Capítulo 10 Tras la puerta cancel
Renzo se detuvo frente a un portón alto de doble hoja flanqueado por dos pilastras de yeso carcomido. Metió una llave pesada en el ojo de la cerradura, empujó la reja de hierro forjado y me hizo pasar al zaguán antes de cerrar el pestillo de golpe. El chasquido del metal resonó en el hueco oscuro.
—Por acá. Cuidado con el segundo escalón, que está vencido.
Subimos por una escalera de pino que crujía bajo el peso alterno de nuestras pisadas.
El olor a humedad de río filtrada por los cimientos se mezclaba con el aliento a encáustica y cera vieja de las paredes comunitarias.
Renzo abrió una puerta pintada de verde oscuro en el primer descanso alto y tanteó la pared hasta accionar una llave de palanca.
Una bombilla desnuda sin pantalla pendía de un cable trenzado en el centro del cuarto, arrojando una luz ámbar, escasa y directa sobre el suelo de tablas anchas.
El espacio era austero hasta la violencia: un camastro bajo apoyado sobre dos tarimas industriales de carga con una manta de lana gris estirada sin arrugas, dos sillas de enea con el respaldo raspado y una mesa de caballetes cubierta de cuartillas blancas sujetas con piedras de río.
No había cuadros, ni cortinas en el ventanal de celosías, ni un solo marco con fotografías de familia.
Sobre las paredes de yeso desconchado colgaban, clavadas con chinchetas de latón, hojas arrancadas de cuadernos cuadriculados con diagramas coreográficos: vectores a lápiz, cifras de compás, ángulos de corte y flechas secas que delimitaban las trayectorias de los giros.
Era la celda de un hombre que reducía su existencia al perímetro de un escenario imaginario.
Renzo no se quitó la campera de inmediato.
Se arrodilló frente a una estufa de gas arrimada al muro de ladrillo.
Hizo girar la válvula de bronce con dos dedos secos, encendió una cerilla de madera y acercó la llama a la corona metálica.
El chisporroteo azul cobalto brotó con un bufido sordo, despidiendo de inmediato ese olor denso a gas butano y polvo recalentado que entibió el aire cargado de la tormenta.
—Dejá la cámara sobre la mesa antes de que te gotee el lino en el visor —ordenó con la voz baja, sin girar la cabeza hacia mí.
Apoyé el cuerpo de magnesio sobre un rincón despejado de la madera, apartando el agua de mis sienes con el dorso de la muñeca. Me desabroché la gabardina empapada.
—¿No vivís con nadie? —pregunté, rompiendo el murmullo continuo del agua que azotaba las tejas del patio.
—En diez metros cuadrados sobran los acompañantes —respondió él.
Se puso de pie con esa soltura elástica en las rodillas que parecía borrar el esfuerzo de sus articulaciones.
De un estante de chapa sacó un jarro de latón abollado, vertió agua de una damajuana de vidrio y arrojó un puñado de hierbas secas con olor a poleo y cedrón.
Puso el cacharro directamente sobre la plancha superior de la estufa.
Me acerqué a las sillas de enea para tender mi abrigo en uno de los respaldos.
Renzo se quitó la campera húmeda de gabardina; los músculos de los hombros y la espalda se le marcaban con nitidez bajo la camisa negra de hilo que traía de la milonga.
Extendió su prenda sobre la otra silla, acortando la distancia entre los dos a un palmo escaso.
Al mover la manga de mi gabardina, el dobladillo rozó un cuaderno de tapas de hule negro abierto de par en par sobre la mesa.
Bajé la vista. Los trazos no eran notas musicales convencionales: eran esquemas de pies cruzados, pausas calculadas en segundos y anotaciones breves a tinta roja: «No buscar el adorno. Sostener la caída. Si el pecho no apoya, el tango se muere antes del cierre».
Alcé la mano para no alterar la página, pero Renzo no apartó el cuaderno ni intentó cerrarlo.
Dio medio paso al frente, apoyó la palma abierta con firmeza sobre el borde de la madera a escasos centímetros de mis dedos y clavó sus ojos oscuros en los míos.
El calor de su cuerpo, templado por el gas y la caminata bajo el aguacero, traía el rastro acre del tabaco rubio y la piel húmeda.
Sentí el compás pesado de su respiración en la clavícula.
—Leés como si buscaras una explicación que te devuelva el control —murmuró, con un tono rasposo que rozaba el susurro.
—Solo intento entender por qué necesitas convertir cada paso en una trinchera.
—Porque cuando te sacan el piso de abajo, lo único que te queda es saber dónde pisás vos solo —repuso él, sin mover un milímetro la mano de la mesa.
El agua del jarro de latón comenzó a borbotear con un silbido metálico.
Renzo se apartó con lentitud deliberada, tomó el recipiente con un trapo de cocina y vertió el líquido humeante en un pocillo esmaltado con desconchones en el borde.
El vaho amargo de las hierbas subió hacia el techo de tirantes carcomidos.
Avanzó hacia mí sosteniendo el pocillo por el borde.
En lugar de apoyarlo en la mesa o extendérmelo por la base, me ofreció el asa de metal.
Estiré los dedos para tomarla. Mis yemas chocaron contra las suyas, ásperas y calientes por el fuego.
Renzo no retiró su mano. Apretó el agarre alrededor del peltre, obligándome a sostener el recipiente compartiendo la presión de los dedos, con el calor abrasador del metal traspasándonos la piel al mismo tiempo.
Afuera, un canalón de zinc desbordó con estrépito sobre las baldosas del patio. La llama de la estufa arrojó un temblor azulino sobre su mandíbula apretada.
—Tomá despacio —dijo, bajando la voz hasta dejarla a la altura exacta de mis labios—. Acá no hay nada para una turista, Sofía.