa, tapando mis anotaciones.
Eran fotografías de gran formato: salones dorados, mujeres con vestidos de satén rojo deslizándose bajo arañas de cristal, iluminación de estudio suave y hombres de gomina pulcra ejecutando figuras perfectas.
—Esto es lo que compra París, Sofía. La nostalgia elegante, la tragedia estilizada para la alta burguesía europea.
Nadie en el bulevar Raspail quiere colgar en su sala una pared descascarillada con humedad de río o a un muchacho con zapatillas de lona rotas.
Si rediriges la serie hacia este canon, mi fundación garantiza el tiraje completo en papel baritado y una gira por tres capitales.
A mi izquierda, un tintineo seco interrumpió el discurso.
Renzo había tomado una cucharilla de alpaca del azucarero. Con la vista clavada en el vacío de la sala, golpeaba el borde de su taza vacía con un ritmo sincopado, regular y metálico. Tac, tac, tac. Tenía la comisura de los labios tensa en una mueca de puro desprecio.
—¿Le molesta la conversación, señor...? —inquirió Laurent, frunciendo el entrecejo con fastidio.
Renzo no dejó caer la cuchara. La apoyó sobre el platillo con un golpe seco.
—Mansilla —respondió con esa voz rasposa que llenaba el hueco entre los tres—. Y no me molesta, señor. Me da gracia. Es fascinante ver cómo viajan diez mil kilómetros para comprar un muerto embalsamado en lugar de mirar lo que todavía respira.
—El arte es mercado y selección, señor Mansilla —replicó el francés, envarando la espalda con soberbia diplomática—. Sofía tiene talento para la composición, pero no puede pretender que un coleccionista pague diez mil euros por una denuncia sindical de barrio bajo.
Miré las páginas del catálogo. Aquellas imágenes eran impecables, simétricas, asépticas.
Y estaban muertas. En ellas no existía el crujido de la madera gastada de Balcarce, ni la callosidad del tobillo de Renzo al morder el suelo, ni el olor a cera virgen quemándose bajo la luz cenital de un sótano clandestino.
Prostituir mi ensayo para satisfacer aquel escaparate de lujo equivalía a vaciarlo de sangre.
Apoyé la palma abierta sobre mi libreta de campo. La levanté unos centímetros y la dejé caer sobre el mármol con un impacto plano que hizo vibrar el catálogo de Laurent.
—No voy a cambiar el tiro, Christian.
El marchante parpadeó, desconcertado por la sequedad de mi acento.
—Sofía, estás arriesgando el respaldo institucional. Clara fue muy clara respecto a los fondos...
—Clara no está aquí abajo pisando los adoquines —corté, cerrando la libreta con un chasquido sordo—.
Lo que pasa en esos clubes no es folclore de postal para adornar apartamentos en París.
Es una trinchera real. Si tu galería busca parejas de salón con peinados de peluquería, contrata a un fotógrafo de bodas. Mis negativos se quedan como están.
Laurent sostuvo mi mirada durante tres segundos. Al comprobar que no había titubeo en mi mandíbula, recogió sus folletos con movimientos rígidos y metódicos. Cerró la cremallera de su maletín, se pasó una mano por la solapa del saco y me dedicó una sonrisa afilada, cargada de condescendencia.
—Es una lástima —dijo, poniéndose de pie sin mirar a Renzo—. La terquedad suele ser un lujo caro para quien no tiene un apellido que la respalde. Que disfruten de su café.
Se dio media vuelta y caminó hacia la salida, perdiéndose entre las mesas de los turistas que aplaudían el número de tango del escenario principal.
El silencio volvió a instalarse en nuestro rincón, apenas roto por el rumor lejano de las tazas en la barra de estaño y los acordes filtrados de un violín.
Respiré hondo, sintiendo en el esternón el peso de lo que acababa de dinamitar: la posibilidad de una exposición propia en Francia, el dinero que me hubiera permitido saldar deudas y la aprobación dócil de mi editorial.
Bajo la mesa de roble y mármol, una mano ancha y tibia se cerró sobre la mía.
Renzo deslizó sus dedos ásperos entre los míos.
No fue una caricia complaciente; apretó con una fuerza seca, sólida, hasta que sentí la presión de sus nudillos contra los huesos de mi mano izquierda.
Su piel ardía con el mismo calor que me había marcado el cuerpo la noche anterior en el cuarto oscuro.
Giré la cabeza hacia él. No sonreía. Me miraba de frente, con esa fijeza oscura que parecía desnudarme cada pensamiento sin pedir permiso.
—Te va a costar plata ser tan terca, gallega —murmuró con voz baja, mientras sus dedos apretaban los míos un milímetro más, sellando un pacto que no necesitaba papeles ni discursos.