Capítulo 12 La quemadura del revelar
El cartón corrugado que cubría la pequeña ventana del baño crujió bajo una tira extra de cinta aislante negra.
En el departamento de la calle Defensa el bochorno nocturno no daba tregua; el aire permanecía atrapado en la estancia cerrada, denso y caliente, saturado por el tufo punzante del ácido acético del baño de paro y el hedor mineral del tiosulfato de sodio.
La única fuente de luz era una bombilla inactínica roja de quince vatios enroscada en el aplique sobre el espejo.
Todo el espacio quedaba bañado por un carmesí espeso, transformando los azulejos blancos y las tres cubetas de plástico alineadas sobre la tabla de madera en un laboratorio clandestino.
Renzo no se movía del marco de la puerta.
Llevaba una camiseta de algodón gris sin mangas y un pantalón de lino oscuro arrugado por el calor.
Apoyaba el hombro izquierdo contra la jamba estrecha, con los brazos cruzados a la altura del pecho y los ojos clavados en mis dedos.
La penumbra teñía su piel de un tono cobrizo y dibujaba una sombra dura bajo los pómulos.
—¿Falta mucho para que se vea algo? —preguntó en un susurro raspado, sin romper la postura.
—Si te entra prisa, arruinamos el negativo —respondí, concentrada en el extremo de la tira de triacetato. El calor me hacía resbalar un mechón de pelo por la sien. Tomé las pinzas de acero inoxidable y sumergí la película en la primera bandeja.
El líquido químico onduló con un murmullo sordo.
—No tengo prisa —repuso él, dando un paso corto hacia el interior del cuarto.
El espacio era tan exiguo que el roce de su hombro contra el mío fue directo, una fricción áspera de tela y piel húmeda que me obligó a tensar la espalda.
Se inclinó sobre la cubeta. El olor a jabón neutro de su cuello se abrió paso entre la acidez del reactivo.
—No te acerques tanto, Renzo. Podés tapar la luz roja.
—Quiero ver qué sacaste en Balcarce.
Con las pinzas mecánicas balanceé la tira de papel baritado en el revelador con un vaivén metódico.
Diez segundos. Veinte. La emulsión comenzó a reaccionar bajo la superficie.
Primero surgieron sombras grises, difusas, como humo atrapado en un charco; luego las sales de plata precipitaron en negros rotundos, delineando la curvatura de una espalda, la tensión en los tendones del cuello y el torso de un hombre girando sobre el parqué encerado.
Era él. La Leica había atrapado el instante exacto en que sus pies clavaban un corte contra las tablas, con la camisa abierta y la mirada perdida en un rincón ciego de la pista.
Renzo soltó el aire despacio por la nariz. Su aliento tibio me rozó la oreja derecha.
—Parece que me estuviera cayendo —murmuró, casi para sí.
—No te estabas cayendo —dije, sosteniendo la tira por una esquina para escurrir el exceso de químico—. Estabas frenando el mundo con los talones.
—Eso es lo mismo que caerse, pero con más trabajo.
Metí la copia en el baño de paro para cortar la acción del revelador.
El ácido acético desprendió un vapor avinagrado que me picó en la garganta.
Mi respiración se volvió pesada, acompasada con el zumbido bronco de la cañería del edificio.
Renzo no retrocedió. Permaneció pegado a mi costado; su antebrazo rozaba el mío a cada oscilación de las pinzas.
La quemadura del contacto físico resultaba mucho más agresiva que el hedor de los tanques.
—¿Por qué no disparaste cuando Mariana tropezó? —soltó de golpe.
Traspasé el papel a la tercera bandeja, la del fijador.
—No hago fotos de la desgracia ajena si no puedo sostenerla con la mirada.
—Ayer dijiste que no venías a hacer beneficencia.
—Una cosa es no tener compasión y otra muy distinta es ser un buitre con lente.
Al levantar el papel fotográfico para asentarlo en el fondo de la cubeta de tiosulfato, mi codo derecho chocó con fuerza contra su pecho descubierto.
La bandeja de plástico se inclinó hacia el borde del lavabo; una ola de líquido corrosivo amenazó con derramarse sobre la madera y arruinar la tanda entera.
Reaccioné bajando las manos, pero Renzo fue más rápido.
Su mano derecha se estampó contra el reborde de la cubeta, nivelándola con un golpe seco que salpicó unas gotas sobre la baldosa.
Al mismo tiempo, su brazo izquierdo subió directo a mi nuca.
Sus dedos anchos se enredaron en la raíz de mi cabello húmedo, frenando en seco mi movimiento con un agarre firme, sólido, desprovisto de titubeos.
Alcé los ojos.
Bajo la luz roja del laboratorio, su rostro estaba a cuatro centímetros del mío. Tenía los labios apretados, la respiración entrecortada y las pupilas dilatadas hasta casi devorar el iris. Podía contar las gotas de transpiración que le bajaban por la sien izquierda.
—Mirás demasiado, Sofía —susurró con una aspereza contenida que me vibró en los dientes.
—Es mi trabajo —respondí, incapaz de apartar la boca.
—No. Conmigo no estás trabajando.
Tiró de mi cabeza hacia adelante.
La canilla del lavabo goteaba sobre el esmalte gastado con un ritmo sordo, pero el sonido se extinguió en el instante en que su boca colisionó contra la mía.
No hubo suavidad de salón ni concesiones previas.
Fue un impacto tenso, urgente, marcado por la fricción de dos voluntades que se habían estado midiendo desde el primer segundo sobre los adoquines de Plaza Dorrego.
Sus labios sabían a tabaco rubio y sal; la presión de sus dedos en mi nuca me obligó a arquear la espalda contra la mesada, sintiendo el filo de la madera clavándose en mi cadera.
Solté las pinzas metálicas, que cayeron al fondo de la cubeta con un chasquido ahogado.
Apoyé las dos palmas abiertas en su pecho desnudo para no perder el eje.
La piel de Renzo ardía; bajo la dureza del esternón, su corazón golpeaba con la misma violencia ciega con la que marcaba los ochos en la pista de Balcarce.
Me separó apenas un milímetro, lo justo para tomar aire sin soltarme la nuca. La respiración de ambos se mezcló en una vaharada caliente.
—Decime que te vas a acordar de esto en Madrid —dijo con la voz rota contra mi boca.
No respondí con palabras. Tiré de su camiseta hacia abajo con los puños cerrados y volví a buscar sus labios en la penumbra carmesí.