Capítulo 11 La memoria de las suelas
El pocillo de latón quemaba todavía entre los dedos cuando Renzo aflojó la presión.
Dio un paso atrás, apoyó el fondo del metal sobre la mesa de caballetes y caminó hacia el ventanal de celosías que daba al patio interior.
La tormenta había perdido la violencia del comienzo; ahora era una lluvia mansa, un murmullo continuo que golpeaba las tejas curvas y empapaba la tierra de las macetas bajas.
El olor a barro fresco subía por el hueco del edificio, colándose entre los postigos viejos para disolver el hedor a gas butano.
Bebí el último sorbo de la infusión amarga. El poso terroso del cedrón me raspó la garganta, dejándome un regusto seco. Dejé el cacharro junto a las cuartillas de coreografía y me acerqué a la ventana, arrastrando los pies descalzos sobre la madera sin cepillar.
Renzo arrastró dos taburetes bajos de pino hasta dejarlos frente a frente, en el ángulo donde la luz de un flexo articulado caía de lleno contra el suelo.
Se sentó sin mirarme. De un bolsillo interior de su chaleco sacó una tira de papel de lija grueso, de grano rojizo y gastado en los extremos.
Se descalzó el zapato derecho, lo colocó sobre el muslo con la puntera hacia el pecho y empezó a raspar la suela de gamuza con pasadas cortas, firmes y metódicas.
El sonido era seco: un rasguño áspero que marcaba un compás monótono en la penumbra del cuarto.
Me senté en el otro taburete. El polvo grisáceo del cuero lijado se desprendía en partículas diminutas que flotaban dentro del cono de luz de la bombilla. Olía a piel raspada, a viruta vieja y a sudor seco atrapado en las costuras.
—Si el poro se apelmaza con la cera de la pista, el pie patina —dijo él, sin detener el vaivén del brazo derecho—. La suela tiene que morder la madera, no resbalar encima.
—Parece un oficio de zapatero antes que de bailarín —respondí en voz baja, apoyando los codos en las rodillas.
—El bailarín que no cuida sus apoyos dura dos inviernos. Después te recogen del suelo los médicos del hospital Argerich con los meniscos hechos trizas.
Me deslicé del taburete y me arrodillé a media distancia sobre las tablas.
La perspectiva era perfecta: el flexo recortaba la curvatura de su espalda, las venas hinchadas en el dorso de su mano y la viruta diminuta cayendo sobre su pantalón oscuro.
Alcé las dos manos, formando un encuadre rectangular con los pulgares e índices para medir el tiro que haría con la Leica.
Renzo detuvo la lija en seco.
No bajó el zapato. Mantuvo la herramienta apoyada en el talón de gamuza y alzó la vista despacio. Sus ojos negros no se fijaron en el gesto de mis dedos, sino dos palmos más abajo, en la cara interna de mi muñeca derecha.
Señaló con el pulgar la línea blanquecina, fina y quebrada que me cruzaba la piel sobre el tendón del radio.
—¿Eso te lo hiciste enfocando? —preguntó.
Bajé las manos despacio hasta apoyarlas en el suelo de pino. El frío de la madera me traspasó las palmas. La cicatriz tenía seis años; tiraba levemente cuando cambiaba el tiempo o cuando la humedad del invierno madrileño se metía en los huesos.
—Un quitamiedos en la carretera de Navacerrada —dije, buscando un tono aséptico que no invitara a la confidencia—.
Cubría un temporal de nieve para una agencia de noticias.
El coche derrapó en una curva con hielo negro; la chapa se dobló hacia adentro y el retrovisor me rajó la carne hasta el hueso.
Tres meses con el brazo en cabestrillo y dos operaciones para recuperar la flexión del índice.
Renzo soltó un bufido breve por la nariz, pero no había burla en su gesto.
Dejó el zapato en el suelo y la lija sobre la mesa.
Se remangó la pernera izquierda del pantalón con dos dobleces precisos, dejando al descubierto el tobillo.
La articulación estaba engrosada, deformada por una callosidad ósea visible bajo la piel tensa, surcada por marcas violáceas de esguinces mal curados.
—Ocho años bailando en el patio de un club de La Boca con el contrapiso rajado —dijo él, apoyando el talón con fuerza para mostrar la rigidez del empeine—.
No había plata para vendas elásticas ni para infiltraciones.
Te atabas un trapo con sal gruesa para bajar la hinchazón y al día siguiente salías a marcar el compás otra vez. El hueso creció como pudo.
—No pareces cojear cuando estás en la pista.
—En la pista no se renguea, Sofía. En la pista sostenés el peso o te apartás para que pase otro.
El silencio volvió a cerrarse entre los dos, roto únicamente por el gotear lento del canalón exterior. La lluvia mansa iba limpiando el polvo de los cristales, dejando entrar una resolana fría que diluía el tono ámbar de la bombilla.
Renzo estiró el brazo. Sus dedos me rodearon el tobillo derecho con un agarre firme, seco, antes de que pudiera apartarlo. Levantó mi pierna con un movimiento limpio y acomodó mi pie descalzo sobre su rodilla izquierda.
El contacto del cuero de su pantalón contra mi planta estaba tibio, pero sus yemas quemaban sobre mi piel fría.
—Tenés el arco vencido hacia adentro —dijo en un murmullo, presionando la base de mi dedo gordo con el pulgar para obligarme a enderezar el empeine—. Por eso te fuiste de espaldas en el sótano. Apoyás el peso en el canto externo cuando querés frenar, como si no confiaras en la tabla.
Intenté retirar la pierna, pero sus dedos cerraron el agarre alrededor del talón. La respiración se me trabó en la garganta.
La piel de su mano, curtida por la fricción del baile y el trabajo en el taller, raspaba contra mi empeine con una aspereza deliberada que me erizó los vellos de la pantorrilla. El olor a cuero lijado y jabón blanco se volvió casi sofocante a esa distancia.
No me moví. Me quedé arrodillada frente a él, sosteniendo la fijeza de sus ojos oscuros mientras su pulgar trazaba una línea recta desde la base del talón hasta el nacimiento de los dedos.
Ya no era una corrección técnica de postura; la presión se había vuelto lenta, pesada, una inspección física despojada de cualquier urgencia profesional.
Renzo no apartó la mano.
Deslizó las yemas dos centímetros hacia arriba, rozando el hueso del empeine con una lentitud calculada que me arrancó un estremecimiento involuntario. Su rostro permanecía a escasa distancia del mío, enmarcado por las sombras duras del flexo.
—Caminás como si siempre estuvieras calculando por dónde escapar —soltó en un susurro áspero, soltándome el pie antes de apoyar de nuevo la suela en el suelo.