Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 13 Despertar sin promesas
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Capítulo 13 Despertar sin promesas

Las tablillas de madera de la persiana cortaban la resolana de las seis de la mañana en franjas paralelas y blancas.

La claridad del alba porteña entraba limpia tras la tormenta de la noche anterior, trazando líneas geométricas sobre el suelo de pino tea y trepando por el zócalo blanco del dormitorio.

El aire olía a tierra lavada, a lino tibio y a ese frescor fluvial que entraba por el ventanal entreabierto, moviendo apenas el borde de los visillos de gasa.

Desde el patio interior del edificio subía el zumbido metálico de un molinillo manual: en la cocina vecina comenzaban a moler el primer café del día.

Tenía la espalda pegada a la piel desnuda del pecho de Renzo.

Permanecí inmóvil varios segundos, conteniendo la respiración en el diafragma para no alterar el peso de su brazo izquierdo cruzado sobre mi vientre.

Sus dedos descansaban sueltos en el hueso de mi cadera; despedían ese calor espeso y denso de los cuerpos que han compartido la noche sin tregua.

Podía percibir el latido pausado de su corazón marcando un compás sordo contra mis omóplatos, libre de la urgencia febril con la que habíamos salido del cuarto oscuro horas antes.

Giré la cabeza un milímetro. Renzo dormía de costado, con la mandíbula relajada y el pelo oscuro revuelto sobre la almohada de algodón crudo.

En reposo, despojado de la aspereza del club y de la furia con la que defendía cada baldosa en Balcarce, su rostro parecía más joven, casi vulnerable, surcado únicamente por la línea dura que los años de ensayo al aire libre le habían marcado en el entrecejo.

Moví la sábana con cuidado. Deslicé las piernas hacia el borde del colchón, procurando que las tablas de la cama no chirriaran, y apoyé las plantas de los pies descalzos sobre el suelo frío. La madera crujió apenas bajo mi peso. Me puse de pie.

Recogí mi camisa de lino del respaldo de la silla desvencijada.

Metí los brazos por las mangas y comencé a abrocharme los botones de nácar desde el cuello hacia abajo.

El roce del tejido áspero contra la piel templada me devolvió la distancia necesaria.

Me agaché a recoger mis vaqueros doblados en el suelo y pasé el cinturón por las trabillas.

El chasquido metálico de la hebilla sonó nítido en el silencio de la habitación.

Detrás de mí, el colchón se quejó bajo un cambio de postura. Renzo abrió los ojos.

No hubo sobresalto ni pestañeo torpe. Sus pupilas oscuras me enfocaron de inmediato, fijándose en mis dedos que terminaban de ajustar el cuero de la cintura.

No estiró el brazo para rozar mi pierna; no intentó sonreír ni soltó ninguna de esas frases complacientes con las que otros hombres intentan comprar complicidad a la mañana siguiente.

Se limitó a incorporar el torso despacio, apoyando la espalda contra el cabecero de hierro negro.

La sábana le cubría las piernas hasta la pelvis, dejando al descubierto los músculos secos de los hombros y las costillas.

—¿No sabés quedarte quieta cinco minutos, gallega? —preguntó con voz ronca, raspada por el tabaco rubio y la falta de sueño.

—Tengo que limpiar las cubetas de revelado antes de que el ácido fije el hedor en los azulejos —respondí, abrochándome los puños de la camisa sin mirarlo a la cara.

—El ácido no se va con agua sola —dijo él, frotándose los ojos con los nudillos de la mano derecha.

Caminé hacia la cómoda de roble que dominaba el rincón junto al espejo biselado.

Sobre la madera encerada reposaban dos objetos que delimitaban mi perímetro real en esa ciudad: la cubierta burdeos de mi pasaporte español y, justo debajo, el pliego doblado en dos con el membrete de la aerolínea.

El billete de regreso con destino a Madrid, con fecha cerrada para dentro de dieciséis días exactos.

Renzo apartó la sábana con un movimiento lento y bajó los pies al suelo.

Se puso de pie con esa soltura elástica de las rodillas que absorbía el desequilibrio antes de que se notara.

Recogió su pantalón de lana fría del suelo y se lo calzó con parsimonia, abrochando el botón central sin prisa.

Caminó dos pasos hacia la cómoda para buscar su atado de cigarrillos.

Al estirar el brazo, su mirada cayó sobre el documento de la aerolínea.

Se quedó inmóvil un segundo. Sus ojos se detuvieron en la fecha de embarque impresa en tinta negra. No alargó los dedos para tocar el papel ni formuló ninguna pregunta sobre la hora del vuelo o las escalas.

El número de días que me quedaban en Buenos Aires quedó suspendido entre los dos como una línea trazada con tiza sobre una pista de baile: visible, infranqueable y aceptada de antemano.

Tomó el paquete arrugado de cigarrillos, extrajo uno y lo sostuvo entre los labios sin encenderlo.

—El tiempo no se estira por mirarlo fijo —soltó en un murmullo bajo, dándome la espalda.

—No pretendo estirar nada, Renzo —repliqué, sosteniendo su perfil en el reflejo turbio del espejo.

—Mejor —dijo él—. Porque en Balcarce no tenemos margen para andar inventando historias.

Se agachó junto a la puerta que daba al pasillo. Agarró sus zapatos de baile por los talones con una sola mano. Tenía la camisa negra de la milonga colgada del antebrazo contrario y el torso desnudo aún húmedo por el aire denso del amanecer.

Se detuvo en el vano de madera, con la mano apoyada en la moldura del marco.

Giró el rostro apenas lo suficiente para clavar sus ojos en los míos. No había reproche ni aspereza en su gesto; solo esa lucidez implacable de quien no le debe nada a nadie y tampoco espera que le rindan cuentas.

—A las once abro el salón —dijo, mordiendo el filtro del cigarrillo apagado—. Traé la cámara cargada si querés ver cómo se ensaya de verdad.

Salió al pasillo sin hacer ruido. El eco de sus pasos descalzos sobre las tablas se fue apagando en dirección al zaguán hasta que la puerta cancel del patio chasqueó con un golpe sordo.