Hasta siempre, Buenos Aires (Amores del mundo nº 9) Capítulo 9 El primer compás quebrado
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Capítulo 9 El primer compás quebrado

Las puertas entornadas de El Rincón de Balcarce dejaban escapar una franja de luz escarlata sobre los adoquines mojados de la vereda.

A medianoche de sábado, la humedad del río se filtraba hasta los huesos, pero al cruzar el umbral del sótano el aire chocaba como una masa sólida.

El salón subterráneo desbordaba de cuerpos: veteranos del barrio apoyados contra las paredes de ladrillo visto, parejas jóvenes compartiendo taburetes de pino y mujeres de labios oscuros con los abrigos doblados sobre los respaldos.

Cuatro ventiladores de tres aspas giraban perezosos en el techo abovedado, cortando sin fuerza una nube densa de tabaco rubio.

Olía a ginebra amarga, a cerveza derramada sobre el asfalto que entraba en las suelas, a cera virgen derritiéndose en las velas de las mesas bajas y a la transpiración limpia de quien lleva horas poniendo el cuerpo sobre la madera.

Bajé la cámara para comprobar la rueda de velocidades.

Entre el humo y los hombros apretados de los milongueros, vi abrirse un pasillo. Renzo avanzaba hacia mí.

No llevaba la ropa de ensayo. Vestía un pantalón negro de lana fría con corte recto y una camisa oscura de mangas abotonadas en las muñecas.

Caminaba con esa economía de pasos que no roza a nadie, esquivando las mesas redondas sin desviar los ojos de mi rincón.

Tenía el pelo peinado hacia atrás, aún brillante por el agua fresca, y una tensión en los pómulos que desarmaba cualquier intento de distanciamiento.

Al llegar a la barra, no dijo una sola palabra. Estiró las manos. Sus dedos, anchos y firmes, se cerraron sobre el chasis metálico de mi cámara con una lentitud que me impidió reaccionar.

Tiró hacia arriba con suavidad; me quitó la correa de cuero por encima de la cabeza y depositó la Leica sobre la chapa de zinc del mostrador, lejos del cerco húmedo de los vasos.

—Renzo, estoy trabajando —alcancé a decir, sintiendo el vacío repentino en el pecho.

Su mano derecha bajó hasta mi antebrazo. Me rodeó la muñeca con una presión seca, caliente, y tiró de mí hacia la pista con un solo impulso.

Tropecé con la primera tabla del parqué.

El salón parecía haberse borrado; solo quedaba el crujido de las maderas bajo el peso de los bailarines y el lamento del bandoneón arrastrándose por las paredes.

Quise dar un paso atrás hacia la seguridad de la barra, pero Renzo frenó mi inercia clavando los talones contra el suelo.

Giró sobre su eje y me cerró el paso.

Antes de que pudiera formular una queja, su brazo izquierdo me rodeó la espalda.

La palma abierta se asentó en el centro de mi omóplato con la solidez de una tabla de roble, empujándome hacia adelante hasta anular cualquier distancia.

Mi pecho chocó contra el suyo. Sentí el calor denso de su caja torácica a través del popelín de mi blusa y el algodón oscuro de su camisa.

Con la mano izquierda tomó la mía, entrelazando los dedos sin apretar, levantando los brazos a la altura de mi sien en el ángulo exacto del abrazo milonguero.

—No pienses —murmuró él contra mi pelo, con la voz áspera y baja—. Acordate de la baldosa.

El compás del fuelle cayó con un acento seco.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi juicio.

La memoria de la tarde desierta en este mismo sótano me devolvió el eje: flexioné la rodilla derecha, descargué el peso en el metatarso y me dejé llevar por la presión de su pecho.

Renzo marcó un paso hacia atrás. Mis pies se deslizaron sobre la madera encerada en un cruce limpio, copiando la inclinación de su torso sin titubear.

No había ligereza; era una marcha pesada, una fricción deliberada contra el suelo que nos soldaba en cada traslado de peso.

Giramos en el centro del parqué. El olor a jabón neutro de su piel y ese poso de tabaco rubio me llenaron la garganta.

Apoyé la mejilla en el hueco de su cuello por pura necesidad de equilibrio; sentí el latido duro de su carótida golpeando contra mi pómulo, un pulso desbocado que contradecía la frialdad de sus pasos.

Bailar con él no era un diálogo de salón: era un combate mudo donde cada roce exigía una entrega que me despojaba de todas mis defensas.

El trío aceleró el ritmo. Renzo dibujó un ocho hacia atrás, detuvo mi cadera con la yema de sus dedos sobre mi cintura y me obligó a pivotar sobre una sola suela.

El aire caliente del sótano nos envolvía en una burbuja hermética; a nuestro alrededor las demás parejas giraban como sombras mudas, pero el único anclaje real era la firmeza de su mano en mi espalda, sosteniendo mi caída a cada compás.

La guitarra marcó tres acordes sincopados.

El fuelle soltó una bocanada de aire final y se cerró con un chasquido sordo.

Renzo frenó el movimiento en seco. Clavó los dos pies juntos en la junta de dos tablas. No deshizo el abrazo. Nos quedamos inmóviles en medio de la pista, con los torsos pegados, subiendo y bajando al ritmo desacompasado de una respiración compartida que quemaba en la penumbra escarlata.

Tenía su rostro pegado al mío, piel contra piel, tan cerca que sentía el calor húmedo de su boca rozándome la mandíbula. Sus dedos en mi omóplato no aflojaron la presión.

Inclinó la cabeza apenas dos milímetros. Su voz me llegó como un zumbido grave, directo al oído, cargado de una rabia contenida que me atravesó las costillas:

—Ya entendiste cómo mirar —susurró, con los labios rozando el lóbulo de mi oreja—. Ahora decime cómo pensás irte.